jueves, 18 de junio de 2015

Las pausas del ladrido



Cuando he pasado antes por sus rejas, el perro me ha ladrado. Cuando he pasado antes por sus rejas, el perro me ha seguido ladrando. En las consecutivas veces que lo he visto, ya no me ha fastidiado su ruidoso ladrido. No tiene por qué. Porque si ves donde está, en esa supuesta casa de madera, no tienes por qué sentirte intimidado. No es así por que esté amarrado firmemente a la pared, ni que sus dientes amarillos pretendan destrozar tu piel. Es, en realidad, el fortín en donde se encuentra, recluido en cachivaches, en el fortín que es prisión, la prisión del abandono. Ahí, el can da pena.

A la fecha, ninguna vez vi al perro marrón de fornido prototipo pero de delgada realidad olfatear los árboles, tirar la meada en los arbustos. Molestar a los carros, corretear a otros perros. Solamente, a la fecha, lo he visto ladrar al transeúnte, rabioso de que alguien ose pasar por sus dominios.

Al guachimán ya ni lo ladra, pues el perro ya se acostumbró a su presencia. Cuando el guachimán se pone a hablar con el señor de voz flautada –ese que siempre sale en pijamas a acompañar el almuerzo de invierno del guachimán- el perro ni ladra. Tampoco ladró aquella vez de noche en que en la puerta misma de reja, dos señores que nunca vi antes en el barrio bebían cerveza. Era muy curioso, se bebían la cerveza muy rápido, evitaban que el vaso lleno sea visto. Lo cubrían tras la reja. El perro, al fondo de la casa, en la esquina de los cachivaches o dormía o se aburría del ladrido. En cualquiera de los casos, no era un perro libre. Y si no era libre, peor. No vi que le concedieran amor.

Hubo una vez en que pasaba por esa casa cercana a la calle vacía y solo había silencio por los lares. Silencio y los ronquidos de motor que afiebrados atravesaban las pistas dobles. Ese era el único ruido que perturbaba el de por sí alarmante silencio. Eran esos momentos en que, al pasar por la casa del perro, silbaba buscando llamar su atención para que ladre. Qué pena, caso no hacía. Para él, quizá, me había vuelto en la misma rutinaria figura, similar a la del guachimán, que por esas horas ya andaba, en bicicleta, muy cerca a casa. Lo vi, y solo atiné a ver dos brillantes lucecitas muy cerca al suelo. Era el can, que depositaba su rostro en el piso de tierra, mirando Dios sabe qué, mirando tal vez la puerta, mirando la calle a la que, según mis conocimientos, no había llegado nunca. Su dueño, un joven corpulento de inmadura edad no lo sacaba. Su hermana, de esbelta y llamativa figura, menos. La madre, fumadora empedernida, atareada con las actividades barriales, peor. Ni hablar de Nota, quien para ese entonces trabajaba de seguridad en la Bolsa de Valores. Nota… él estaba en otra nota.
En esa casa, nadie sacaba al perro, el perro del barrio de los canes que no aúllan. Los ladridos eran el estrés, la fuerza de la cadena que apretaba su cuello la vocación por darse un rato libre. El ruido la queja canina del querer salir.

¿Era esta la estresante realidad el perro? ¿Destinado estaba a guardar silencio ni mover la cola a sus dueños o a las figuras monótonas que ante él se aparecían? Creo pensar que no.

Hoy mismo, al pasar nuevamente por su casa, se me dio por voltear el rostro. Vi a un joven, ordenadamente vestido, salir de la puerta del hogar y dirigirse al jardín. La sombra de la noche ocultaba su rostro. Él llevaba una bolsa blanca. Su patio era un jardín, el del vecino un piso de tierra de apagadas malas hierbas. Amarillento como era, no causaba gracia. Este era el patio del perro encadenado. No escuché ladrido, no vi ni un jalón. Solo vi al perrito subirse ágilmente a una caja, y acercarse con lentitud hacia el joven que desde su lado le extendía la bolsa blanca, en la que se encontraba la comida. El perro, esta vez, se apuraba. Tenía hambre.

No diré que el joven le acarició la cabeza. Solamente pensé que si sus dueños vieran este cuadro, seguramente se quedarían en silencio. Seguí caminando, quizá en ese instante, el joven pudo acariciar al perro. Y no se oyeron más ladridos. 


18-06-15

domingo, 31 de mayo de 2015

Para la mano




Se ha subido al carro. Solo, solo frente a todos, ha hecho bailar a las palabras como solo él lo sabe. No deja de perder la arraigada costumbre de mirar a los ojos de los pasajeros, de los oyentes, ojos dispuestos para la contienda. Son los ojos que retan. Un señor que va con su pareja y el niño en faldas detiene el juego. A medida que avanzan los pasajes de teatro y poesía, su mirada se va cimentando. Yo diría que recuerda una etapa bonita en su juventud. Por ejemplo, que escribía y enamoraba a las muchachas con el son de su guitarra. Para mí, esa es la mirada del futuro.

Me bajo, me han aplaudido. Apenas han sido unas pocas monedas pero, ¿cómo podría describir el llenado de alma que me dan los aplausos de esa señora de rebosantes mejillas que me mira sonriente y me dice: lo has hecho muy bien, tienes vena artística…? Me bajo, me despido de un vecino nuevo que me dice que, al igual que yo, tiene problemas y los supera en la diaria. Intercambiamos contactos y nos despedimos.

-¡Poeta!-me grita cuando ya ha cruzado la pista.  Veo su brazo izquierdo elevarse y darme el ademán de despido.

Lo que viene es… Un encuentro entre muchos, diálogos, conversas, "salud", rostros rojos de alcohol y no de ira. Me llegan algunos elogios: “oe qué chévere este tipo”. Yo siento algo de malestar en el pecho hinchado: quien me gusta le da besos a su compañero, alguien a quien fácilmente no le prodigaría mis silencios, mi amistad.

Me llega un mensaje: ¡Bien! ¡Voy para allá! Un vaso, líguido mágico y me despido. Chau. 

Muchas imágenes me atacan, ráfagas de luz, cuadras desconocidas, instantes de oscuridad que se hacen rápidos por mi caminante euforia. Llego a la Caribe por alguna vía oculta de Salesiano Pazos. Tomo un carro. Mis pies se agitan, pisan raudos la superficie de lata del carro. Me cobran cincuenta de más porque han descubierto mi mentira. Yo solo me río y pago lo debido. No sé cómo pero me hice amigo de un pasajero, lo digo porque me bajo del carro matándome de risa, o siquiera sonriendo. Me bajo en Olonense, precisamente por una de las arterias de la ciudad que más me gustan. Camino campante, con mucho de entusiasmo por el predecido sentimiento que tengo de que será una noche fantástica. De hecho, no razono, voy empapado de ideas locas, la lógica pronto se fue a dormir. Las paredes naranjas de un convento, las cantinas con borrachos provincianos y música provinciana, las prostitutas de protuberantes y deseadas condiciones: todo ello aparece conforme Lucía se acerca hacia mí.

Llegando a Lucía veo lo que vi en los eneros y febreros, mucha gente, mucha juventud. Hay un concierto en una calle cercana, hay pistas húmedas que reflejan el armónico desorden de esta noche nuestra. Tan pronto llego, todo me parece conocido: las pintarrajeadas paredes, los establecimientos de cultura cerrados –solo por la hora-, las desvencijadas puertas, los vecinos de Lucía que salen de sus casas marginales y empiezan a beber en la calle y también a convidar alucinógenos a los paseantes.

Se aparece Carmela. Está con un joven. Me duele en el interior, creo que la abrazo y le saludo por su pasado cumpleaños. Qué triste, la recuerdo poco. Continúo mi avance entre tanta gente tomando en las gradas, apoyadas en las paredes, inclinadas en los carros estacionados. Las paredes del mítico restuarante y bar Wenceslaito están custodiadas por jóvenes de diversas procedencias que han venido a tomar. Miento si les digo que se logra escuchar la presentación que sabatinamente hay en el Wenceslaito. Por lo menos nos cae su luz: en la pista se ven reflejados los barrotes del interior del Wenceslaito. Como sea quiere ser parte de la calle, pienso, la “encerrada” cultura de este bar.
Voy, he venido por algo y alguien. Llego, está en una esquina junto a sus amigos, me sonríe, yo sonrío, nos abrazamos, hay alguien que ni me mira, dizque mirando el celular, pero yo no me hago problemas, me dan una cerveza, bebo, converso, voy de aquí para allá. He visto a la pareja más acertada de esta comunidad: un par de rockeros que si no fuera por la barba de él y la muy curvilíneas figura de ella serían lo que son: un par de niños. Volteo, veo una cara conocida y le gasto bromas que hoy me reprocho pues apenas lo conozco. La bebida.

En eso, imperceptiblemente, la veo, está ella ahí. ¡No la veía hace tanto! ¡Se los juro! Y no por ella vine, pero estaba. Me acerco a ella, ella me obsequia una sonrisa que todavía hoy conservo en mi cavidad auditiva (solo basta que cierre los ojos para oírla), no sé cómo pero me enternece que se ponga autoritaria conmigo pues, creo, me burlé de una de sus amigas. Debe ser porque la recuerdo hondeándose como un girasol mientras se ponía en posición de yoga, una vez que nos fuimos por la mar. Cotejar la imagen de niña con la de madre recta me produce una risa demasiado sospecho…

¡Despierto! ¿Y ella? ¿Y todos? ¿Y los lacios y largos cabellos? ¿Y los hombros desnudos? ¿Su caminar bailante? ¿Y la callada poetisa de mirar muy serio? ¿Y las parejas? ¿Y la vida libre de ese lugar? ¿Dónde? ¿Dónde las luces naranjas? ¿Dónde las calles con cervezas? ¿Dónde la rivalidad de luces entre el Wenceslado y el Don Silvio?¿Cómo? ¿Otra…? ¿Otra vez…? ¿¡¡Noooo…!!?

-¿Eh… Julián… y esa cara de gato mojado?
-¿Ah…?
-¡Trabaje, hombre! Que estás perdiendo el tiempo en ese lugar. Será mejor que cierre la ventana, ¡mucho te distraes!
-No, no, no, profe, no –lo detengo-. Ya termino, vea. Solamente pensaba en que tengo muchas deudas, y debo de pagarlas… Solo eso…


31-05-15

miércoles, 13 de mayo de 2015

Un comentario apenas



Cuando hoy todas llevan falda a la usanza hippie, ella, antes ya, solo buscaba generar tertulias entre la tela de las faldas verdaderas y sus piernas entretenidas de danzas deliciosas; hablo de esas faldas largas y floreadas que no por ello necesitaban de besar el suelo. Usaba, ella, unas sandalias frenéticas, marrones, no ajustadas, que le daban el pretendido viento a sus pies. Ella… Ella llevaba el pelo suelto, ensortijado y un top, feble polo de mangas recortadas, sostenido por tiras, que era igualmente de un color caduco, marrón claro, signo del deliberado uso.

Y cuando digo que antes ella y hoy otras, no quiero decir que sea hippie. Antes, ella era lo natural, hoy vestir de esa manera, quiero juzgar, es símbolo de moda, de anhelar la pertenencia a algo. Antes, lo veían mis inquisidores ojos públicos, poquísimas eran las que vestían así. Solo se le ocurría a ella, que no quería jean pegado sino prendas de comodidad; no quería zapatillas Nike o Converse sino apenas unas sandalias.

Correcto, que lleguen las andanadas de críticas, que esto, que lo otro. Adelante, empecé mal con lo de hippies. Sí, sí. Todos somos naturales. Vale…

Pero ella era enamorada del mar y bajaba a socorrerse y a socorrer sus olas y a caminar solitaria entre la arena prodigiosa para atenuar su pena y caída en la tristeza. Iba a la playa a congraciarse con el sol y su luminoso devenir que atrapa a las melancolías. Iba y el marítimo viento la desplegaba. Podría decirse que su cuerpo andaba materialmente con nosotros pero hacía mucho ya que su alma vagaba desinteresadamente por las nubes. Podría mimetizarse con el paisaje, hacer que su voz no sea otra cosa que el rumor pudiente del mar. Incluso su caminata por la ruta de piedras y bancas era una iluminación; su devenir sincero como un pasaje de flores prodigiosas y pétalos dignados a viajar por aéreas corrientes de soplos vastos. Con mucho de niño y con mucho de ingrato y otras cosas yo les digo: “A ver superen eso, ladys naturalas”.

(Comentario de un adolescente aguijoneado de dolores inmaduros, visitante de la antigua dimensión del mar; comentario encontrado en una hoja de árbol caída por la ley de la gravedad otoñal).

https://www.youtube.com/watch?v=Mnocb6iwHGY


13-05-15

miércoles, 6 de mayo de 2015

Constancia de Joana



Vino a mi casa una tarde de sábado. Mis hermanos trabajaban en la calle, yo almorzaba cabeceao’ con la familia en la cocina del piso primero. Apareció semiperdida en la puerta. María la hizo pasar. Ella se limitó a reír. Su entrada a casa fue celebración. Tanto así que me dijo: “Vaya familia la que teneís, eh.”, con su voz cantora de siempre. Pasó, le invitamos el almuerzo, platicamos todos. Se enteró que en el hogar había de todas las sangres. “Eras exótico”, nuevamente dijo.

Nos fuimos, ese mismo día, a una marcha por la Union Civil. Ella, segura; yo, inseguro. En el camino, mientras hablamos, le dieron ganas de fumar. No había otra opción que comprar un cigarrillo o, a su modo, pedir de lo más amable a quien lo tenga. Ante el pedido, el transeúnte que se encontró a unos pasos de nosotros accedió tranquilo. Joana pudo saber la cadencia del humo en su garganta y su reflexivo poder.

Llegamos a la avenida. Hablamos de todo. Sentí que me escuchaba todo el laberinto de palabras que le daba y también pensaba para mis adentros: “Qué sabia”, por todo lo que ella decía. Sentada en el carro, el sol doraba su piel y sus vellos alcanzaban el color del oro. Sus mejillas rosadas agradecían el buen clima.

Ella viajó, viajó mucho por estas tierras y otras. Aprendió, conoció, entendió, sufrió, la hicieron sentir extranjera, también la hicieron sentir como una más, que con ella no importaban los colores y nacionalidades. Eso, en Ghana, la hizo enamorar. Pero se enteró de ello cuando subía el avión.

El día de la marcha nos separamos, mas no nos perdimos. Horas después se encontraba con su grupo en esa ebullición que era la Plaza San Martín junto a sus amigas que bien un conocedor podría confundir con amazonas. Joana se integró a varios colectivos, el de esta oportunidad al feminista. Joana hacía retumbar las marchas con el toque del tambor o la tarola.

Joana, enamorada de la ciudad, enamorada de la Lima, enamorada del Centro, que hizo suyo apenas piso estas tierras. Le encantaba la ciudad, me llevó a sus huariques un día en que resolví que la calle era el mejor aprendizaje, un día en que en el El País reflexionaban sobre la muerte de Galeano, un día en que en plena combi escapó a una pregunta mía con una respuesta digna de perenne recordación.

-¿Qué edad tienes?

El verde cristalino de sus ojos removió el pasado, atizó el presente, sacudió al futuro:

-Veintisiempre…-y sonrió-.

A su llegada a Lima, después de varias semanas yendo y viniendo por esta Patria Grande, Joana sintió vibras tensas en su cuerpo; era la hora de su partida; el colofón de su travesía latina; la culminación de un viaje deseado, a punta de esfuerzos obtenido. Lo decía su mirada, sus pocas ganas de hablar, la rabia desatada por ella cuando vio a unos endebles borrachos denigrar lo que a sus ojos era la expresión de la pureza del arrebato indigno de unos ciudadanos que ven peligrar sus calles. Joana envolvía historias y nostalgias, era un cáliz lleno de turbulenta agua; era también una voz dulce, un grito del altiplano, un “ojos azules” de tardenoche de viernes.  

Con Joana se va una exultación, un grito convertido en praxis, una todoterreno consecuencia, una carta a medio dar.

Pero con Joana quedan las ganas de vivir, de lucha, de llamado, de cumplimiento, también de sonrisas y de canto de charango. Lo saben quienes la conocieron. Los que tuvieron llegada a su palabra y a su personalidad. Lo sabe también quien la vio salvar del suelo una flor blanca y priorizar sus pétalos y su decoro intacto allá en esas calles de la amada y odiada Lima.

Pd. Por cierto Joana regresará, solo se fue a su país a resolver unos papeleos, y los rastros "sensibles" del artículo son exclusividad del cronista.

Atte. Los editores.


06-05-14

lunes, 20 de abril de 2015

El sector salud de malas: la corrupción, las camas, los médicos y la anemia maldita en los niños

Una reciente investigación a cargo de los periodistas Gabriel Daly, Ariana Lira y Elody Malpartida –todos ellos de El Comercio- analiza la situación actual del sector salud. Uno de los aspectos más resaltantes del estudio es cuando dan cuenta de los tres niveles de atención a los pacientes. El nivel I) atiende problemas de baja complejidad, requieren de menor especialización y tecnificación de recursos. Entre sus servicios están el de consultas médicas, botiquines, farmacia, sala de partos, rayos X. El nivel II) tiene un nivel de complejidad intermedia y brinda servicios de hospitalización, emergencia, epidemiología, centro obstétrico, esterelización, rehabilitación, nutrición, patología clínica, hemoterapia, neonatología, y Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) general. El nivel III) ofrece un servicio de alta complejidad, alta especialización y tecnificación. Los tipos de servicios que dan son el de UCI especializada, hemodiálisis, servicios de apoyo al diagnóstico especializado.

El nivel I es uno de los campos más importantes pues su atención posibilita un 70% de probabilidades de curación de la persona. Por otro lado, la prevención es un factor relevante en este espacio pues si se detecta a tiempo un problema y es solucionado, el costo es evidentemente menor que al avanzar la enfermedad.

Las razones para que no se haga énfasis en la prevención son dos, según el informe periodístico. El primero, es que, en primer lugar, los resultados del factor prevención se dan a largo plazo. Teniendo en cuenta el cortoplacismo de miras de las autoridades se entenderá que se decidan por algo efectista. Se edifican, por lo tanto, los grandes hospitales, los cuales terminan siendo muchas veces inoperativos por falta de implementos. Son los famosos elefantes blancos.

Paralelamente, se prefieren los hospitales grandes pues ahí no solo se compran medicinas muy caras y equipos muy costosos, sino que, en razón de estas adquisiciones, los procesos se vuelven más difusos y con ello se facilita la corrupción. “Essalud invierte aproximadamente 80% de su presupuesto en estos hospitales nivel III”.

Así, lo que las postas descentralizadas deberían ofrecer lo hacen los hospitales, no aptos, en principio, para labores primarias. La situación de las postas, por otro lado, es paupérrima. Ausencias de equipamientos y tecnologías avanzadas favorecen el descrédito de la población. De esta manera, los hospitales son la otra cara de la moneda. Lucen muchas veces llenos y congestionados, la demora de atención aparece y con ello las molestias.

“El hospital Arzobispo Loayza recibe un promedio de 250 emergencias al día, de las cuales aproximadamente el 70% podrían ser tratadas en un centro médico primario”, apunta el informe.

La pretensión por las obras ilustra que es algo improvisado y enrevesado hasta la médula. Bueno fuera, que su inclinación por las obras grandes implicara servicios grandes pero no es así. En el Perú, hay 1,5 camas por cada 1.000 habitantes, siendo el promedio latinoamericano de 2 camas por 1.000 habitantes. En Chile, hay 2,2 camas por tal cantidad de habitantes; y Argentina da 4.9. Continuando con las odiosas comparaciones, los médicos en nuestro país no solo están concentrados en la capital (48% laboran en Lima) sino que su número es reducido para la cantidad  de gente: 10 médicos por 100.000 habitantes; en Chile, Colombia y Ecuador hay, en promedio, 16 y 18 médicos por similar número de habitantes. En atención especializada también se requieren con urgencia especialistas como anestesiólogos y radiólogos.

Finalmente, el informe da cuenta de que el nivel de niños menores de tres años ha aumentado desde el 2011 (41,6%). Hoy un 46,8% tiene anemia, enfermedad producida por la falta de hierro y que produce daños intelectuales irreversibles. La vacunación ha caído del 72,8% en el 2012 al 61,1%. Cierra el informe: “Y lo preocupante es que no solo afecta el desarrollo de los niños, sino que se incrementan las probabilidades de que se desate una epidemia”.

Fuente: El Comercio 


20-04-15

martes, 14 de abril de 2015

Historias venideras

Dando referencias

Hay apuro por llegar pronto al hospital. Pero antes hay que pasar por casa para recoger el DNI y algunos análisis. Esas referencias, para la casa, hay que decírselas al taxista. Sin embargo, pese a las señalizaciones, no entiende. Marco utiliza su último y genial recurso.

-¡Por el grifo!

-¿Qué grifo, joven?

-Ese pe, donde mataron a los lacras.

La edad de siempre

Vamos de paseo al Centro. No, clases no. Las clases, aunque no debieran, aburren. Y hago mía una frase de mi profe: “Aprendí más fuera de las aulas que dentro”. He decidido ser obediente con mi prosor. Estoy en una combi con una chica hermosa, de cuerpo grande y de rostro y de ojos de niña. Cuando habla, alarga muuuuucho las palabras. Se lo hago ver pero con ella no es: no se da cuenta de la joda.

Ya le dije que soy mayor que ella y que no me viene a bien comentar mi edad. Para hacerle sentir esa endeble frustración le volteo el pastel.

-¿Y? ¿Tú que edad tienes?

Por las puras ella no ha viajado y arriesgado tanto. Sin despegar la vista de los exteriores de la ventana me lanza la perla que recordaré por siempre.

-Veintisiempre…

Y sus ojos verdes me miran.

Callejero

Desearía que Rocko no se entere, pero si en físico estaba de aquí para allá conmigo, en almita… en almita debe estar ya por la #3.

Era el 2014, y en el ejercicio solitario encontraba el elixir de la paz. El sol estaba en retirada y yo quería aprovechar sus últimos rayos en ese parque de césped que se alegra con la luz y da verdor.

Yo corría solo y sentía pasos. Volteo como envuelto por una paranoia y veo a un perrito de pelaje blanco y abundante detrás mío. Además, jadeaba como un perro loquito. No sé si movió la cola pero me siguió. Yo dejé que me siga. Compañía, sí. Además era mi cumple.

Hubo un momento en que dije que esto no era mucha casualidad, que Rocko no era el único perro “tonti” y que yo era un imán para ciertas cosas. Sucedió que cuando en un momento me detuve, el perrito blanco que apareció de la nada en la calle dio un salto y lo que primero sentí fue su pecho que rozaba contra mí y luego sus nerviosamente alegres patitas.

Yo me sorprendí y me quede mirándolo y diciendo “qué looooco”, el perro no cejó y repitió la acción. Cuando me acosté para hacer ejercicios echado, una vez que levantaba el tórax, el perro creo que intentó tirarse encima de mí pero yo lo evité: era demasiado cariño para una sola persona.

Al término de la acompañada rutina, pensé en la triste despedida, pero el perro blanco se la olía y, como si hubiera oído la hermosa y libertaria canción de Alberto Cortez, sin que se lo diga se fue perdiendo en las calles solito y pequeño. No lo noté triste, él hacía lo suyo. Era el Callejero de la canción y me dio uno de los regalos que más recuerdo.

La edad de los patitos

Enamorado puede que resulte inexacto. Loco era la palabra. Loco estaba por ella. Pero me dolía que no me correspondiese, me dolían sus desplantes, sus vistos, sus nada de respuestas al celular. Me dolía… y la amaba. Sus abrazos y sus “guapo” hacían que mis instintos se despierten, me digan: “Le gustas…”. Pero hasta ese momento no. Al parecer solo era un amigo para ella. En mi cumpleaños nos vimos, hablamos y se despidió mientras caminaba como si solo estuviera ella en el camino y levantando su brazo derecho en señal de adiós. No me saludó sino hasta la noche, en que vio por la red social que era mi onomástico.

Se abre la conversación.

-¿Por qué no me dijiste que era tu cumpleaños? Hoy estuve contigo!!!

-Pero k triste sería recordártelo no crees?

Se ríe… Me pregunta:

-Cuantos cumples?

-22!

-Oh… la edad de los patitos…

Una banca para todos

Me despedí de Miriam. Me ha abrazo y dicho te veré mañana. Yo le digo que sí y me voy cruzando el jardín. Veo de lejos a Yoicy, la miró y pienso: ¿por qué no? Me le acerco como un loco e interrumpo su conversación. Su amiga me mira y yo rápidamente la saludo. Yoicy, creo, se ha sorprendido. No nos hemos visto en tiempo. Su amiga se va (ojalá asustada) y empezamos a hablar. Sin que lo sepamos, ya estamos sentados en la banca.

Hablamos de todo, de su carrera de abogada, del feminismo, del culo de los hombres, de “objetivar”, de que estoy loco, de que las agrupaciones políticas no hacen nada por el estudiante, de que el estudiante de a pie es muy pasivo, de que hay que integrar, de que Galeano, de que El País, de que Gunther, de que uno es poeta, de que ella también estudia derecho, de que sería bonito de que en esta banca se forme un grupito y haya gente, de que yo le presentaré amigas a mi recientemente soltero amigo, de que hay prejuicios en la carrera de Derecho, de que hay que ligar lo que a uno le gusta con el deber, de que hay neonazis en Ucrania, de que se necesitan espacios de debate, de que ella me cae bien, de que Pacheco quedó en un segundo puesto por un ensayo, de que hay que luchar, de que Castañeda es una lacra, de que escucho, de que hablo, de que sería muy lindo que más noches como esta, en efecto, hagan que las gentes surjan como apariciones, se detengan en las bancas, charlen, se conozcan, conecten y se vayan, como ocurrió en esta plena noche.




Foto tomada por una mujer de ensortijada cabellera, mujer que nutre al cuerpo con solo mirar a la luna cuando domina la noche

14-04-15

viernes, 3 de abril de 2015

Barrer la habitación



Cuando barría la casa, acto de pura iniciativa en aras de armonía familiar, cuando empezaba, digo, desde la puerta del cuarto de mis hermanos hasta terminar en la sala (incomodo es para mí barrer mi cuarto mas no el de mis padres) siempre motas de pelo de perro se formaban. Dos, tres, bolas de perro que quedaban en el suelo como malformaciones de piso, pues tenían su color.

Las motas, puras de pelo, tenían la solidaridad de otros desechos: pelos de ser humano, polvo de la calle, partículas de negros misteriosos y algún boleto de pasaje que a uno se le escapa. Tal eran los constituyentes de la mota, pero por sobre ellas destacaba el pelo de mi perro.

Lando, mi grandísimo perro, se acercaba a mí como queriendo aprender el magistral arte del “barreo”. Yo lo miraba y el perro pasaba por mis costados mostrando su lustroso lomo a husmear lo que salía del contacto de los duros y amarillentos pelos de la escoba con el piso de cera escasa.

Yo me decía, tal cual lo hacía cuando salíamos y el perro mío olía los arbustos de malévolos contactos, “A este no lo beso más”, paro luego, horas, días después, apretar su cara contra la mía en el directo afán de poder sentir y hacerle sentir mi cariño.

Yo lo largaba con paternal cuidado pues quedaba claro que del barreo él no quería aprender nada. Se acercaba, más bien, a quien fastidiaba su perímetro de cuidado, o sea, el espacio de la sala en donde él solía echarse a sus anchas. Lo largaba también con la intención de prevenirlo de males de higiene. Por lo mismo que olía lo barrido, lo largaba: no le vaya entrar a la nariz (¡Sí claro!);  y a veces sucedía: el curioso al dar unos pasitos, pum, estornudaba. Uno podía ver sus cachetes moverse de un lado a otro. Lando solía estornudar guardando la cabeza. Me miraba con su mirada de tristeza cristalina y moviendo su cuerpo torpemente, se iba hasta el cuarto de Rocío, desde el cual tenía una vista casi panorámica de toda la casa. Ahí se botaba y echaba el sueño a andar.

No era difícil sacar los pelos, la tarea consistía en pasar con fuerza la escoba por la bisectriz del piso y la pared, que era por donde más se ocultaban esos pelos. “Qué trabajo, decía yo, el de poder sacar todos los pelos de la casa”, y es que ocurría que los pelos de mi Lando aparecían interminables por mi hogar. A veces, por las muchas veces que limpié, el tic-tac de la vida me tocaba y mi rostro se tornaba triste, pero me desperezaba y me decía: “Nada… Lando estará siempre” puesto que por enésimas veces las motitas seguían apareciendo en inéditos rincones.

Pero hubieron motivos de preocupación cuando vi uno de ellos en mi calzoncillo. Ahí fue cuando me dije: “Lando está que se excede”. Sacaba el pelito con la punta de los dedos, el pelito de naranja estructura iba a caer al piso, donde con posterioridad sería no barrido: estaba yo en mi cuarto.

II 

Hoy Lando ya no está y cuando se fue, la administración de mi casa decidió darle una mejora al piso. Para ese fin, se llamaron a un grupo de señores que se encargaron de esos trabajos. Mi padre, mi hermano y yo, nos encargamos de darles desayuno. Sin embargo, mi tío me dijo con amargor: “¿Oe sobrino, les pagas y encima les das su desayuno…?”. Yo me acordaba de Tagore: “la vida es dar…”.
En fin, las técnicas empleadas por el grupo de señores levantaron un polvo que nos hizo estornudar a todos sin que estuviéramos resfriados. El polvo rojizo se filtraba por las ranuras de las puertas y se elevaba por las habitaciones intentando mostrar su polvoriento poderío. Aún los veo como bruma, como neblina, precipitándose en mi habitación. Me cubrí la nariz y no mis ojos, que se pusieron llorosos. Ni siquiera la intención de respirar aire limpio de la ventana me libró del mal generado por el polvo.

El piso a los días quedo limpio y presentable, las huellas negruscas se perdieron, y hoy ya se puede invitar a las visitas.

III
¿Pero y el pelo? Hoy cuando barro yo o mi padre, solo vemos polvo que sale desde el piso. No hay pelos, solo polvo, el cual sigue ocasionando los mismísimos efectos: hacer estornudar.

Una vez, urgido por un afán de limpieza, barrí mi cuarto. Grande la sorpresa cuando, a meses de la actividad estilística del piso y de la pérdida sideral de Lando, pude encontrarme con manifestaciones de mi perro.

Les juro que me entro nostalgia. Y la nostalgia se comparte cuando proviene de una querencia común.

-Pa-le dije al padre- mostrándole una prenda negra con algo que sobresalía en ella.

Me miró apurado y me dijo rápido: ¿Qué tiene? –volvió a lo suyo.

Yo veía mi ilusión de compartir hacerse un poquito añicos. Le insistí con la mirada y la presencia. Quizá era el estrés del trabajo que no provocaba persistencia en mi papá. Me tuve que ir.

IV

Cuando camino, me imagino a Lando que hace lo mismo conmigo. Salíamos y yo lo intentaba ponerlo a mi distancia, pero pronto pensaba que el perro debía hacer lo que quería y hacía que vaya donde quiera. Todavía recuerdo una mañana de verano, allá por el 92’, en que nos fuimos corriendo hacia el parque, y su lengua salida y sus orejas para atrás, tanto como sus pesados músculos moviéndose, delataban la anchura de su felicidad de can.

Por eso, porque lo recuerdo y pocas fotos tengo que no quiero ver, se me va el interés por barrer mi habitación. Sé que está mal, pero a falta de un recuerdo que no sea el de la imagen que cada vez siento que yo he de perder, pienso en que debajo de la cama, en alguna esquina, los pelos poseedores de su espíritu me señalan que sigue ahí. Por eso cuando mamá me dice que limpie el cuarto. Lo hago, sí que lo hago, pero dejando intacto el suelo.

04-04-15