viernes, 10 de julio de 2015

Traumado en traumatología




Apenas ingreso al consultorio, le doy al médico los resultados de mi tomografía para que los vea y me diga cómo voy de la espalda. Él recibe el examen, saca los papeles de adentro Lo revisa, lee. Yo espero que me dé una buena noticia, que me diga que es “grasita formada” - como me dijo Carlos, el artista recorrido- en el hueso.

El doctor mira, pone cara de análisis, toma el papel por los dos lados, baja y sube los ojos, hace algunas diagonales.

-Es un quiste-sentencia.

En la parte delantera del sobre del examen decía, también, quiste.

“¿Qué será eso?”.

El doctor saca el cd del sobre, lo pone en su monitor y busca la carpeta para abrir el archivo y poder ver en detalle el asunto.

-Cáncer…-sale esta palabra de su boca en voz bajísima.

Yo estoy tan confiado en la palabra de Carlos, en su saber propio, empírico, que pienso: “Este doctor ala weadas”.

Cuando sale un programa de fondo negro con varios indicadores, columnas, nombres, espacios, etc., el doctor ve una hoja sobre su mesa y regresa a la pantalla para teclear algo. Aparecen varias casillas y teclea palabras para luego borrarlas y nuevamente rehacerlas. Hace click en una palabra y nada sale, da vuelta atrás. El mismo procedimiento es realizado, ¿cuánto?, ¿5, 6… 10 veces?

Miro las paredes para ver si tiene algún cuadro de honor o diploma que refrende el imaginario que tenemos de los médicos: persona circunspecta que conoce al dedillo nuestras partes del cuerpo, que da el análisis preciso y te sana con drogas de diferentes efectos colaterales. No hay nada de eso (“lo sospeché desde un principio…”). Apenas hay un cuadro pintado de una iglesia con la inscripción “Perú” en la parte inferior izquierda que intenta tímidamente darle vivacidad a esta habitación promedio. Un ventilador en la columna derecha protege el ambiente de gérmenes sedentarios. Nada más. El doctor, en tanto, teclea los vínculos, da vuelta atrás en la pantalla, da vuelta adelante, da vuelta atrás, se coge el mentón, el doctor está investigando. Nada. No le importa que esté frente a él, que no sepa nada de lo que dice y sin embargo haya oído la tenebrosa palabra: “cáncer”. Yo me quedo callado, sin embargo, para apreciar cómo proceden los ineptos.

-Voyallamarala…-balbucea, pensando en que no sabe.

Sale y regresa con la secretaria.

-Tú si sabes, Mari…-le dice.

Ella se demora un poco esperando que el doctor le indique el problema.

-El paciente Flores Zeva…

-Me apellido es Solórzano-respondo de inmediato con una molestia seca.

-Oh… perdón, perdón…-se disculpa. Problema de la computadora y el doctor resuelto. La secretaria pasa, nos miramos, nuestros ojos se ponen piadosos ante el doctor que no será nunca un millenial de la medicina.

-¿Cómo dices que te apellidas?

-Solórzano Pereyra (“huevón”).

-Ya.. ya…

Teclea mi nombre, pregunta por la fecha del examen, gira la rueda del maus, busca, rebusca, vuelve a buscar, abre pantallas, cierra pantallas, vuelve a tocarse el mentón, carajo, no sabe. De nuevo con la misma cantaleta: este doctor hace y rehace las palabras, adelanta y atrasa las ventanas. Es un indeciso este doctor, es el ambiguo de la medicina. Por lo menos, hace que me dé cólera en vez de pensar en mi cáncer.

-Voyallamara…-balbucea.

La secretaria ha regresado. Lo espera respetuosa, desea que el doctor le dé la indicación. El doctor se vuelve alumno e intenta ponerse aplicado, hace algunas operaciones en la pantalla, va ahí, busca acá, teclea con miedo en un vínculo, teclea por si las moscas dos veces con cierta precaución. Al ver que no pasa nada, teclea como un desorbitado dos, tres, cuatro veces…

Voilá.

Esta vez, ya no me miro con la secretaria. Miro a la pantalla.

Ante él aparecen seis imágenes de lo que sería el interregno entre mi cavidad pélvica y mi columna. Da click en dos imágenes y pareciera que se queda maravillado el muy huevón al ver cómo huesos de mi columna o los huesos de la zona pélvica aparecen y desaparecen, cómo sus respiraciónes –pareciera ese proceso- hicieran que el calcio se fragmente y con ello se lleve a las estructuras que dan forma. Este médico prefiere los efectos especiales que dar diagnósticos.

Su película le toma ¿2? ¿3? ¿5 minutos…?

-Es un quiste…-me repite.

Voltea y me dice: “Es un quiste, es un tumor benigno; no es cáncer. No te preocupes”.

-¿Cómo, cómo?-esta vez no me hago el desentendido.

-Verás… el hueso está inflamado. Y es producto de eso, es una inflamación. Un quiste.

Me parece que la relación no da como para pensar en un quiste y que este lleve a un cáncer. El doctor debe ser un contador de chistes. Le pregunto:

-Doctor, pero… si me golpeo el dedo y se me inflama… ¿Eso es un tumor benigno?-le pregunto para hacerle ver el estúpido sobredimensionamiento que hace o la “inexperiencia” que tiene al explicar.

-No, no… no tienes cáncer.

-Pero usted ha dicho quiste.

-No, no…

Me pongo espeso y le hablo de semántica, de significados, que uno no es lo otro, que no joda, hablamos de la RAE, de los sinónimos, de los antónimos, del poder simbólico de la palabra, de lo mucho que puede afectar, que no seamos taxativos, que se vayaala.

-Bueno, si eres hipocondríaco te lo escribo.

 Voltea el papel en que pondrá una receta todavía no escrita y apunta con esmero en letras que no se parecen a la de los médicos pues esta sí es legible: NO TIENES CÁNCER.

Para ya irme le digo: “Entonces, ¿qué hago?”.

-Eso se baja solo-me dice-peeero…

-¿…mejor seguir terapia…?

-No.

Prosigue:

-Mejor te vas al médico.



10-07-15


viernes, 26 de junio de 2015

La historia como fue


Antes, en la tarde de ese día de la cita, yo había llegado a casa muy temprano. Al abrir la puerta, mi Rockito vino a saludarme como de costumbre. Noté algo raro. Su pancita, ¡su pancita estaba hinchada! Rápidamente, sin embargo, la moción interna. “Ok, Humberto, tienes plata. Pero… la darás para tu perro o para tu cita”. Con una ética imponderable, me suministré la siguiente reflexión: “El Rocko es lo primero”. Media hora después regresaba con un raro confort de la veterinaria: lo que mi perro tenía era obesidad. A instruirle dieta de inmediato y listo. Lo que es yo: se me fue el 80% de mi poca plata.

Una pregunta que se hace el limeño promedio en cuanto a citas se trata: ¿Las mujeres sabrían entender esta situación?

Ya en clase, mi corazón latía a mil. Si la gente me cree valiente, se equivoca. Tenía miedo de acercármele, a la hora del cierre, y decirle: “vamos, ¿ya?”. Lo que hice, cuando acabó la clase, fue salir primero disimuladamente y disimuladamente ir a su encuentro.

-Oye, hola, ¿vamos, entonces?-le dije mientras ella salía y miraba su móvil.

-Sí, sí…-dijo como distraída.

Y nos fuimos.

Bajando, nos encontramos en el primer piso de la facultad con un amigo psicólogo, buenmozo él pero, por lo desganado –quiero pensar-, vuelto obeso. Si dije que no era valiente, quise decir también que no era seguro. Un poco intranquilo contaba los minutos para que cierre la conversa que él daba con L., dado que llevaban juntos una clase. Nos despedimos. Al ir por la facultad de ciencias, pedí un minuto para ir al baño. Cuando salgo, ella está sentada en una grada resolviendo un asunto con su bolso.

-Ya está- y se para. Acaba de enmendar su bolso oscuro de una manera práctica: le ha hecho un nudo. Yo me he quedado mudo. “Qué autosuficiente”, pensé –y pienso eso  ahora con su particular y rico dejo que tenía y tiene-.

Al salir de la universidad, ¿de qué hablar? Sí, ese es el nerviosismo. Bueno, con ella a mi costado ya era un buen comienzo. Ahora… “Oye, al llegar a casa vi a mi perro…”. Pues, le conté lo de mi perro.
A ella también se le dio por contar. “Humberto, la verdad que hoy no estaba de ganas… Si no me pillabas me iba y te dejaba un mensaje”. “¿Qué pasó?”, pregunté conteniendo la ola de desconsuelo que estaba a punto de sobrevenirme. “Ah… es que me peleé por el inter con un colega al que estimo mucho…”. Nockout. No para tanto. Pero lo único que pasó fue que se desencadenó más mi instinto de inseguridad, el cual, como varias cosas de mi vida, fue interceptado por la cadena de acontecimientos: llegando al cruce de Universitaria con La Mar se me ocurrió algo que cualquier mortal juzgaría de inepto y de un pistoletazo al pie: “Oye… ¿vamos carreando?”. “¿Qué es eso?”. “Oh… como me gano la vida”. “A ver…”. Plaf, una aventura.

A los pocos minutos, L. y yo nos montamos a un bus anaranjado. Fue así como mi envasada energía negativa obtuvo bríos positivos.

-Señoras y señores, muy buenas tardes, quien les habla es un joven inspector de cultura que ha venido a ofrecerles un excelentísimo espectáculos. Sabedor de que se vienen las elecciones municipales quiero, a juicio de mi actual empleador, el alcalde de este distrito, que uds. se sientan a gusto con el servicio automotriz que le brinda este carromato. Solo así, podremos darle continuidad al megaproyecto civil que tenemos en mente para uds. Sin más ni más… Taratatá…”. Un poema de Benedetti. Luego, otro poema de Benedetti. Más ratito, otro poema de Benedetti. Todos ellos del libro El amor, las mujeres y la vida, título del poemario del charrúa, el cual le barajó el nombre a una idea del misógino filósofo europeo Arthur Schopenhauer.

Aliviado, solo de esa forma se me arrancó el nerviosismo, el cual quedó evidenciado cuando, al recitar el poema, se me fue un verso que, para bien o para mal, fue detectada por un atento y joven pasajero. Al decírmelo, no obstante, quien les habla se hizo el loco. ¿Me hice? Yo ya lo estaba, privado de pena como y colmado de alegría al ver a L.  en ese momento apretando el labio inferior y con la cara sorprendida, con esos ojos redondones y delineados de negro que me enamoraron.

Con el rostro encendido, al bajar, se moría de risa y me decía: “Joo… ¡Eres todo un showman!”. También me dio algunas indicaciones sobre el arte de recitar poesía en los carros. Así, nos subimos a otro carro y otro. En uno de ellos, inclusive, me encontré con un conocido, quien aplaudió mi iniciativa, la cual me trajo réditos. En un dos por tres recuperaba lo gastado por mi Rocko. También, recobraba el vigor perdido por esas inseguridades que me concedió la vida.

La idea que tenía al llegar al Centro era la de caminar un rato y, oh sorpresa, dar con un profesional mulato que tocaba callejeramente el saxo en el Jr. Huancavelica. También, subiendo por las cuadras peatonalizadas hasta Abancay, encontrarnos con otro músico de la calle que solía tocar con su trompeta “My Way” de Frank Sinatra. Él se diferencia por su peculiar atuendo: zapatillas, jeans casual, un saco o una prenda abrigadora y una enorme cabeza del ratón Mickey Mouse. Yo tenía la convicción de que le gustarían, de que salían como la nada, pero ese día, no estuvieron. Entonces tuve que tragar en serio la saliva y, virar para la izquierda. Quizá en Plaza de Armas encontraríamos algo. En efecto, cuando llegamos a la plaza, tuve una revelación.

-¿Te suele dar soroche?, pregunté mirando más allá de Palacio de Gobierno.

-¿Qué?

-Nada, vamos, te gustará –y los dos apuramos el paso.

Cuando cruzábamos la plaza, vimos a un hippie en una esquina, de esos que están condecorados de artísticos vestigios para sostenerse la vida pasandiera. Él, al verla, pensó que mirándola magnéticamente, produciría, en un santiamén, aquel instante que vincularía a dos almas a las que sus cabelleras la artesanía las ha vuelto materia de inquietud cultural: los dreads. Mala decisión, joven rasta. Al pasar por su costado, L. rechazó con facilidad la menudencia de ese rastafari y creo que me dijo: “¿Y este qué se ha creído?”.

Llegamos,  pues, al paradero de los buses, que, por el horario o por la informalidad, se había pasado a la parte de atrás del Museo de Correo.  En ese momento, me dio por molestar.

-L. mira… para que nos cobren menos…

Terminé con rostro resignado:

-…  Debemos de ir de la mano.

Se rió, entendió mi juego. Nos tomamos de las manos. Feliz.

Cuando se acercó una jaladora para preguntar si viajábamos también, decidí prolongar el ruedo:

-Señorita, ¿verdad que si nos damos un besito nos descuentan hasta el 50%?

Ahí sí nos matamos de risa, pero salí ganando: antes de subir le había dado un beso en la mejilla.

Dentro del carro, en efecto, full parejas. Ella pagó la ida, con la condición que yo pague las cervezas luego.El carro demoraba, nos cambiamos de carro incluso. Me fui al baño, ella también, nos compramos galletas. Al rato, al buen rato, el carro zarpó.

Fuimos por una calle menuda que llevó a la couster a la av. Tacna. Desde ahí nos dirigimos al barrio del Rímac, barrio de historia, de pobreza y lamentablemente dejado en manos de la delincuencia. En el trayecto, pudimos hablar; ver, a lo lejos, cómo ese cerro atrayente se hacía cada vez más próximo. Fue ahí que me confesé, mientras pasábamos por la fábrica de la cervecera Backus, por una alameda, por un inmenso portal de colores rojos oscuros:

-L…

-Diiiime…

-Mi abuelo no se fastidiaría. Al contrario…

-¿Qué dices?

-Es que…

Le conté que se cumplía un aniversario más del fallecimiento de mi abuelo, que en casa se celebraba una misa y que, supuestamente, yo debía estar ahí, pero no lo estaba. En ese momento yo estaba en una situación que, presumiblemente, mi abuelo hubiera aprobado. 

Creo que se enfadó, pero creo que en el fondo le gustó. Llegamos al cerro, el carro, empinado, subía por las estrechísimas calles. Se podía sentir que rozabas las ventanas, que eras otro vecino, aunque pasajero, más. Lento subía el carro y la ciudad se hacía cada vez más entrañable desde las ventanas. Sentados y acompañados, yo no sabía si esta sería mi noche.

Llegamos a la cima, nos bajamos. Vimos todo. Recorrimos la redondela que franqueaba lo alto del Cerro San Cristóbal. Desde nuestra posición, Lima entera era un mar de bolitas amarillas, semejante a un inmenso collar de perlas de la abuela, o movedizas serpientes ataviadas de oro. Nos sentamos en el muro, mirando a la ciudad, yo mirando a ella. Estuvimos un rato en silencio. Ahí hablamos otro poco. L. me confesó que desearía viajar, que haría eso, que le importaba más eso que el estudio. Sí, reflexivamente, apoyaba su rostro entre sus brazos cruzados por las piernas subidas. Yo intentaba, en ese momento, señalarle imposiblemente la ubicación de mi casa. Aunque supiera donde estaba de nada valdría esa boba indicación.

Llamado, ya el carro se iba. Subimos. Descendió el carro por las laderas del cerro. Le pregunté tímidamente si… si la noche iba a continuar. Que sí, me dijo. Nuevamente en el Rímac me deslizó que no saldría con peruanos –ella no es de este país-, que yo era lindo, pero que… Yo preferí no escuchar. No sé si me hacía el loco o simplemente intentaba jugar un juego. Nos bajamos. Era de más noche aún. Nos fuimos, entonces, por todo Camaná, a tomar a Quilca, a los viejitos o a don Ciro.

En la caminata, por todo el Jr. Camaná, conversamos más fluidamente. En una esquinita, entre Emancipación y Camaná, la compra necesaria. Para mí una Soda V, para ella su galleta preferida: Chocosoda. Caminamos, nos burlamos. Nos miramos en el grande ventanal de un edificio del cual salía gente del trabajo a darse un respiro, a fumar un cigarro. Llegamos a Colmena y sus paredes amarillas por el fulgor de los postes de luz. Seguimos. Dimos a la calle conocida por la juventud alternativa: Quilca.

Fuimos a Don Ciro, por razones de cercanía. El amplio espacio de paredes celestes y blancas estaba, como de costumbre, lleno en esa noche. Al fondo, pegado a la pared, habían unos asientos vacíos. Ahí fuimos. Me saque la casaca. Ella se puso cómoda. A nuestro costado, los salientes de las oficinas conversaban, pero también nos miraban. Pedimos unas cervezas. Bebimos.

Conversamos. Nos contábamos varias cosas. Recuerdo que había un tipo de camisita y pantalón formales que le buscaba la mirada. Yo me enfadé y le miré con ojos de enojo. Ella me pidió que me descuide, que no importaba; y tenía razón. No había espacio para una escenita, quizá era el alcohol.
Entonces, la música llegó a nuestros oídos. Era la vieja radiola. Me miré, como suelo hacer, y dije: “Ya vengo”. Me paré y fui hasta esa máquina antigua de música, puse cincuenta céntimos y elegí dos canciones. Una, de Javier Solís. La otra, no recuerdo.

Al regreso, la música irrumpió en el lugar. No sé si hubo sonrisas, solo sé que le hablé de mi padre y de su gusto por la música mexicana. En ese mismo lugar, no me contuve y saque un libro muy querido por mí, uno que compre en Cusco, en la universidad principal, apenas llegado de viaje. Se llamaba “Patas arriba. La escuela del mundo al revés”, del fallecido autor uruguayo Eduardo Galeano. Ese libro, recuerdo, lo cogía cada vez que iba con el ánimo caído. Sus últimas palabras me reconfortaban, me hacían sentir que había una fuerza mayor que ayudaba a los que estaban mal. Esa lectura, como sus viejas anécdotas, me llevaron a que se lo diera. A que le diera uno de mis mayores baluartes y amores. Es así que, después de hacer la dedicatoria, se lo di. “Por ser un mundo al revés”, recuerdo que puse.

La noche siguió como debía ser. Cervezas y más cervezas, y ella junto a la pared, cambiando de posición y estando ahora con los pies desnudos sobre la silla, a lo que yo la invite a que los ponga sobre mis piernas para que los descanse más aún. Con las sandalias descalzadas, posó sus pies de oscurecidas plantas en mis muslos. Pienso en su pantalón morado, de agradable algodón y, sobre todo, en sus piernas fuertes y sencillas, dejadas al pulso de mi mano. Yo tocaba con tensión su rodilla, pasaba mi mano caliente por los bordes de sus músculos cansados sin caer en la insolencia. La sentía.

Ya era tarde. Una última cerveza. Fui por ella pese a que ya no querían seguir vendiendo. Al diablo. Uno dice al diablo por esas horas y más cuando está tomado. Tomé una cerveza y pagué pese a que “Ciro” vino a por ella. Nada. Con un movimiento rápido evite que la coja. Ya en mi boca, nada podía hacer. Fue algo sin sentido pero para mí fue una victoria. Salimos, con mi triunfo a cuestas, con miras a Tacna para la respectiva despedida.

Eso es lo malo del alcohol, que, en su torbellino, no recuerdas. Fue así que sin planeármelo, terminé besándola. No era como yo quería, un momento tan esperado para mí, esperado como deseado, pero la besé. Nos besamos, cruzamos la pista y en una esquina en donde usualmente hay travestis y taxistas cotizándolas, nos paramos esperando que venga el taxi. Ahí, la besé de nuevo, la sentí muy cerca, mi mano pecaminosa, exploradora, fue a por su cuerpo; en un momento terminó en sus glúteos, a los que toqué con moderación pero también con deseada pasión; sí, era contradictorio. Ella era suave, grácil; y experimentada.

-No sabes besar-me dijo mi tutora involuntaria.

Yo di una sonrisa nerviosa. “Ya fue…”.  No sé si la abrace. Solo pensé que era feliz. “Feliz”, una palabra tantas veces repetida.

Paró su taxi, ¿me iba a quedar solo? Me dio diez soles. No quería que camine solitariamente desde donde estaba hasta dos de mayo.  

Vi su carro alejarse por esa avenida que nuevamente nos cobijaría, como la vez que nos fuimos en un taxi desarmado hasta su hospedaje en Miraflores. Se fue y no me quedé solo.

Elevé la mano y me subí. En el carro una chica con la que salí me mandó un mensaje diciéndome que estaba fumada. Yo le dije que estaba, como si se  tratara de un reto, tomado. “¿A estas horas?”, respondió.

“Sí”, respuesta no llegada. Sí porque todo esto comenzó apenas la vi y se anticiparon las cosas por una acción imberbe pero incondicionalmente eficaz. Tanto así que al verla –su nombre y el mío dibujados en un corazón y atravesado este por una flecha- en una de las páginas del índice de un libro que le presté, ella explotó en risas inexplicables por la situación causando que su aula se alborote por lo que pasaba. Al darse cuenta, me mando un riente mensaje, en él que me decía que casi le da un soponcio, y también que toda la clase la miró como si fuera una loca.

Otras veces nos vimos, de esas otras veces escribí. Hoy, a un año de la cita, refresco la memoria y avivo esas viejas sensaciones que mi “mami” me dejó para que sepa que la quiero y que nunca fue gratuito eso de que le vuelvan a escribir cartitas de amor de ilegibles letras después de años de silencios.

Y sin tanta seriedad… ¡Eh, mami! ¡Sigue viajando! ¡Besos a lo lejos! ¡Llevo tu collar! ¡Él lo lleva!.
   

26-06-15

jueves, 18 de junio de 2015

Las pausas del ladrido



Cuando he pasado antes por sus rejas, el perro me ha ladrado. Cuando he pasado antes por sus rejas, el perro me ha seguido ladrando. En las consecutivas veces que lo he visto, ya no me ha fastidiado su ruidoso ladrido. No tiene por qué. Porque si ves donde está, en esa supuesta casa de madera, no tienes por qué sentirte intimidado. No es así por que esté amarrado firmemente a la pared, ni que sus dientes amarillos pretendan destrozar tu piel. Es, en realidad, el fortín en donde se encuentra, recluido en cachivaches, en el fortín que es prisión, la prisión del abandono. Ahí, el can da pena.

A la fecha, ninguna vez vi al perro marrón de fornido prototipo pero de delgada realidad olfatear los árboles, tirar la meada en los arbustos. Molestar a los carros, corretear a otros perros. Solamente, a la fecha, lo he visto ladrar al transeúnte, rabioso de que alguien ose pasar por sus dominios.

Al guachimán ya ni lo ladra, pues el perro ya se acostumbró a su presencia. Cuando el guachimán se pone a hablar con el señor de voz flautada –ese que siempre sale en pijamas a acompañar el almuerzo de invierno del guachimán- el perro ni ladra. Tampoco ladró aquella vez de noche en que en la puerta misma de reja, dos señores que nunca vi antes en el barrio bebían cerveza. Era muy curioso, se bebían la cerveza muy rápido, evitaban que el vaso lleno sea visto. Lo cubrían tras la reja. El perro, al fondo de la casa, en la esquina de los cachivaches o dormía o se aburría del ladrido. En cualquiera de los casos, no era un perro libre. Y si no era libre, peor. No vi que le concedieran amor.

Hubo una vez en que pasaba por esa casa cercana a la calle vacía y solo había silencio por los lares. Silencio y los ronquidos de motor que afiebrados atravesaban las pistas dobles. Ese era el único ruido que perturbaba el de por sí alarmante silencio. Eran esos momentos en que, al pasar por la casa del perro, silbaba buscando llamar su atención para que ladre. Qué pena, caso no hacía. Para él, quizá, me había vuelto en la misma rutinaria figura, similar a la del guachimán, que por esas horas ya andaba, en bicicleta, muy cerca a casa. Lo vi, y solo atiné a ver dos brillantes lucecitas muy cerca al suelo. Era el can, que depositaba su rostro en el piso de tierra, mirando Dios sabe qué, mirando tal vez la puerta, mirando la calle a la que, según mis conocimientos, no había llegado nunca. Su dueño, un joven corpulento de inmadura edad no lo sacaba. Su hermana, de esbelta y llamativa figura, menos. La madre, fumadora empedernida, atareada con las actividades barriales, peor. Ni hablar de Nota, quien para ese entonces trabajaba de seguridad en la Bolsa de Valores. Nota… él estaba en otra nota.
En esa casa, nadie sacaba al perro, el perro del barrio de los canes que no aúllan. Los ladridos eran el estrés, la fuerza de la cadena que apretaba su cuello la vocación por darse un rato libre. El ruido la queja canina del querer salir.

¿Era esta la estresante realidad el perro? ¿Destinado estaba a guardar silencio ni mover la cola a sus dueños o a las figuras monótonas que ante él se aparecían? Creo pensar que no.

Hoy mismo, al pasar nuevamente por su casa, se me dio por voltear el rostro. Vi a un joven, ordenadamente vestido, salir de la puerta del hogar y dirigirse al jardín. La sombra de la noche ocultaba su rostro. Él llevaba una bolsa blanca. Su patio era un jardín, el del vecino un piso de tierra de apagadas malas hierbas. Amarillento como era, no causaba gracia. Este era el patio del perro encadenado. No escuché ladrido, no vi ni un jalón. Solo vi al perrito subirse ágilmente a una caja, y acercarse con lentitud hacia el joven que desde su lado le extendía la bolsa blanca, en la que se encontraba la comida. El perro, esta vez, se apuraba. Tenía hambre.

No diré que el joven le acarició la cabeza. Solamente pensé que si sus dueños vieran este cuadro, seguramente se quedarían en silencio. Seguí caminando, quizá en ese instante, el joven pudo acariciar al perro. Y no se oyeron más ladridos. 


18-06-15

domingo, 31 de mayo de 2015

Para la mano




Se ha subido al carro. Solo, solo frente a todos, ha hecho bailar a las palabras como solo él lo sabe. No deja de perder la arraigada costumbre de mirar a los ojos de los pasajeros, de los oyentes, ojos dispuestos para la contienda. Son los ojos que retan. Un señor que va con su pareja y el niño en faldas detiene el juego. A medida que avanzan los pasajes de teatro y poesía, su mirada se va cimentando. Yo diría que recuerda una etapa bonita en su juventud. Por ejemplo, que escribía y enamoraba a las muchachas con el son de su guitarra. Para mí, esa es la mirada del futuro.

Me bajo, me han aplaudido. Apenas han sido unas pocas monedas pero, ¿cómo podría describir el llenado de alma que me dan los aplausos de esa señora de rebosantes mejillas que me mira sonriente y me dice: lo has hecho muy bien, tienes vena artística…? Me bajo, me despido de un vecino nuevo que me dice que, al igual que yo, tiene problemas y los supera en la diaria. Intercambiamos contactos y nos despedimos.

-¡Poeta!-me grita cuando ya ha cruzado la pista.  Veo su brazo izquierdo elevarse y darme el ademán de despido.

Lo que viene es… Un encuentro entre muchos, diálogos, conversas, "salud", rostros rojos de alcohol y no de ira. Me llegan algunos elogios: “oe qué chévere este tipo”. Yo siento algo de malestar en el pecho hinchado: quien me gusta le da besos a su compañero, alguien a quien fácilmente no le prodigaría mis silencios, mi amistad.

Me llega un mensaje: ¡Bien! ¡Voy para allá! Un vaso, líguido mágico y me despido. Chau. 

Muchas imágenes me atacan, ráfagas de luz, cuadras desconocidas, instantes de oscuridad que se hacen rápidos por mi caminante euforia. Llego a la Caribe por alguna vía oculta de Salesiano Pazos. Tomo un carro. Mis pies se agitan, pisan raudos la superficie de lata del carro. Me cobran cincuenta de más porque han descubierto mi mentira. Yo solo me río y pago lo debido. No sé cómo pero me hice amigo de un pasajero, lo digo porque me bajo del carro matándome de risa, o siquiera sonriendo. Me bajo en Olonense, precisamente por una de las arterias de la ciudad que más me gustan. Camino campante, con mucho de entusiasmo por el predecido sentimiento que tengo de que será una noche fantástica. De hecho, no razono, voy empapado de ideas locas, la lógica pronto se fue a dormir. Las paredes naranjas de un convento, las cantinas con borrachos provincianos y música provinciana, las prostitutas de protuberantes y deseadas condiciones: todo ello aparece conforme Lucía se acerca hacia mí.

Llegando a Lucía veo lo que vi en los eneros y febreros, mucha gente, mucha juventud. Hay un concierto en una calle cercana, hay pistas húmedas que reflejan el armónico desorden de esta noche nuestra. Tan pronto llego, todo me parece conocido: las pintarrajeadas paredes, los establecimientos de cultura cerrados –solo por la hora-, las desvencijadas puertas, los vecinos de Lucía que salen de sus casas marginales y empiezan a beber en la calle y también a convidar alucinógenos a los paseantes.

Se aparece Carmela. Está con un joven. Me duele en el interior, creo que la abrazo y le saludo por su pasado cumpleaños. Qué triste, la recuerdo poco. Continúo mi avance entre tanta gente tomando en las gradas, apoyadas en las paredes, inclinadas en los carros estacionados. Las paredes del mítico restuarante y bar Wenceslaito están custodiadas por jóvenes de diversas procedencias que han venido a tomar. Miento si les digo que se logra escuchar la presentación que sabatinamente hay en el Wenceslaito. Por lo menos nos cae su luz: en la pista se ven reflejados los barrotes del interior del Wenceslaito. Como sea quiere ser parte de la calle, pienso, la “encerrada” cultura de este bar.
Voy, he venido por algo y alguien. Llego, está en una esquina junto a sus amigos, me sonríe, yo sonrío, nos abrazamos, hay alguien que ni me mira, dizque mirando el celular, pero yo no me hago problemas, me dan una cerveza, bebo, converso, voy de aquí para allá. He visto a la pareja más acertada de esta comunidad: un par de rockeros que si no fuera por la barba de él y la muy curvilíneas figura de ella serían lo que son: un par de niños. Volteo, veo una cara conocida y le gasto bromas que hoy me reprocho pues apenas lo conozco. La bebida.

En eso, imperceptiblemente, la veo, está ella ahí. ¡No la veía hace tanto! ¡Se los juro! Y no por ella vine, pero estaba. Me acerco a ella, ella me obsequia una sonrisa que todavía hoy conservo en mi cavidad auditiva (solo basta que cierre los ojos para oírla), no sé cómo pero me enternece que se ponga autoritaria conmigo pues, creo, me burlé de una de sus amigas. Debe ser porque la recuerdo hondeándose como un girasol mientras se ponía en posición de yoga, una vez que nos fuimos por la mar. Cotejar la imagen de niña con la de madre recta me produce una risa demasiado sospecho…

¡Despierto! ¿Y ella? ¿Y todos? ¿Y los lacios y largos cabellos? ¿Y los hombros desnudos? ¿Su caminar bailante? ¿Y la callada poetisa de mirar muy serio? ¿Y las parejas? ¿Y la vida libre de ese lugar? ¿Dónde? ¿Dónde las luces naranjas? ¿Dónde las calles con cervezas? ¿Dónde la rivalidad de luces entre el Wenceslado y el Don Silvio?¿Cómo? ¿Otra…? ¿Otra vez…? ¿¡¡Noooo…!!?

-¿Eh… Julián… y esa cara de gato mojado?
-¿Ah…?
-¡Trabaje, hombre! Que estás perdiendo el tiempo en ese lugar. Será mejor que cierre la ventana, ¡mucho te distraes!
-No, no, no, profe, no –lo detengo-. Ya termino, vea. Solamente pensaba en que tengo muchas deudas, y debo de pagarlas… Solo eso…


31-05-15

miércoles, 13 de mayo de 2015

Un comentario apenas



Cuando hoy todas llevan falda a la usanza hippie, ella, antes ya, solo buscaba generar tertulias entre la tela de las faldas verdaderas y sus piernas entretenidas de danzas deliciosas; hablo de esas faldas largas y floreadas que no por ello necesitaban de besar el suelo. Usaba, ella, unas sandalias frenéticas, marrones, no ajustadas, que le daban el pretendido viento a sus pies. Ella… Ella llevaba el pelo suelto, ensortijado y un top, feble polo de mangas recortadas, sostenido por tiras, que era igualmente de un color caduco, marrón claro, signo del deliberado uso.

Y cuando digo que antes ella y hoy otras, no quiero decir que sea hippie. Antes, ella era lo natural, hoy vestir de esa manera, quiero juzgar, es símbolo de moda, de anhelar la pertenencia a algo. Antes, lo veían mis inquisidores ojos públicos, poquísimas eran las que vestían así. Solo se le ocurría a ella, que no quería jean pegado sino prendas de comodidad; no quería zapatillas Nike o Converse sino apenas unas sandalias.

Correcto, que lleguen las andanadas de críticas, que esto, que lo otro. Adelante, empecé mal con lo de hippies. Sí, sí. Todos somos naturales. Vale…

Pero ella era enamorada del mar y bajaba a socorrerse y a socorrer sus olas y a caminar solitaria entre la arena prodigiosa para atenuar su pena y caída en la tristeza. Iba a la playa a congraciarse con el sol y su luminoso devenir que atrapa a las melancolías. Iba y el marítimo viento la desplegaba. Podría decirse que su cuerpo andaba materialmente con nosotros pero hacía mucho ya que su alma vagaba desinteresadamente por las nubes. Podría mimetizarse con el paisaje, hacer que su voz no sea otra cosa que el rumor pudiente del mar. Incluso su caminata por la ruta de piedras y bancas era una iluminación; su devenir sincero como un pasaje de flores prodigiosas y pétalos dignados a viajar por aéreas corrientes de soplos vastos. Con mucho de niño y con mucho de ingrato y otras cosas yo les digo: “A ver superen eso, ladys naturalas”.

(Comentario de un adolescente aguijoneado de dolores inmaduros, visitante de la antigua dimensión del mar; comentario encontrado en una hoja de árbol caída por la ley de la gravedad otoñal).

https://www.youtube.com/watch?v=Mnocb6iwHGY


13-05-15

miércoles, 6 de mayo de 2015

Constancia de Joana



Vino a mi casa una tarde de sábado. Mis hermanos trabajaban en la calle, yo almorzaba cabeceao’ con la familia en la cocina del piso primero. Apareció semiperdida en la puerta. María la hizo pasar. Ella se limitó a reír. Su entrada a casa fue celebración. Tanto así que me dijo: “Vaya familia la que teneís, eh.”, con su voz cantora de siempre. Pasó, le invitamos el almuerzo, platicamos todos. Se enteró que en el hogar había de todas las sangres. “Eras exótico”, nuevamente dijo.

Nos fuimos, ese mismo día, a una marcha por la Union Civil. Ella, segura; yo, inseguro. En el camino, mientras hablamos, le dieron ganas de fumar. No había otra opción que comprar un cigarrillo o, a su modo, pedir de lo más amable a quien lo tenga. Ante el pedido, el transeúnte que se encontró a unos pasos de nosotros accedió tranquilo. Joana pudo saber la cadencia del humo en su garganta y su reflexivo poder.

Llegamos a la avenida. Hablamos de todo. Sentí que me escuchaba todo el laberinto de palabras que le daba y también pensaba para mis adentros: “Qué sabia”, por todo lo que ella decía. Sentada en el carro, el sol doraba su piel y sus vellos alcanzaban el color del oro. Sus mejillas rosadas agradecían el buen clima.

Ella viajó, viajó mucho por estas tierras y otras. Aprendió, conoció, entendió, sufrió, la hicieron sentir extranjera, también la hicieron sentir como una más, que con ella no importaban los colores y nacionalidades. Eso, en Ghana, la hizo enamorar. Pero se enteró de ello cuando subía el avión.

El día de la marcha nos separamos, mas no nos perdimos. Horas después se encontraba con su grupo en esa ebullición que era la Plaza San Martín junto a sus amigas que bien un conocedor podría confundir con amazonas. Joana se integró a varios colectivos, el de esta oportunidad al feminista. Joana hacía retumbar las marchas con el toque del tambor o la tarola.

Joana, enamorada de la ciudad, enamorada de la Lima, enamorada del Centro, que hizo suyo apenas piso estas tierras. Le encantaba la ciudad, me llevó a sus huariques un día en que resolví que la calle era el mejor aprendizaje, un día en que en el El País reflexionaban sobre la muerte de Galeano, un día en que en plena combi escapó a una pregunta mía con una respuesta digna de perenne recordación.

-¿Qué edad tienes?

El verde cristalino de sus ojos removió el pasado, atizó el presente, sacudió al futuro:

-Veintisiempre…-y sonrió-.

A su llegada a Lima, después de varias semanas yendo y viniendo por esta Patria Grande, Joana sintió vibras tensas en su cuerpo; era la hora de su partida; el colofón de su travesía latina; la culminación de un viaje deseado, a punta de esfuerzos obtenido. Lo decía su mirada, sus pocas ganas de hablar, la rabia desatada por ella cuando vio a unos endebles borrachos denigrar lo que a sus ojos era la expresión de la pureza del arrebato indigno de unos ciudadanos que ven peligrar sus calles. Joana envolvía historias y nostalgias, era un cáliz lleno de turbulenta agua; era también una voz dulce, un grito del altiplano, un “ojos azules” de tardenoche de viernes.  

Con Joana se va una exultación, un grito convertido en praxis, una todoterreno consecuencia, una carta a medio dar.

Pero con Joana quedan las ganas de vivir, de lucha, de llamado, de cumplimiento, también de sonrisas y de canto de charango. Lo saben quienes la conocieron. Los que tuvieron llegada a su palabra y a su personalidad. Lo sabe también quien la vio salvar del suelo una flor blanca y priorizar sus pétalos y su decoro intacto allá en esas calles de la amada y odiada Lima.

Pd. Por cierto Joana regresará, solo se fue a su país a resolver unos papeleos, y los rastros "sensibles" del artículo son exclusividad del cronista.

Atte. Los editores.


06-05-14

lunes, 20 de abril de 2015

El sector salud de malas: la corrupción, las camas, los médicos y la anemia maldita en los niños

Una reciente investigación a cargo de los periodistas Gabriel Daly, Ariana Lira y Elody Malpartida –todos ellos de El Comercio- analiza la situación actual del sector salud. Uno de los aspectos más resaltantes del estudio es cuando dan cuenta de los tres niveles de atención a los pacientes. El nivel I) atiende problemas de baja complejidad, requieren de menor especialización y tecnificación de recursos. Entre sus servicios están el de consultas médicas, botiquines, farmacia, sala de partos, rayos X. El nivel II) tiene un nivel de complejidad intermedia y brinda servicios de hospitalización, emergencia, epidemiología, centro obstétrico, esterelización, rehabilitación, nutrición, patología clínica, hemoterapia, neonatología, y Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) general. El nivel III) ofrece un servicio de alta complejidad, alta especialización y tecnificación. Los tipos de servicios que dan son el de UCI especializada, hemodiálisis, servicios de apoyo al diagnóstico especializado.

El nivel I es uno de los campos más importantes pues su atención posibilita un 70% de probabilidades de curación de la persona. Por otro lado, la prevención es un factor relevante en este espacio pues si se detecta a tiempo un problema y es solucionado, el costo es evidentemente menor que al avanzar la enfermedad.

Las razones para que no se haga énfasis en la prevención son dos, según el informe periodístico. El primero, es que, en primer lugar, los resultados del factor prevención se dan a largo plazo. Teniendo en cuenta el cortoplacismo de miras de las autoridades se entenderá que se decidan por algo efectista. Se edifican, por lo tanto, los grandes hospitales, los cuales terminan siendo muchas veces inoperativos por falta de implementos. Son los famosos elefantes blancos.

Paralelamente, se prefieren los hospitales grandes pues ahí no solo se compran medicinas muy caras y equipos muy costosos, sino que, en razón de estas adquisiciones, los procesos se vuelven más difusos y con ello se facilita la corrupción. “Essalud invierte aproximadamente 80% de su presupuesto en estos hospitales nivel III”.

Así, lo que las postas descentralizadas deberían ofrecer lo hacen los hospitales, no aptos, en principio, para labores primarias. La situación de las postas, por otro lado, es paupérrima. Ausencias de equipamientos y tecnologías avanzadas favorecen el descrédito de la población. De esta manera, los hospitales son la otra cara de la moneda. Lucen muchas veces llenos y congestionados, la demora de atención aparece y con ello las molestias.

“El hospital Arzobispo Loayza recibe un promedio de 250 emergencias al día, de las cuales aproximadamente el 70% podrían ser tratadas en un centro médico primario”, apunta el informe.

La pretensión por las obras ilustra que es algo improvisado y enrevesado hasta la médula. Bueno fuera, que su inclinación por las obras grandes implicara servicios grandes pero no es así. En el Perú, hay 1,5 camas por cada 1.000 habitantes, siendo el promedio latinoamericano de 2 camas por 1.000 habitantes. En Chile, hay 2,2 camas por tal cantidad de habitantes; y Argentina da 4.9. Continuando con las odiosas comparaciones, los médicos en nuestro país no solo están concentrados en la capital (48% laboran en Lima) sino que su número es reducido para la cantidad  de gente: 10 médicos por 100.000 habitantes; en Chile, Colombia y Ecuador hay, en promedio, 16 y 18 médicos por similar número de habitantes. En atención especializada también se requieren con urgencia especialistas como anestesiólogos y radiólogos.

Finalmente, el informe da cuenta de que el nivel de niños menores de tres años ha aumentado desde el 2011 (41,6%). Hoy un 46,8% tiene anemia, enfermedad producida por la falta de hierro y que produce daños intelectuales irreversibles. La vacunación ha caído del 72,8% en el 2012 al 61,1%. Cierra el informe: “Y lo preocupante es que no solo afecta el desarrollo de los niños, sino que se incrementan las probabilidades de que se desate una epidemia”.

Fuente: El Comercio 


20-04-15