sábado, 29 de agosto de 2015

Mira lunas




Se conocen recién por esta noche. Él la invita a bailar. Ella deja, valiente, el grupo. Comienzan. Primero salsa, luego un reggaetoni, nuevamente salsa y por ahí un rock antiguo con el cual la chica salta, se mueve como edificio tembloroso o bella genio. Él se ríe. "Qué looooca".


Le quitan a alguien la cerveza, le quitan a otro su cigarro. Beben y fuman, ¿cómo te llamas? Tal. ¿Tú? Tel. ¿Dónde vives? Allí. ¿Tú? Allá. Se ríen. Como no saben de miradas, sus ojos hacen veraces sus decires. Cuando empieza a llover, miran ambos para arriba. Hay lluvia y luna, y un pequeño acontecer entre estos dos.


Ingenuos en el tema, dudan en besarse. Ella toma la iniciativa. ¿A ver, dicen sus ojos, hasta qué hora espero? Él la besa, pero no la besa con un “voy”; él la besa con un “bueno”. Quien quiera que los vea, podría decir: ¿Pa eso?

Se besan, pero él matiene una seña en la cara que se vuelve cada vez más evidente: es la interrogante “¿dónde?”, a la cual se le agregan en sus ojos solos el “¿está?”. Es un tonto de los que faltan. Empedernidamente tonto, cuenta no se da que está besando a alguien. Se rompió el dique.

El Dj quiere imponer romance y asombrosamente pone una canción pero de aquellas. Las parejas que desean ser ridículas se abrazan. Es como si la música tuviera continuidad en el máximo contacto de los pechos. La sensación invade a todos, inclusive a esta novísima pareja. Al inicio, el abrazo es consistente, pero luego aquella interrogante puede más y el abrazo mismo va languideciendo. Para colmo llega la memoria, que susurra: ¿recuerdas cómo te abrazabas con…? Ahí si que muere todo.

El abrazo agoniza, y me da pena continuar. Los ojos recobran la perdida astucia, se hacen de pronto inteligentes. Se miran, ensayando explicaciones. El hechizo se rompió, sigue lloviendo pero pasa; sigue la luna, y no me importa. Los ojos se dicen lo que tomos de soledad no han y han podido decir.

El siguiente paso es fulminante. Sin decirlo, él le dice que no puede, ella está quedada. Él le dice no doy más, ella le dice, ¿siempre eres así? Cada segundo es un alejamiento, cada tiempo es un equivocado pedido de la comprensión. El da pasos de miedo, va encaminándose hacia atrás. Le sigue conservando la mirada, que huele a un perdóname.

La chica retorna a su grupo. Además de ser ridículo abrazarse, es ridículo estar solo, en medio de todos y en medio de una fiesta.

-Que ridículo ese tipo, dice alguien en referencia a aquel chico que mira a la húmeda luna y ha dejado de bailar.



29-08-15 

sábado, 8 de agosto de 2015

Alpicha



Errante, ermitaño de los ponchos. ¿Viajero? ¿Como el padre de Arguedas? No… No para tanto. Pero igual viajaba de pueblo en pueblo de la sierra, por las quebradas, los cerros. Rehuía a las carreteras ese joven loco.

-¡Alpicha, Alpicha!-le decían en los pueblos-¡Plantéeme este problema en el papel, pue!

Alpicha accedía. Así era casi siempre en la vida de este joven que iba de pueblo en pueblo respondiendo, solícito, los pedidos de la escritura. Viajaba, él, solamente acompañado por un papel, lapiceros y unos ojos de constante interrogante por la belleza de la tierra.


08-08-15

lunes, 3 de agosto de 2015

“Clack, clack”, no era lo tuyo



"Tú bamboleas a las clavas, tú osas desafiar al aire con el viaje de machetes, tú intentas burlarte de las teorías de Newton con tus pelotitas, tú le das otra perspectiva al dominio del balón desde una pelota sucia, casi desinflada y encima bamba, tú usas tu cuerpo y el de tu compañera para obnubilar los ojos de los choferes de los carros y buses, tú te amarras a una baranda e interpretas nuevas caminatas al pasar por una línea férrea... tú... tú vas más allá del límite de lo que las convenciones planean absolutizar sobre los cuerpos ... Pero tú... Tú eres sensibilidad... ¿Puedes contra el poder de la mente?"

Los dedos son meticulosos, los movimientos son concretos para la abstracción de la simetría y armonía del cuadrado tridimensional. Los segundos pasan, decaen y la proximidad del verde se avecina al rojo. Pero no hay sudor, no hay tensión solo hay una mirada y una sonrisa que se acentúan en la confianza de su gesto.

Hay un chico de vestimenta oscura, en este día oscuro, detenido frente a los carros que vibran sus motores. Lo que hace no puede calificarse como arte callejero.

10... 9... 8...

¡Ya está!

El chico que ha volcado su materia gris a sus diez dedos, levanta el cubo victorioso. Los seis lados lucen colores separados. No hay jadeos, tan solo una entrecortada respiración. Él muestra el cubo como muestran los cazadores a sus presas derrotadas. Sus movimientos no son magistrales, son los de un ser que se arroga un triunfo merecido. En vez de causar sorpresa, cuando pasa por las ventanas de los carros, él pretende causar sometimiento. No le dan monedas, y no es precisamente debido a la poca luz.

7… 6… 5…

Pasa con el Rubik por cada una de las hileras de carros. Con el cubo luciendo, con los dedos que lo exhiben. Alguien, de esos que siempre quieren saber de las personas por medios de los ojos, lo mira. El joven también; este le sonríe. Su sonrisa es interceptada por el cubo en su estado de orden.
Pronto la mirada que proviene del carro desiste de su tradición.

4… 3… 2…

Arrancan los carros, dejan tras ellos humo pestilente, de veneno acumulado. El joven se mezcla entre el humo que se expande. No hay “Cof, cof, cof”. Tampoco hay monedas en las palmas.

Llega, gana la vereda, se pone, por más de quinta vez, el cubo hecho y rehecho en su bolsillo.

-Tanta huevada… Regreso al ajedrez.

Camina, desde lo alto se ve la torre de una Iglesia Celeste. Va en busca de partidas. “Clack, clack”, suenan los relojes.


03-08-15

domingo, 2 de agosto de 2015

A él nadie lo para



Bajo del carro bañado de lo popular. Hoy a mí nadie me detiene. Ni la policía parada atrás que impide que los buses se detengan donde quieran.

Hoy a mí nadie me para.

Con el bolsillo mojado por el sudor, meto la mano en busca de monedas. Las tanteo, mis dedos juegan, se excitan, ambiciosos, con ellas. Es poca cosa, sí. Pero las gano con sudor. Mi éxtasis, calculo, durará cosa de menos de una hora.

Hoy a mí nadie me para.

Lo siento, me dice un abuelo, interrumpiendo a su esposa, no tenemos cambio, dice y vuelve la mirada a las golosinas expuestas en la vitrina de su tienda. Yo, entendiendo, pego la vuelta. Empieza, se los dije, a decaer el éxtasis ganado.

Llego, doy con la avenida, aquella que me enamoró, de tarde, y que de noche, todavía más, pero que hoy me figura que es desdeñable y literalmente vacía. Las luces amarillas y los apenas buses llenos que pasan le dan un halo de nada, de abandono. ¿Dónde los comerciantes de chucherías y resucitadores de bicicletas caídas como Lázaros? ¿Dónde ellos? Ya el oculto callejón se supone tan visible, que por eso mismo pierde todo el encanto que guardaba. Ni los gallos de plumaje blanco están en el terral que no se conmueve ante el asfalto que en la ciudad todo lo puede, todo lo quiere. Solo espero que rompan a cantar muy de temprano por la madrugada. Los hombres que antes vendían, hoy toman, pocos, en algún asiento de magullados fierros y asiento azul en plena calle. Son tres, uno, mejor vestidos que los otros dos, se disculpa: “Hermanos, vengo en una hora, debo ir, fregado, al compromiso”. Compra una Pilsen, se regresa.

Yo, siento cómo el éxtasis se me va disminuyendo, ni la casa o almacén de paredes blancas pero de lunáticos dominios de la esquina, me causa ese placer medio tonto pero placer a fin de cuentas que me provocaba cuando caminaba por esta calle hacía ya años. Nada, nada. Ya recuerdo: era el placer de caminar sin que nadie me haga algo, pese a tener mucho en los bolsillos y en mochila. Hoy, ya está, la adrenalina, el riesgo, no aparecen, a pesar que tengo mucho en los bolsillo y en mochila. Debe ser por la hora misma, a pesar de no ser tarde, y a pesar de que este barrio bravo, tenga a sus residentes metidos en sus casas o en algún otro lugar que ni Dios sabe ubicar.

Sigo la ruta, alguien me ve. Él, camina, yo vuelo. Me detengo, no obstante, en un sublime segundo de mortalidad.

Volteo, lo llamo: “¿Kuchi?”

Kuchi, descubierto, responde. “Habla, tío”.

Nos saludamos: “¿Qué hay, viejo?”, “¿Cómo estás?”. “¿A dónde vas?”. “A ver a la Milly”, le digo sincero. “Ah… está actuando ya…”. “Sí, ya sé, pero voy para verla cuando termine, no hay problema. ¿Y tú qué tal?”. Me responde con preguntas sobre carros que van a la zona del mar de la ciudad. Pienso que sí, pero no le doy seguridad en mis palabras. Intento, ya en el cierre de la conversación, ya de despedida, de puro respeto, saber de su enamorada:

-“¿Y cómo está la Sule?”.

Su rostro cambia.

-Y… creo que bien.

Sule, medio china, de respingada nariz, de personalidad tranquila, por no decir aburrida, pero de unas curvas que entrañan un erótico misterio por el silencio del que ella quiere crear un misticismo, sola. Ese “y…”, básico para nuestro lenguaje macho, me da la señal.

Pero no avanzo, no avanzaré.

Me hago el loco. “Mándale saludos, mano”.

Su “Ya, ya, ya…” tiene tanto, tanto de vencido, que no hace falta enfatizar en eso.

Soy una esponja, pronto veo a “Kuchi”, medio quejumbroso, medio vano, en el reflejo de un autobús naranja, de esos carreables, que van para San Juan. “Kuchi” está en el mar, ¿cómo así apareció en el reflejo?

Dije que las cosas duran menos de una hora. Dije.


02-08-15

viernes, 10 de julio de 2015

Traumado en traumatología




Apenas ingreso al consultorio, le doy al médico los resultados de mi tomografía para que los vea y me diga cómo voy de la espalda. Él recibe el examen, saca los papeles de adentro Lo revisa, lee. Yo espero que me dé una buena noticia, que me diga que es “grasita formada” - como me dijo Carlos, el artista recorrido- en el hueso.

El doctor mira, pone cara de análisis, toma el papel por los dos lados, baja y sube los ojos, hace algunas diagonales.

-Es un quiste-sentencia.

En la parte delantera del sobre del examen decía, también, quiste.

“¿Qué será eso?”.

El doctor saca el cd del sobre, lo pone en su monitor y busca la carpeta para abrir el archivo y poder ver en detalle el asunto.

-Cáncer…-sale esta palabra de su boca en voz bajísima.

Yo estoy tan confiado en la palabra de Carlos, en su saber propio, empírico, que pienso: “Este doctor ala weadas”.

Cuando sale un programa de fondo negro con varios indicadores, columnas, nombres, espacios, etc., el doctor ve una hoja sobre su mesa y regresa a la pantalla para teclear algo. Aparecen varias casillas y teclea palabras para luego borrarlas y nuevamente rehacerlas. Hace click en una palabra y nada sale, da vuelta atrás. El mismo procedimiento es realizado, ¿cuánto?, ¿5, 6… 10 veces?

Miro las paredes para ver si tiene algún cuadro de honor o diploma que refrende el imaginario que tenemos de los médicos: persona circunspecta que conoce al dedillo nuestras partes del cuerpo, que da el análisis preciso y te sana con drogas de diferentes efectos colaterales. No hay nada de eso (“lo sospeché desde un principio…”). Apenas hay un cuadro pintado de una iglesia con la inscripción “Perú” en la parte inferior izquierda que intenta tímidamente darle vivacidad a esta habitación promedio. Un ventilador en la columna derecha protege el ambiente de gérmenes sedentarios. Nada más. El doctor, en tanto, teclea los vínculos, da vuelta atrás en la pantalla, da vuelta adelante, da vuelta atrás, se coge el mentón, el doctor está investigando. Nada. No le importa que esté frente a él, que no sepa nada de lo que dice y sin embargo haya oído la tenebrosa palabra: “cáncer”. Yo me quedo callado, sin embargo, para apreciar cómo proceden los ineptos.

-Voyallamarala…-balbucea, pensando en que no sabe.

Sale y regresa con la secretaria.

-Tú si sabes, Mari…-le dice.

Ella se demora un poco esperando que el doctor le indique el problema.

-El paciente Flores Zeva…

-Me apellido es Solórzano-respondo de inmediato con una molestia seca.

-Oh… perdón, perdón…-se disculpa. Problema de la computadora y el doctor resuelto. La secretaria pasa, nos miramos, nuestros ojos se ponen piadosos ante el doctor que no será nunca un millenial de la medicina.

-¿Cómo dices que te apellidas?

-Solórzano Pereyra (“huevón”).

-Ya.. ya…

Teclea mi nombre, pregunta por la fecha del examen, gira la rueda del maus, busca, rebusca, vuelve a buscar, abre pantallas, cierra pantallas, vuelve a tocarse el mentón, carajo, no sabe. De nuevo con la misma cantaleta: este doctor hace y rehace las palabras, adelanta y atrasa las ventanas. Es un indeciso este doctor, es el ambiguo de la medicina. Por lo menos, hace que me dé cólera en vez de pensar en mi cáncer.

-Voyallamara…-balbucea.

La secretaria ha regresado. Lo espera respetuosa, desea que el doctor le dé la indicación. El doctor se vuelve alumno e intenta ponerse aplicado, hace algunas operaciones en la pantalla, va ahí, busca acá, teclea con miedo en un vínculo, teclea por si las moscas dos veces con cierta precaución. Al ver que no pasa nada, teclea como un desorbitado dos, tres, cuatro veces…

Voilá.

Esta vez, ya no me miro con la secretaria. Miro a la pantalla.

Ante él aparecen seis imágenes de lo que sería el interregno entre mi cavidad pélvica y mi columna. Da click en dos imágenes y pareciera que se queda maravillado el muy huevón al ver cómo huesos de mi columna o los huesos de la zona pélvica aparecen y desaparecen, cómo sus respiraciónes –pareciera ese proceso- hicieran que el calcio se fragmente y con ello se lleve a las estructuras que dan forma. Este médico prefiere los efectos especiales que dar diagnósticos.

Su película le toma ¿2? ¿3? ¿5 minutos…?

-Es un quiste…-me repite.

Voltea y me dice: “Es un quiste, es un tumor benigno; no es cáncer. No te preocupes”.

-¿Cómo, cómo?-esta vez no me hago el desentendido.

-Verás… el hueso está inflamado. Y es producto de eso, es una inflamación. Un quiste.

Me parece que la relación no da como para pensar en un quiste y que este lleve a un cáncer. El doctor debe ser un contador de chistes. Le pregunto:

-Doctor, pero… si me golpeo el dedo y se me inflama… ¿Eso es un tumor benigno?-le pregunto para hacerle ver el estúpido sobredimensionamiento que hace o la “inexperiencia” que tiene al explicar.

-No, no… no tienes cáncer.

-Pero usted ha dicho quiste.

-No, no…

Me pongo espeso y le hablo de semántica, de significados, que uno no es lo otro, que no joda, hablamos de la RAE, de los sinónimos, de los antónimos, del poder simbólico de la palabra, de lo mucho que puede afectar, que no seamos taxativos, que se vayaala.

-Bueno, si eres hipocondríaco te lo escribo.

 Voltea el papel en que pondrá una receta todavía no escrita y apunta con esmero en letras que no se parecen a la de los médicos pues esta sí es legible: NO TIENES CÁNCER.

Para ya irme le digo: “Entonces, ¿qué hago?”.

-Eso se baja solo-me dice-peeero…

-¿…mejor seguir terapia…?

-No.

Prosigue:

-Mejor te vas al médico.



10-07-15


viernes, 26 de junio de 2015

La historia como fue


Antes, en la tarde de ese día de la cita, yo había llegado a casa muy temprano. Al abrir la puerta, mi Rockito vino a saludarme como de costumbre. Noté algo raro. Su pancita, ¡su pancita estaba hinchada! Rápidamente, sin embargo, la moción interna. “Ok, Humberto, tienes plata. Pero… la darás para tu perro o para tu cita”. Con una ética imponderable, me suministré la siguiente reflexión: “El Rocko es lo primero”. Media hora después regresaba con un raro confort de la veterinaria: lo que mi perro tenía era obesidad. A instruirle dieta de inmediato y listo. Lo que es yo: se me fue el 80% de mi poca plata.

Una pregunta que se hace el limeño promedio en cuanto a citas se trata: ¿Las mujeres sabrían entender esta situación?

Ya en clase, mi corazón latía a mil. Si la gente me cree valiente, se equivoca. Tenía miedo de acercármele, a la hora del cierre, y decirle: “vamos, ¿ya?”. Lo que hice, cuando acabó la clase, fue salir primero disimuladamente y disimuladamente ir a su encuentro.

-Oye, hola, ¿vamos, entonces?-le dije mientras ella salía y miraba su móvil.

-Sí, sí…-dijo como distraída.

Y nos fuimos.

Bajando, nos encontramos en el primer piso de la facultad con un amigo psicólogo, buenmozo él pero, por lo desganado –quiero pensar-, vuelto obeso. Si dije que no era valiente, quise decir también que no era seguro. Un poco intranquilo contaba los minutos para que cierre la conversa que él daba con L., dado que llevaban juntos una clase. Nos despedimos. Al ir por la facultad de ciencias, pedí un minuto para ir al baño. Cuando salgo, ella está sentada en una grada resolviendo un asunto con su bolso.

-Ya está- y se para. Acaba de enmendar su bolso oscuro de una manera práctica: le ha hecho un nudo. Yo me he quedado mudo. “Qué autosuficiente”, pensé –y pienso eso  ahora con su particular y rico dejo que tenía y tiene-.

Al salir de la universidad, ¿de qué hablar? Sí, ese es el nerviosismo. Bueno, con ella a mi costado ya era un buen comienzo. Ahora… “Oye, al llegar a casa vi a mi perro…”. Pues, le conté lo de mi perro.
A ella también se le dio por contar. “Humberto, la verdad que hoy no estaba de ganas… Si no me pillabas me iba y te dejaba un mensaje”. “¿Qué pasó?”, pregunté conteniendo la ola de desconsuelo que estaba a punto de sobrevenirme. “Ah… es que me peleé por el inter con un colega al que estimo mucho…”. Nockout. No para tanto. Pero lo único que pasó fue que se desencadenó más mi instinto de inseguridad, el cual, como varias cosas de mi vida, fue interceptado por la cadena de acontecimientos: llegando al cruce de Universitaria con La Mar se me ocurrió algo que cualquier mortal juzgaría de inepto y de un pistoletazo al pie: “Oye… ¿vamos carreando?”. “¿Qué es eso?”. “Oh… como me gano la vida”. “A ver…”. Plaf, una aventura.

A los pocos minutos, L. y yo nos montamos a un bus anaranjado. Fue así como mi envasada energía negativa obtuvo bríos positivos.

-Señoras y señores, muy buenas tardes, quien les habla es un joven inspector de cultura que ha venido a ofrecerles un excelentísimo espectáculos. Sabedor de que se vienen las elecciones municipales quiero, a juicio de mi actual empleador, el alcalde de este distrito, que uds. se sientan a gusto con el servicio automotriz que le brinda este carromato. Solo así, podremos darle continuidad al megaproyecto civil que tenemos en mente para uds. Sin más ni más… Taratatá…”. Un poema de Benedetti. Luego, otro poema de Benedetti. Más ratito, otro poema de Benedetti. Todos ellos del libro El amor, las mujeres y la vida, título del poemario del charrúa, el cual le barajó el nombre a una idea del misógino filósofo europeo Arthur Schopenhauer.

Aliviado, solo de esa forma se me arrancó el nerviosismo, el cual quedó evidenciado cuando, al recitar el poema, se me fue un verso que, para bien o para mal, fue detectada por un atento y joven pasajero. Al decírmelo, no obstante, quien les habla se hizo el loco. ¿Me hice? Yo ya lo estaba, privado de pena como y colmado de alegría al ver a L.  en ese momento apretando el labio inferior y con la cara sorprendida, con esos ojos redondones y delineados de negro que me enamoraron.

Con el rostro encendido, al bajar, se moría de risa y me decía: “Joo… ¡Eres todo un showman!”. También me dio algunas indicaciones sobre el arte de recitar poesía en los carros. Así, nos subimos a otro carro y otro. En uno de ellos, inclusive, me encontré con un conocido, quien aplaudió mi iniciativa, la cual me trajo réditos. En un dos por tres recuperaba lo gastado por mi Rocko. También, recobraba el vigor perdido por esas inseguridades que me concedió la vida.

La idea que tenía al llegar al Centro era la de caminar un rato y, oh sorpresa, dar con un profesional mulato que tocaba callejeramente el saxo en el Jr. Huancavelica. También, subiendo por las cuadras peatonalizadas hasta Abancay, encontrarnos con otro músico de la calle que solía tocar con su trompeta “My Way” de Frank Sinatra. Él se diferencia por su peculiar atuendo: zapatillas, jeans casual, un saco o una prenda abrigadora y una enorme cabeza del ratón Mickey Mouse. Yo tenía la convicción de que le gustarían, de que salían como la nada, pero ese día, no estuvieron. Entonces tuve que tragar en serio la saliva y, virar para la izquierda. Quizá en Plaza de Armas encontraríamos algo. En efecto, cuando llegamos a la plaza, tuve una revelación.

-¿Te suele dar soroche?, pregunté mirando más allá de Palacio de Gobierno.

-¿Qué?

-Nada, vamos, te gustará –y los dos apuramos el paso.

Cuando cruzábamos la plaza, vimos a un hippie en una esquina, de esos que están condecorados de artísticos vestigios para sostenerse la vida pasandiera. Él, al verla, pensó que mirándola magnéticamente, produciría, en un santiamén, aquel instante que vincularía a dos almas a las que sus cabelleras la artesanía las ha vuelto materia de inquietud cultural: los dreads. Mala decisión, joven rasta. Al pasar por su costado, L. rechazó con facilidad la menudencia de ese rastafari y creo que me dijo: “¿Y este qué se ha creído?”.

Llegamos,  pues, al paradero de los buses, que, por el horario o por la informalidad, se había pasado a la parte de atrás del Museo de Correo.  En ese momento, me dio por molestar.

-L. mira… para que nos cobren menos…

Terminé con rostro resignado:

-…  Debemos de ir de la mano.

Se rió, entendió mi juego. Nos tomamos de las manos. Feliz.

Cuando se acercó una jaladora para preguntar si viajábamos también, decidí prolongar el ruedo:

-Señorita, ¿verdad que si nos damos un besito nos descuentan hasta el 50%?

Ahí sí nos matamos de risa, pero salí ganando: antes de subir le había dado un beso en la mejilla.

Dentro del carro, en efecto, full parejas. Ella pagó la ida, con la condición que yo pague las cervezas luego.El carro demoraba, nos cambiamos de carro incluso. Me fui al baño, ella también, nos compramos galletas. Al rato, al buen rato, el carro zarpó.

Fuimos por una calle menuda que llevó a la couster a la av. Tacna. Desde ahí nos dirigimos al barrio del Rímac, barrio de historia, de pobreza y lamentablemente dejado en manos de la delincuencia. En el trayecto, pudimos hablar; ver, a lo lejos, cómo ese cerro atrayente se hacía cada vez más próximo. Fue ahí que me confesé, mientras pasábamos por la fábrica de la cervecera Backus, por una alameda, por un inmenso portal de colores rojos oscuros:

-L…

-Diiiime…

-Mi abuelo no se fastidiaría. Al contrario…

-¿Qué dices?

-Es que…

Le conté que se cumplía un aniversario más del fallecimiento de mi abuelo, que en casa se celebraba una misa y que, supuestamente, yo debía estar ahí, pero no lo estaba. En ese momento yo estaba en una situación que, presumiblemente, mi abuelo hubiera aprobado. 

Creo que se enfadó, pero creo que en el fondo le gustó. Llegamos al cerro, el carro, empinado, subía por las estrechísimas calles. Se podía sentir que rozabas las ventanas, que eras otro vecino, aunque pasajero, más. Lento subía el carro y la ciudad se hacía cada vez más entrañable desde las ventanas. Sentados y acompañados, yo no sabía si esta sería mi noche.

Llegamos a la cima, nos bajamos. Vimos todo. Recorrimos la redondela que franqueaba lo alto del Cerro San Cristóbal. Desde nuestra posición, Lima entera era un mar de bolitas amarillas, semejante a un inmenso collar de perlas de la abuela, o movedizas serpientes ataviadas de oro. Nos sentamos en el muro, mirando a la ciudad, yo mirando a ella. Estuvimos un rato en silencio. Ahí hablamos otro poco. L. me confesó que desearía viajar, que haría eso, que le importaba más eso que el estudio. Sí, reflexivamente, apoyaba su rostro entre sus brazos cruzados por las piernas subidas. Yo intentaba, en ese momento, señalarle imposiblemente la ubicación de mi casa. Aunque supiera donde estaba de nada valdría esa boba indicación.

Llamado, ya el carro se iba. Subimos. Descendió el carro por las laderas del cerro. Le pregunté tímidamente si… si la noche iba a continuar. Que sí, me dijo. Nuevamente en el Rímac me deslizó que no saldría con peruanos –ella no es de este país-, que yo era lindo, pero que… Yo preferí no escuchar. No sé si me hacía el loco o simplemente intentaba jugar un juego. Nos bajamos. Era de más noche aún. Nos fuimos, entonces, por todo Camaná, a tomar a Quilca, a los viejitos o a don Ciro.

En la caminata, por todo el Jr. Camaná, conversamos más fluidamente. En una esquinita, entre Emancipación y Camaná, la compra necesaria. Para mí una Soda V, para ella su galleta preferida: Chocosoda. Caminamos, nos burlamos. Nos miramos en el grande ventanal de un edificio del cual salía gente del trabajo a darse un respiro, a fumar un cigarro. Llegamos a Colmena y sus paredes amarillas por el fulgor de los postes de luz. Seguimos. Dimos a la calle conocida por la juventud alternativa: Quilca.

Fuimos a Don Ciro, por razones de cercanía. El amplio espacio de paredes celestes y blancas estaba, como de costumbre, lleno en esa noche. Al fondo, pegado a la pared, habían unos asientos vacíos. Ahí fuimos. Me saque la casaca. Ella se puso cómoda. A nuestro costado, los salientes de las oficinas conversaban, pero también nos miraban. Pedimos unas cervezas. Bebimos.

Conversamos. Nos contábamos varias cosas. Recuerdo que había un tipo de camisita y pantalón formales que le buscaba la mirada. Yo me enfadé y le miré con ojos de enojo. Ella me pidió que me descuide, que no importaba; y tenía razón. No había espacio para una escenita, quizá era el alcohol.
Entonces, la música llegó a nuestros oídos. Era la vieja radiola. Me miré, como suelo hacer, y dije: “Ya vengo”. Me paré y fui hasta esa máquina antigua de música, puse cincuenta céntimos y elegí dos canciones. Una, de Javier Solís. La otra, no recuerdo.

Al regreso, la música irrumpió en el lugar. No sé si hubo sonrisas, solo sé que le hablé de mi padre y de su gusto por la música mexicana. En ese mismo lugar, no me contuve y saque un libro muy querido por mí, uno que compre en Cusco, en la universidad principal, apenas llegado de viaje. Se llamaba “Patas arriba. La escuela del mundo al revés”, del fallecido autor uruguayo Eduardo Galeano. Ese libro, recuerdo, lo cogía cada vez que iba con el ánimo caído. Sus últimas palabras me reconfortaban, me hacían sentir que había una fuerza mayor que ayudaba a los que estaban mal. Esa lectura, como sus viejas anécdotas, me llevaron a que se lo diera. A que le diera uno de mis mayores baluartes y amores. Es así que, después de hacer la dedicatoria, se lo di. “Por ser un mundo al revés”, recuerdo que puse.

La noche siguió como debía ser. Cervezas y más cervezas, y ella junto a la pared, cambiando de posición y estando ahora con los pies desnudos sobre la silla, a lo que yo la invite a que los ponga sobre mis piernas para que los descanse más aún. Con las sandalias descalzadas, posó sus pies de oscurecidas plantas en mis muslos. Pienso en su pantalón morado, de agradable algodón y, sobre todo, en sus piernas fuertes y sencillas, dejadas al pulso de mi mano. Yo tocaba con tensión su rodilla, pasaba mi mano caliente por los bordes de sus músculos cansados sin caer en la insolencia. La sentía.

Ya era tarde. Una última cerveza. Fui por ella pese a que ya no querían seguir vendiendo. Al diablo. Uno dice al diablo por esas horas y más cuando está tomado. Tomé una cerveza y pagué pese a que “Ciro” vino a por ella. Nada. Con un movimiento rápido evite que la coja. Ya en mi boca, nada podía hacer. Fue algo sin sentido pero para mí fue una victoria. Salimos, con mi triunfo a cuestas, con miras a Tacna para la respectiva despedida.

Eso es lo malo del alcohol, que, en su torbellino, no recuerdas. Fue así que sin planeármelo, terminé besándola. No era como yo quería, un momento tan esperado para mí, esperado como deseado, pero la besé. Nos besamos, cruzamos la pista y en una esquina en donde usualmente hay travestis y taxistas cotizándolas, nos paramos esperando que venga el taxi. Ahí, la besé de nuevo, la sentí muy cerca, mi mano pecaminosa, exploradora, fue a por su cuerpo; en un momento terminó en sus glúteos, a los que toqué con moderación pero también con deseada pasión; sí, era contradictorio. Ella era suave, grácil; y experimentada.

-No sabes besar-me dijo mi tutora involuntaria.

Yo di una sonrisa nerviosa. “Ya fue…”.  No sé si la abrace. Solo pensé que era feliz. “Feliz”, una palabra tantas veces repetida.

Paró su taxi, ¿me iba a quedar solo? Me dio diez soles. No quería que camine solitariamente desde donde estaba hasta dos de mayo.  

Vi su carro alejarse por esa avenida que nuevamente nos cobijaría, como la vez que nos fuimos en un taxi desarmado hasta su hospedaje en Miraflores. Se fue y no me quedé solo.

Elevé la mano y me subí. En el carro una chica con la que salí me mandó un mensaje diciéndome que estaba fumada. Yo le dije que estaba, como si se  tratara de un reto, tomado. “¿A estas horas?”, respondió.

“Sí”, respuesta no llegada. Sí porque todo esto comenzó apenas la vi y se anticiparon las cosas por una acción imberbe pero incondicionalmente eficaz. Tanto así que al verla –su nombre y el mío dibujados en un corazón y atravesado este por una flecha- en una de las páginas del índice de un libro que le presté, ella explotó en risas inexplicables por la situación causando que su aula se alborote por lo que pasaba. Al darse cuenta, me mando un riente mensaje, en él que me decía que casi le da un soponcio, y también que toda la clase la miró como si fuera una loca.

Otras veces nos vimos, de esas otras veces escribí. Hoy, a un año de la cita, refresco la memoria y avivo esas viejas sensaciones que mi “mami” me dejó para que sepa que la quiero y que nunca fue gratuito eso de que le vuelvan a escribir cartitas de amor de ilegibles letras después de años de silencios.

Y sin tanta seriedad… ¡Eh, mami! ¡Sigue viajando! ¡Besos a lo lejos! ¡Llevo tu collar! ¡Él lo lleva!.
   

26-06-15

jueves, 18 de junio de 2015

Las pausas del ladrido



Cuando he pasado antes por sus rejas, el perro me ha ladrado. Cuando he pasado antes por sus rejas, el perro me ha seguido ladrando. En las consecutivas veces que lo he visto, ya no me ha fastidiado su ruidoso ladrido. No tiene por qué. Porque si ves donde está, en esa supuesta casa de madera, no tienes por qué sentirte intimidado. No es así por que esté amarrado firmemente a la pared, ni que sus dientes amarillos pretendan destrozar tu piel. Es, en realidad, el fortín en donde se encuentra, recluido en cachivaches, en el fortín que es prisión, la prisión del abandono. Ahí, el can da pena.

A la fecha, ninguna vez vi al perro marrón de fornido prototipo pero de delgada realidad olfatear los árboles, tirar la meada en los arbustos. Molestar a los carros, corretear a otros perros. Solamente, a la fecha, lo he visto ladrar al transeúnte, rabioso de que alguien ose pasar por sus dominios.

Al guachimán ya ni lo ladra, pues el perro ya se acostumbró a su presencia. Cuando el guachimán se pone a hablar con el señor de voz flautada –ese que siempre sale en pijamas a acompañar el almuerzo de invierno del guachimán- el perro ni ladra. Tampoco ladró aquella vez de noche en que en la puerta misma de reja, dos señores que nunca vi antes en el barrio bebían cerveza. Era muy curioso, se bebían la cerveza muy rápido, evitaban que el vaso lleno sea visto. Lo cubrían tras la reja. El perro, al fondo de la casa, en la esquina de los cachivaches o dormía o se aburría del ladrido. En cualquiera de los casos, no era un perro libre. Y si no era libre, peor. No vi que le concedieran amor.

Hubo una vez en que pasaba por esa casa cercana a la calle vacía y solo había silencio por los lares. Silencio y los ronquidos de motor que afiebrados atravesaban las pistas dobles. Ese era el único ruido que perturbaba el de por sí alarmante silencio. Eran esos momentos en que, al pasar por la casa del perro, silbaba buscando llamar su atención para que ladre. Qué pena, caso no hacía. Para él, quizá, me había vuelto en la misma rutinaria figura, similar a la del guachimán, que por esas horas ya andaba, en bicicleta, muy cerca a casa. Lo vi, y solo atiné a ver dos brillantes lucecitas muy cerca al suelo. Era el can, que depositaba su rostro en el piso de tierra, mirando Dios sabe qué, mirando tal vez la puerta, mirando la calle a la que, según mis conocimientos, no había llegado nunca. Su dueño, un joven corpulento de inmadura edad no lo sacaba. Su hermana, de esbelta y llamativa figura, menos. La madre, fumadora empedernida, atareada con las actividades barriales, peor. Ni hablar de Nota, quien para ese entonces trabajaba de seguridad en la Bolsa de Valores. Nota… él estaba en otra nota.
En esa casa, nadie sacaba al perro, el perro del barrio de los canes que no aúllan. Los ladridos eran el estrés, la fuerza de la cadena que apretaba su cuello la vocación por darse un rato libre. El ruido la queja canina del querer salir.

¿Era esta la estresante realidad el perro? ¿Destinado estaba a guardar silencio ni mover la cola a sus dueños o a las figuras monótonas que ante él se aparecían? Creo pensar que no.

Hoy mismo, al pasar nuevamente por su casa, se me dio por voltear el rostro. Vi a un joven, ordenadamente vestido, salir de la puerta del hogar y dirigirse al jardín. La sombra de la noche ocultaba su rostro. Él llevaba una bolsa blanca. Su patio era un jardín, el del vecino un piso de tierra de apagadas malas hierbas. Amarillento como era, no causaba gracia. Este era el patio del perro encadenado. No escuché ladrido, no vi ni un jalón. Solo vi al perrito subirse ágilmente a una caja, y acercarse con lentitud hacia el joven que desde su lado le extendía la bolsa blanca, en la que se encontraba la comida. El perro, esta vez, se apuraba. Tenía hambre.

No diré que el joven le acarició la cabeza. Solamente pensé que si sus dueños vieran este cuadro, seguramente se quedarían en silencio. Seguí caminando, quizá en ese instante, el joven pudo acariciar al perro. Y no se oyeron más ladridos. 


18-06-15