lunes, 20 de abril de 2015

El sector salud de malas: la corrupción, las camas, los médicos y la anemia maldita en los niños

Una reciente investigación a cargo de los periodistas Gabriel Daly, Ariana Lira y Elody Malpartida –todos ellos de El Comercio- analiza la situación actual del sector salud. Uno de los aspectos más resaltantes del estudio es cuando dan cuenta de los tres niveles de atención a los pacientes. El nivel I) atiende problemas de baja complejidad, requieren de menor especialización y tecnificación de recursos. Entre sus servicios están el de consultas médicas, botiquines, farmacia, sala de partos, rayos X. El nivel II) tiene un nivel de complejidad intermedia y brinda servicios de hospitalización, emergencia, epidemiología, centro obstétrico, esterelización, rehabilitación, nutrición, patología clínica, hemoterapia, neonatología, y Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) general. El nivel III) ofrece un servicio de alta complejidad, alta especialización y tecnificación. Los tipos de servicios que dan son el de UCI especializada, hemodiálisis, servicios de apoyo al diagnóstico especializado.

El nivel I es uno de los campos más importantes pues su atención posibilita un 70% de probabilidades de curación de la persona. Por otro lado, la prevención es un factor relevante en este espacio pues si se detecta a tiempo un problema y es solucionado, el costo es evidentemente menor que al avanzar la enfermedad.

Las razones para que no se haga énfasis en la prevención son dos, según el informe periodístico. El primero, es que, en primer lugar, los resultados del factor prevención se dan a largo plazo. Teniendo en cuenta el cortoplacismo de miras de las autoridades se entenderá que se decidan por algo efectista. Se edifican, por lo tanto, los grandes hospitales, los cuales terminan siendo muchas veces inoperativos por falta de implementos. Son los famosos elefantes blancos.

Paralelamente, se prefieren los hospitales grandes pues ahí no solo se compran medicinas muy caras y equipos muy costosos, sino que, en razón de estas adquisiciones, los procesos se vuelven más difusos y con ello se facilita la corrupción. “Essalud invierte aproximadamente 80% de su presupuesto en estos hospitales nivel III”.

Así, lo que las postas descentralizadas deberían ofrecer lo hacen los hospitales, no aptos, en principio, para labores primarias. La situación de las postas, por otro lado, es paupérrima. Ausencias de equipamientos y tecnologías avanzadas favorecen el descrédito de la población. De esta manera, los hospitales son la otra cara de la moneda. Lucen muchas veces llenos y congestionados, la demora de atención aparece y con ello las molestias.

“El hospital Arzobispo Loayza recibe un promedio de 250 emergencias al día, de las cuales aproximadamente el 70% podrían ser tratadas en un centro médico primario”, apunta el informe.

La pretensión por las obras ilustra que es algo improvisado y enrevesado hasta la médula. Bueno fuera, que su inclinación por las obras grandes implicara servicios grandes pero no es así. En el Perú, hay 1,5 camas por cada 1.000 habitantes, siendo el promedio latinoamericano de 2 camas por 1.000 habitantes. En Chile, hay 2,2 camas por tal cantidad de habitantes; y Argentina da 4.9. Continuando con las odiosas comparaciones, los médicos en nuestro país no solo están concentrados en la capital (48% laboran en Lima) sino que su número es reducido para la cantidad  de gente: 10 médicos por 100.000 habitantes; en Chile, Colombia y Ecuador hay, en promedio, 16 y 18 médicos por similar número de habitantes. En atención especializada también se requieren con urgencia especialistas como anestesiólogos y radiólogos.

Finalmente, el informe da cuenta de que el nivel de niños menores de tres años ha aumentado desde el 2011 (41,6%). Hoy un 46,8% tiene anemia, enfermedad producida por la falta de hierro y que produce daños intelectuales irreversibles. La vacunación ha caído del 72,8% en el 2012 al 61,1%. Cierra el informe: “Y lo preocupante es que no solo afecta el desarrollo de los niños, sino que se incrementan las probabilidades de que se desate una epidemia”.

Fuente: El Comercio 


20-04-15

martes, 14 de abril de 2015

Historias venideras

Dando referencias

Hay apuro por llegar pronto al hospital. Pero antes hay que pasar por casa para recoger el DNI y algunos análisis. Esas referencias, para la casa, hay que decírselas al taxista. Sin embargo, pese a las señalizaciones, no entiende. Marco utiliza su último y genial recurso.

-¡Por el grifo!

-¿Qué grifo, joven?

-Ese pe, donde mataron a los lacras.

La edad de siempre

Vamos de paseo al Centro. No, clases no. Las clases, aunque no debieran, aburren. Y hago mía una frase de mi profe: “Aprendí más fuera de las aulas que dentro”. He decidido ser obediente con mi prosor. Estoy en una combi con una chica hermosa, de cuerpo grande y de rostro y de ojos de niña. Cuando habla, alarga muuuuucho las palabras. Se lo hago ver pero con ella no es: no se da cuenta de la joda.

Ya le dije que soy mayor que ella y que no me viene a bien comentar mi edad. Para hacerle sentir esa endeble frustración le volteo el pastel.

-¿Y? ¿Tú que edad tienes?

Por las puras ella no ha viajado y arriesgado tanto. Sin despegar la vista de los exteriores de la ventana me lanza la perla que recordaré por siempre.

-Veintisiempre…

Y sus ojos verdes me miran.

Callejero

Desearía que Rocko no se entere, pero si en físico estaba de aquí para allá conmigo, en almita… en almita debe estar ya por la #3.

Era el 2014, y en el ejercicio solitario encontraba el elixir de la paz. El sol estaba en retirada y yo quería aprovechar sus últimos rayos en ese parque de césped que se alegra con la luz y da verdor.

Yo corría solo y sentía pasos. Volteo como envuelto por una paranoia y veo a un perrito de pelaje blanco y abundante detrás mío. Además, jadeaba como un perro loquito. No sé si movió la cola pero me siguió. Yo dejé que me siga. Compañía, sí. Además era mi cumple.

Hubo un momento en que dije que esto no era mucha casualidad, que Rocko no era el único perro “tonti” y que yo era un imán para ciertas cosas. Sucedió que cuando en un momento me detuve, el perrito blanco que apareció de la nada en la calle dio un salto y lo que primero sentí fue su pecho que rozaba contra mí y luego sus nerviosamente alegres patitas.

Yo me sorprendí y me quede mirándolo y diciendo “qué looooco”, el perro no cejó y repitió la acción. Cuando me acosté para hacer ejercicios echado, una vez que levantaba el tórax, el perro creo que intentó tirarse encima de mí pero yo lo evité: era demasiado cariño para una sola persona.

Al término de la acompañada rutina, pensé en la triste despedida, pero el perro blanco se la olía y, como si hubiera oído la hermosa y libertaria canción de Alberto Cortez, sin que se lo diga se fue perdiendo en las calles solito y pequeño. No lo noté triste, él hacía lo suyo. Era el Callejero de la canción y me dio uno de los regalos que más recuerdo.

La edad de los patitos

Enamorado puede que resulte inexacto. Loco era la palabra. Loco estaba por ella. Pero me dolía que no me correspondiese, me dolían sus desplantes, sus vistos, sus nada de respuestas al celular. Me dolía… y la amaba. Sus abrazos y sus “guapo” hacían que mis instintos se despierten, me digan: “Le gustas…”. Pero hasta ese momento no. Al parecer solo era un amigo para ella. En mi cumpleaños nos vimos, hablamos y se despidió mientras caminaba como si solo estuviera ella en el camino y levantando su brazo derecho en señal de adiós. No me saludó sino hasta la noche, en que vio por la red social que era mi onomástico.

Se abre la conversación.

-¿Por qué no me dijiste que era tu cumpleaños? Hoy estuve contigo!!!

-Pero k triste sería recordártelo no crees?

Se ríe… Me pregunta:

-Cuantos cumples?

-22!

-Oh… la edad de los patitos…

Una banca para todos

Me despedí de Miriam. Me ha abrazo y dicho te veré mañana. Yo le digo que sí y me voy cruzando el jardín. Veo de lejos a Yoicy, la miró y pienso: ¿por qué no? Me le acerco como un loco e interrumpo su conversación. Su amiga me mira y yo rápidamente la saludo. Yoicy, creo, se ha sorprendido. No nos hemos visto en tiempo. Su amiga se va (ojalá asustada) y empezamos a hablar. Sin que lo sepamos, ya estamos sentados en la banca.

Hablamos de todo, de su carrera de abogada, del feminismo, del culo de los hombres, de “objetivar”, de que estoy loco, de que las agrupaciones políticas no hacen nada por el estudiante, de que el estudiante de a pie es muy pasivo, de que hay que integrar, de que Galeano, de que El País, de que Gunther, de que uno es poeta, de que ella también estudia derecho, de que sería bonito de que en esta banca se forme un grupito y haya gente, de que yo le presentaré amigas a mi recientemente soltero amigo, de que hay prejuicios en la carrera de Derecho, de que hay que ligar lo que a uno le gusta con el deber, de que hay neonazis en Ucrania, de que se necesitan espacios de debate, de que ella me cae bien, de que Pacheco quedó en un segundo puesto por un ensayo, de que hay que luchar, de que Castañeda es una lacra, de que escucho, de que hablo, de que sería muy lindo que más noches como esta, en efecto, hagan que las gentes surjan como apariciones, se detengan en las bancas, charlen, se conozcan, conecten y se vayan, como ocurrió en esta plena noche.




Foto tomada por una mujer de ensortijada cabellera, mujer que nutre al cuerpo con solo mirar a la luna cuando domina la noche

14-04-15

viernes, 3 de abril de 2015

Barrer la habitación



Cuando barría la casa, acto de pura iniciativa en aras de armonía familiar, cuando empezaba, digo, desde la puerta del cuarto de mis hermanos hasta terminar en la sala (incomodo es para mí barrer mi cuarto mas no el de mis padres) siempre motas de pelo de perro se formaban. Dos, tres, bolas de perro que quedaban en el suelo como malformaciones de piso, pues tenían su color.

Las motas, puras de pelo, tenían la solidaridad de otros desechos: pelos de ser humano, polvo de la calle, partículas de negros misteriosos y algún boleto de pasaje que a uno se le escapa. Tal eran los constituyentes de la mota, pero por sobre ellas destacaba el pelo de mi perro.

Lando, mi grandísimo perro, se acercaba a mí como queriendo aprender el magistral arte del “barreo”. Yo lo miraba y el perro pasaba por mis costados mostrando su lustroso lomo a husmear lo que salía del contacto de los duros y amarillentos pelos de la escoba con el piso de cera escasa.

Yo me decía, tal cual lo hacía cuando salíamos y el perro mío olía los arbustos de malévolos contactos, “A este no lo beso más”, paro luego, horas, días después, apretar su cara contra la mía en el directo afán de poder sentir y hacerle sentir mi cariño.

Yo lo largaba con paternal cuidado pues quedaba claro que del barreo él no quería aprender nada. Se acercaba, más bien, a quien fastidiaba su perímetro de cuidado, o sea, el espacio de la sala en donde él solía echarse a sus anchas. Lo largaba también con la intención de prevenirlo de males de higiene. Por lo mismo que olía lo barrido, lo largaba: no le vaya entrar a la nariz (¡Sí claro!);  y a veces sucedía: el curioso al dar unos pasitos, pum, estornudaba. Uno podía ver sus cachetes moverse de un lado a otro. Lando solía estornudar guardando la cabeza. Me miraba con su mirada de tristeza cristalina y moviendo su cuerpo torpemente, se iba hasta el cuarto de Rocío, desde el cual tenía una vista casi panorámica de toda la casa. Ahí se botaba y echaba el sueño a andar.

No era difícil sacar los pelos, la tarea consistía en pasar con fuerza la escoba por la bisectriz del piso y la pared, que era por donde más se ocultaban esos pelos. “Qué trabajo, decía yo, el de poder sacar todos los pelos de la casa”, y es que ocurría que los pelos de mi Lando aparecían interminables por mi hogar. A veces, por las muchas veces que limpié, el tic-tac de la vida me tocaba y mi rostro se tornaba triste, pero me desperezaba y me decía: “Nada… Lando estará siempre” puesto que por enésimas veces las motitas seguían apareciendo en inéditos rincones.

Pero hubieron motivos de preocupación cuando vi uno de ellos en mi calzoncillo. Ahí fue cuando me dije: “Lando está que se excede”. Sacaba el pelito con la punta de los dedos, el pelito de naranja estructura iba a caer al piso, donde con posterioridad sería no barrido: estaba yo en mi cuarto.

II 

Hoy Lando ya no está y cuando se fue, la administración de mi casa decidió darle una mejora al piso. Para ese fin, se llamaron a un grupo de señores que se encargaron de esos trabajos. Mi padre, mi hermano y yo, nos encargamos de darles desayuno. Sin embargo, mi tío me dijo con amargor: “¿Oe sobrino, les pagas y encima les das su desayuno…?”. Yo me acordaba de Tagore: “la vida es dar…”.
En fin, las técnicas empleadas por el grupo de señores levantaron un polvo que nos hizo estornudar a todos sin que estuviéramos resfriados. El polvo rojizo se filtraba por las ranuras de las puertas y se elevaba por las habitaciones intentando mostrar su polvoriento poderío. Aún los veo como bruma, como neblina, precipitándose en mi habitación. Me cubrí la nariz y no mis ojos, que se pusieron llorosos. Ni siquiera la intención de respirar aire limpio de la ventana me libró del mal generado por el polvo.

El piso a los días quedo limpio y presentable, las huellas negruscas se perdieron, y hoy ya se puede invitar a las visitas.

III
¿Pero y el pelo? Hoy cuando barro yo o mi padre, solo vemos polvo que sale desde el piso. No hay pelos, solo polvo, el cual sigue ocasionando los mismísimos efectos: hacer estornudar.

Una vez, urgido por un afán de limpieza, barrí mi cuarto. Grande la sorpresa cuando, a meses de la actividad estilística del piso y de la pérdida sideral de Lando, pude encontrarme con manifestaciones de mi perro.

Les juro que me entro nostalgia. Y la nostalgia se comparte cuando proviene de una querencia común.

-Pa-le dije al padre- mostrándole una prenda negra con algo que sobresalía en ella.

Me miró apurado y me dijo rápido: ¿Qué tiene? –volvió a lo suyo.

Yo veía mi ilusión de compartir hacerse un poquito añicos. Le insistí con la mirada y la presencia. Quizá era el estrés del trabajo que no provocaba persistencia en mi papá. Me tuve que ir.

IV

Cuando camino, me imagino a Lando que hace lo mismo conmigo. Salíamos y yo lo intentaba ponerlo a mi distancia, pero pronto pensaba que el perro debía hacer lo que quería y hacía que vaya donde quiera. Todavía recuerdo una mañana de verano, allá por el 92’, en que nos fuimos corriendo hacia el parque, y su lengua salida y sus orejas para atrás, tanto como sus pesados músculos moviéndose, delataban la anchura de su felicidad de can.

Por eso, porque lo recuerdo y pocas fotos tengo que no quiero ver, se me va el interés por barrer mi habitación. Sé que está mal, pero a falta de un recuerdo que no sea el de la imagen que cada vez siento que yo he de perder, pienso en que debajo de la cama, en alguna esquina, los pelos poseedores de su espíritu me señalan que sigue ahí. Por eso cuando mamá me dice que limpie el cuarto. Lo hago, sí que lo hago, pero dejando intacto el suelo.

04-04-15


miércoles, 18 de marzo de 2015

Lo único que ves: odio

I

Es un hombre ciego, de canas, de paso lento. Pese a los años, se ha chocado con la pared. ¿Un ciego inexperto? No, es la edad. Una mujer se encuentra en el camino de eterna noche. Se impactan los cuerpos. La mujer lo evita. Y con una sonrisa torpe y avergonzada le dice: “Por aquí no, por aquí no”, guiándole. Ella y la chica que la acompaña llevan faldas que sobrepasan sus rodillas. El objeto que recibió también el impacto del ciego es un stand de revistas cristianas llamadas Atalaya. El ciego, por medio de la vereda, sigue su camino. La mujer sigue con su labor.

En el borde de la Av. Arica, una imagen del horror. El ciego se tambalea en el borde de la pista en su solitario intento de cruzar. Nadie lo socorre. Deben de estar muy preocupados. Yo soy un caldero.

-Señora –digo aguantándome las ganas de decirle cualquier cosa.
-Sí…
-¿Señora, usted es creyente?-la busco.
-Soy testigo de Jehová.
-¿Por qué es creyente? –persisto.
-Por…

Es lenta, demasiado lenta.

-¿Por qué da la biblia?
-Es una revista cristiana-atina a decir-.

No me entiende. Le planto el argumento.

-¿Así que usted sigue lo que dice Cristo? ¿El amor? ¿La solidaridad con el pobre, con el desválido?-le digo atropellándola con mis palabras. Todo es muy rápido: no recuerdo su rostro.

-¡¿Entonces-sigo-por qué no va donde ese señor y le ayuda a cruzar?!

La señora responde:

-Porque estoy acá…

Llego donde el señor, después de mirarla con una incomprensión que más que a incomprensión sabe a asco.

-¿Le ayudo?

-Por favor…

A ambos lados de nosotros, dos hombres. Tienen la mirada de la hipocresía, del hijo de su puta madre que no reacciona ante una situación elementalmente necesitada de ayuda: un hombre anciano y ciego en una de las zonas no solamente más perdida de respeto para el peatón, sino la situación de un hombre en una ciudad hueca, vana, de imbéciles que detienen la mirada y la dejan lela, absorta, y ni siquiera disfrutan la música de sus aparatos tecnológicos; ciudad de hienas de competencia imparable en las que el Facebook del Iphone es el pretexto favorito para volverse una pared y no ver ni hablar con el otro que existe; anónimo lugar en donde pueden dejar ser, por constantes y - pero aunque no lo sepan- realmente privados momentos de pública “plenitud”, esa que tanto buscan en sus vidas de roedores que agitan la rueda giratoria que los cubre.

Todo esto es dicho en voz alta. La cobardía se deja seguir sintiendo putrefacta. El cabrón de lentes me mira y en segundos me quita la mirada. Momentos más tarde se juntará con la gente de su barrio, fanfarroneará por lo bajo y dirá: “A ese culito rico se la meto hasta el fondo”. A mí no me responde nada de lo dicho.

Cruzo con el señor, soy una caja de insultos. La conciencia, sin embargo, me habla: Él vive esto todos los días. Cambio de tema… No. Me vuelvo un silencio.

II

Suena otro claxon atronador pese a que no es necesario en este círculo de maniáticos en el volante. El bus con sus sonámbulos y desechables pasajeros pasa muy cerca de nuestras narices. Esta vez mi ciego no lleva un bastón plegable sino un asiento de madera en la que posiblemente se sienta para pasar el rato. Lo he encontrado en medio de la noche oscurísima sin que ningún transeúnte lo ayude.

Le digo: “¿Míster, lo ayudo?”

“Sí, joven”, responde con voz seca y experimentada.

No hay espacio para el optimismo que viví hace cuatro años como chico bueno que cruza a los “pobres cieguitos”. No hay optimismo, no hay alegría por ayudar. Lo sé pues apenas me ha respondido eso el ciego que no lleva bastón, mis ojos le han echado sangre que no saldrá nunca a la misma señora que vende las revistas de la religión del amor al prójimo.

Nos miramos. Ella me mira y yo también. La odio con la mirada.

A los pocos segundos, empieza mirar al piso.


18-03-15

lunes, 9 de marzo de 2015

Baile que no pido en combi



La señora parecía Celia Cruz. ¡Qué adornada! A eso se le llama trabajar con estilo. Senos gigantescos enfundados en una camiseta negra deportiva. Alhajas reverberantes en cada muñeca. Uñas de saltones colores. Chaleco de un rosado excesivo. En la cabeza, un igual gorro deportivo con el espacio necesario para que sobresalga el ensortijado cabello en forma de cola de caballo y que es de dorado color a cerveza. Unos lentes grandes y oscuros que no impedían la intuición de saber que sus ojos también contenían el color de su apariencia. Como sus lentes, también sus cejas, delineadísimas y pintadas, eran grandes. Tan grandes que llegaban, en el campo de la sorpresa, a sobrepasar la mitad de su muy morena frente.

No me abre esta señora la puerta de la combi. Esta con el mentón que quiere llegar al pecho, como si realizara una oración. Al ratito, me abre. Yo llevo en la mano derecha unas húmedas monedas producto del calor y de la presión que les doy.

Es tan difícil encontrar a una cobradora como ella que la solencia que tengo se me pierde. No le digo jergas sino que le digo de la neta –y con una carita de piedad que no sé por qué me sale así-: “¿Cincuenta a Colonial…?”. Deben ser las pastillas, el rechazo reciente de la dama, o algún plátano en el desayuno que faltó, que la carita de mosquita muerta, con convalecencia entre las cejas y los labios, dura más de cuatro largos segundos. En tanto, la palma con monedas de sencillo son mostradas.

“¿Qué pasa?”, “¿Por qué esa vacilación?”, “¿Será la poesía que me ha tocado bien en lo profundo?”. Quién lo sabe. Lo real es que la señora me ha dicho, con mucho sandungueo en la voz: “Ya pues… con tanto gesto que te mandas”, y me acepta las monedas.

Y es ahí que recién comprendo que la culpa lo tiene el arte. El arte que practico y que me moviliza el gesto. La nariz, los labios, los ojos y la ceja, sin que yo se los requiera dan una expresividad que conscientemente no se los permito. Y juro que mi cuerpo se mueve, en el mismo sentido que cuando toca una orquesta, cuando la señora sentada en el cobrador asiento le dice al chofer: “Baaaaaaaaaaja esquiiiiiiiiiiina…”. Juro también que lo hace a propósito, pues cuando lo dice, mueve rítmicamente las piedras de colores que lleva en las muñecas, y con el rabillo de su ojo izquierdo me observa picarona.


09-03-15

jueves, 26 de febrero de 2015

Crítica teatral: espejos, arlequines y una multitud que está en un “selfie”




Siendo aproximadamente las seis, el Parque de la Exposición mantiene ese encanto suyo que hace que la gente asista sin pretender otra cosa que sentarse en el pasto a conversar o descansar en una banca para ver la Fuente China. Ese encanto se contagia mientras uno camina para hacer fila en los escalones de la Escuela Nacional Superior de Arte Dramático (Ensad), pues la institución  ofrece gratuitamente obras de teatro para el público en general. No pasan de 20 las personas que esperan para recoger su pase y la cartilla informativa de descuidado estilo de redacción.

Se inicia de este modo y hasta la próxima semana el encuentro Ficciones Teatrales En Construcción (Fitec). En este espacio, alumnos egresados de la Ensad se enfrentan a esa obvia constante en sus vidas artísticas: el público.  Pero se enfrentan con lo aprendido durante el curso investigación teatral. Las puestas integran un cuerpo de investigativo que ha tomado un año de esfuerzo, hipótesis reafirmadas y desechadas, así como “nuevas formas de hacer teatro, de componer una ficción”, como dice Guadalupe Vivanco, orientadora del curso de Investigación Teatral, en la cartilla informativa.

Hoy día se presentaron tres obras. La primera es “El espejo no hace milagros” de Sebastián Salazar Bondy. Cesia Romero, de delgada figura, fue la encargada de teatralizar este monólogo. Interesante la forma en que se reproducen imágenes en la pared del fondo, dando con ello una mayor representatividad a la esencia del monólogo: la dificultad por no tener las competencias para responder a un cánon de belleza socialmente establecido.

La segunda obra fue “Arlequín Rey”, proyecto del artista Narayana Campos. Vestido como un bufón, más precisos, arlequín, el artista despliega inmensurable energía y corrección. Recorre el escenario (demasiado vecino para el espectador) y nos cuenta la historia de un arlequín que llega a ser rey, se enfrenta a la corte y pelea batallas. También nos cuenta el drama de no saber quiénes realmente somos, “salvo Dios”. Dos máscaras, una capa, una corona y una espada le sirven de acompañante a este artista que nos dijo que solo hace falta encontrar un papel y encontrar lo poco de original que tenemos para desplegarlo en el rol a profundidad. El arlequín se mueve como una serpiente, ostenta exuberante energía. Por eso, no obstante, llega el comentario de un profesor de esta institución: “le ha faltado silencio, tiene mucha energía. Pero el silencio… puede decir mucho también”. Opina luego que el necesario silencio provendrá de la sola práctica.

Tras la culminación de la escena se invita al público a salir para acondicionar la sala. Ya es de noche afuera y los comentarios sobre “Arlequín Rey” no se hacen esperar. Otro asistente empieza a cambiar su voz de manera burlesca y repetitiva. Ciertamente, es el efecto del papel de Narayana. Frente a nosotros el Parque ya está mucho más desolado y las luces prendidas se reflejan en el piso de cemento como un río de aguas quedas. “Qué bonito debe ser en invierno por estas horas”, me digo envidiando la tarea de estudio de los actores del Ensad. Al instante, un pequeño debate entre yo y mi colega sobre la pertinencia de decirle “bonito” a algo que es más.

Entramos. Se nos pide que todos, ahora sí, encendamos los aparatos móviles y “reventemos los megas”. Se solicita también que hagamos un seguimiento al twitter y cuenta de Facebook de Sandra Castro, la actriz. “La Campana”, de Julio Ortega cuenta cómo las redes sociales y la tecnología pueden dominar nuestros plásticos cuerpos y la vida misma. Pueden también hacernos caer en el sopor de la sociabilidad y las relaciones, cuando en realidad no lo estamos. Pueden, por último, hacernos creer que el Facebook es nuestro amigo y, en esa mentira, abrazarlo.

Las inquietudes que guían esta performance son las de cómo compatibilizar el acontecimiento real de una obra ficcional con la vida misma que transcurre siempre en vivo y en directo. Eso se aprecia en “La Campana” y le da un sentido que puede hacerla parecer como un diálogo, también una improvisación, y también una performance. Muchas cosas a la vez, pues hay una interacción y una construcción de la ficción con el público, pero que, evidentemente, responde a una tesis ya preparada. Es como si el juego entre la actriz y el público legitimara lo que es un sentir: vivimos relacionados y dominados por las redes y esta se encuentra en cada espacio de nuestras vidas. Inclusive en la ficción del teatro. El uso de celulares, cámaras y video aporta a (re)crear ese ambiente.  

La obra finaliza. Nuevamente el profesor de la casa de estudios sustenta: “Es repetitiva. Dos ideas durante todo el transcurso. No hay drama”.

Una de las organizadoras nos pide tomarnos a todos una foto. Nosotros seguimos con la resaca del alegato a la viviente e intrusiva presencia de las redes sociales en nuestras vidas. “Tan-tan”, suena la campana y aparecemos todos en una imagen de celular y de cámara profesional. Listos para ser etiquetados y publicados en algún perfil de Facebook. Sin conocernos, todos somos amigos.

Foto: Facebook de Narayana Visnu


20-02-15

viernes, 20 de febrero de 2015

Gracias policía









Agradezco mi flojera
Mi desinterés
Mis ganas de tirarme contra el asiento
Y apoyar la cabeza en la ventana 


Gracias señora policía
No por arrestarme
Sino por hacerme entender
Que soy yo quien debe siempre
Pasarle la voz al conductor
Decirle: “Puente baja”
Porque gracias a su presencia en la puerta
Sentí que bajaría en mi paradero
Cosa que no fue así


El carro siguió su camino
Y yo y mis pies sentimos: “Es hora de latear”



Pero me bajé con una sonrisa
“Quizá sea bueno caminar”
Pero… no solo es bueno caminar
Sino encontrar


Porque en esa vernácula rapsodia

 En la que una niña pensaba
Que este bigotón le iba a robar

Me encontré con el péndulo amigo
De igual look que el mío
“Feri…!”
Y el abrazo que siempre nos damos
Pues…
Volvió a darse al cabo de meses, serán años

¿Han visto las pelotas de ping pong?

Nosotros nos convertimos en pelotas de ping pong
En el lapso que es El puente con La Mar

Abrazo, sonrisa
Una quinita
Y plática del amor pasajero

Nos hemos jurado pasarla bien el sábado
Y así será.

Lo despido al tipo del mismo moño que el mío

También me encuentro con una artista
Que camina como un soplido

Encoge los hombros
Signo de su timidez vocacional


Camino adentro
Resolviendo dudas

Y haciendo sonar mis suelas en rotunda retirada

Entro a mi pabellón

Veo dos sombras a las que,
Con una acción, mi cuerpo
Es aturdido en luz

Luego, por los pastos,

Una espalda de cuadrados colores
Me dice: “Es el enfermo”
Y lo es

Hay que ver nomás cómo el canto lo ha explorado

Y el verbo ha hecho de él un profeta de
Exigua propaganda

Más le pesa, siempre,
El corazón

Frente a él hay una niña
De cabello unánime

Sus ojos son dos puntos

Y su sonrisa algo que repele a la malicia

Le doy una palmada

Ella me pide un abrazo

Sobrecogido se lo doy

Me lanza un resoplido: ¿Qué es lo que tienes?

Yo le pregunto a mi profe más tarde

“¿Hay gente que puede hacer llorar con un abrazo?”

Me siento consternado con mi nuevo superpoder

Ay… niña que llora
Ay… niña que ha dejado de amar

Ay… el compartir sin calor la cama
Ay… la lluvia


Dejo a la familia
En medio de poemas y proclamas

Los dejo

Me han llenado de vida

Gracias…

Gracias señora policía por todo

Gracias flojera y asiento

Gracias…

Pero…
Pero no gracias al teléfono
Llamada interrumpida
Voz sobrecogida
Desaliento y pertinencia

Pues
Como el poema
“Pero no llamas”

Y yo sí llamo


20-02-15