jueves, 29 de enero de 2015

Al perrito que me creaba las palabras…





La peor tristeza


La amarga soledad



El vacío hueco de una gran pared



El penetrante silencio de tus pasos idos




Ya la casa



Ya la casa sola está



Hemos cambiado orden por desorden


Y los movimientos de tu cola

Por un piso brioso



Me viene a la mente….


Un cuentito…

Ahora somos  fama


Ayer… dulces Cronopios

Tú

Yo

Sentado como un noble

Yo… jode que te jode

Orejitas…



Ya no hay lenguas



Ni patita de bolsita amarga



Ya no hay pelitos con deditos blancos



Aquellos pelos ásperos



Fruto de una caminata invaluable


No más… ladrido tosco, ni ojos marrones


Ya… ya no hay…



Paseo en la noche


Caminata en la mañana de promesa…



Ya no…


Ya no esa imagen tuya


Acostado en el piso


Junto a la puerta del cuidado infante


Ya … No…


Tu carita, tu carita de cachorro eterno e ingenuo no más…



Oiga! Que a veces temo, a tan pocos días,



Que tu recuerdo se me va…


Intento… intento captarlo en la memoria mía



Pero hay miedos insondables que me dicen


Ya se va… se va… se va sin retirada avisada



Hubo una vez en que mi padre


Se acercó


Su cara era señal de pérdida infinita


Y de su voz cansada se pudo oír:


Ya no es lo mismo sin el Rocko…


Una exigencia de aire,


Un movimiento de labios


Unas cejas que se caen…


Y veo a mi padre, quien me dio la vida


Morir de pena


Y la pena


Es expresada en llanto…


Yo…. Yo te oigo



Le oigo al padre


Que se refirió a ti en la hora del adiós



“Rocko, es noble! No sufre! No sufre…


Mi perro acepta!


Me siento como tú, héroe…


Y frente a mi padre…


Sin dejar de ver el techo



No lloro…


Pero…


Pero lloro por dentro


Catacumba humana…


Y… ya no

Ya no hermano

Hoy


Que más de cinco piedras te circundan



Sacudo mi pecho con tres toques y te miro



Y deseo que me cuides



Es lo que puedo hacer



Porque aquel cuerpito que tambaleante pero con brújula iba


Hacia mí a la llegada…


No… no estará más…


Mi guapito y lindo Rocko…


Ya no se sale más por estas noches…


Pero te aviso que hay lluvia


Y tu naricita gustará de esas plantas

Viejo…

Picho, vocal y letra

Ya no hay canto a la llegada

ni abrazo rico

Ya... no...  



29-01-15

martes, 20 de enero de 2015

Rocko loco…




El día de ayer la familia tomó una dolorosa decisión que hasta ahora no me la creo por lo rápida y fulminante que fue: se va nuestro Rocko.

De un día para otro no podía levantarse, sus patitas flaqueaban como hojitas. No podía sostenerse en pie. Luego de verlo en sus mejores años, en ver sus orejitas para atrás cuando corría indesmayable conmigo, abriendo toda la boca y sacando la lengua como signo de entera felicidad, mostrando el pechito blanco y buscando bronca cuando no la debía (fue hace unas semanas cuando en su punto de defensa de la casa se enfrentó a un pajarraco que se metió a la cocina), realmente ver sus días postrado en una cama, triste y con mucha soledad, pues ese era su futuro panorama, decidimos que no, que nuestro perro feliz y puro no podía vivir de esa manera tan mediana.

Recuerdo los deseos furtivos que tenía en el 2004 para tener un perro. La idea no cuajó en casa, idea que nació de un ¿y por qué no? De tener un perro. Mi tesón tuvo resultados cuando mi padre se dignó a decirme: sácate buenas notas y lo tienes. Eso hice y también la de pasar revista desde el carro que tomaba en 28 de julio a mi casa para ver qué perros veía. También cuando me iba al mercado o también de la escuela a  Campo de Marte que era el obligado lugar por donde debía pasar para llegar a 28 de julio. Mi vida era perros, quería uno. Un bóxer me atraía.

Llegó un día en que en clase nos hicieron quedar más de lo normal, o sea, había asesoría. Yo estaba sentado en la parte del medio escuchando y apuntando para sacarme aquellas buenas notas, cuando el tutor me llama: “Solórzano, su papá lo busca”. Un poco sorprendido salgo cuando veo a mi viejo y a su amigo Renzo que habían cruzado la pista desde su chamba en el Ministerio del Trabajo. Mi viejo me veía feliz, con esa sonrisa de quien tiene una travesura alegre entre brazos…


-Mira-me dijo, y de una cajita con disquetes que tenía apoyado en un murito de por ahí, había un perrito chiquitito, que miraba curioso las paredes y las cabezas de los también curiosos que le veían. Era mi perrito…

-Llévatelo pues

Me di  cuenta de mi sentido de responsabilidad y estoicismo cuando dije, pese a lo mucho que deseaba tener un perro:

-No, pa, es que salgo tarde, mejor llévatelo tú.

Y es que a esas horas tardías en que los carros pasan repletos, la gente no respetaba al escolar y lo mandaba al fondo. Realmente pasaban llenísimos y yo pensaba lo peor: ¿Y  si se aplasta? ¿Y si me lo roban? ¿Y si en la escuela donde tenía que guardarlo hasta la salida le jalaban feo la oreja? No, mejor no.

-Pa, llevatelo tú.

Mi papá me besó y se fue. Yo entré al salón y no recuerdo muy bien qué pasaba en mi cabeza. Pero creo que decía: “Ya tengo un perro, ya tengo un perro”.

Cuando llegue a casa, comprobé al bajarme que mis razonamientos tenían sentido: el carro estaba abundante.

Al abrir la puerta en esa noche de octubre, vi a mi mamá, mi papá y mi hermano Christian sentados en la sasa. En el medio estaba el perrito lindo ya salido de su caja de disquetes y conociendo su nuevo hogar. Yo me quede paradito y de a pocos, ganado por la confianza, entré. Lo veía, lo veía mucho. Y ensuciando mi uniforme de escolar me senté a su costado acariciándolo.

Qué sorpresa la que me había dado mi pa. Tenía hambre y sentí que sería mi hermano menor cuando le di de comer hígado cocido de la palma de mi mano. Primero me asuste pues pensé que me mordería pero mi perrito solo comía el hígado y pasaba su lengua. Era la primera vez que sentía aquello. Me sentía obligado a cuidar de él, cosa que he hecho durante la mayor parte de su vida. Como aquel día sábado en que, siendo cachorro aún, tenía hambre y yo no tenía ni pizca idea de cómo preparar un hígado. Lo hice pero creo que lo hice mal. Y en mi desesperación me tendí con él en el suelo. Él musitando ruiditos y yo llorando como un tontuelo porque no sabía cómo cocinarle su comidita al cachorrito bonito de color marroncito.

Rocko creció mucho, bastante y en la casa cuando íbamos de malas me decían pa’ asustarme de que se regresaría. Yo no respondía y tragaba la amargura. Hubo tiempos en que no lo sacamos mucho, cosa de la que me arrepiento.

Cuando ya aprendía de la calle, en algunos momentos tristes, solía salir con él. Me iba con mi perro los domingos en la noche a caminar por calles oscuras, sin luz. Por Mirones, por Elio, por Cipreses. “A ver, quién me hace algo, toy con mi perro”. Rocko caminaba, jalaba, olía las plantas, tiraba sus orejitas para atrás. Saltaba y yo admiraba su cuerpo. “Pucha, qué lomazo el de mi perro”. Tan temprana edad y ya sacaba caja… ¿Y yo? Ja. Yo vendría después.

Así, durante 10 años en que estuvo con nosotros.

No tengo muchas fotos con él, lamentablemente. Son cosas que me debo bien configurar. Pero… tengo la satisfacción de haberme hecho a cargo de un perrito, de no tratarlo mal, sino como se merecía un ser con vida que nos brindaba toda la nobleza y ternura “esa que nos hace falta cada día más”.

Ahora mi Rocko ya no está, me siento como un madero seco y ya no me salen más lágrimas. La casa está sola, ya no siento su compañía. Y así será durante el resto de los días, al parecer.

Pero mi Rocko siempre estará, siempre jadeando. Anda al frente de la casa cuidándola…

Su movediza colita ya no irá de un lado para otro y moviendo su cuerpecito como alguien que no puede controlarlo ni saltará con las dos patas delanteras tendidas en tensas direcciones. No…

Tampoco cuando me levante y al costado de mi cama vea sus orejitas extendidas para los dos lados. No… No… ya no más…

Qué triste mi Rocko, y pensar que hace unas semanas corríamos y caminábamos tranquilos por la acera de enfrente. Cuánta falta me harás mi perrito lindo, ¡Cuánta!

Te quiere mucho tu amigo, tu naricita húmeda, tu orejita,  tu pechito de piel crespa, tu mirada santa y los espacitos blanco que le añadían más toque. Ya nada… Ya nada…

Anda corre por donde quiera que estés. Y si está el abuelo, dile con un lamido y un salto que nos queda cuerda pa’ rato en este mundo y que lo queremos.

En lo que nos compete… “seguiremos salvándonos de nuestra soledad”.

¡Gracias, mi chico! ¡Gracias por todo, criaturita!

¡La muerte no es nada! ¡Sucia intrusa! ¡Bajo el tiempo que se va en un instante! ¡Bajo, bajo!

¡Mi chico! ¡Mi chiquitito! ¡¡Mi pipo!!

¡Qué grandecito y fuerte fuiste!

¡Te quiero! ¡Abrazos!

¡Adiós, mi picho! 

¡Adiós!


20-01-15

viernes, 26 de diciembre de 2014

Loros y palomas, miedo a que te caguen


El Centro no podía ser tan malo. No, señor. Las calles serán tremendamente sucias. Los mercados tendrán pisos casi verdes por las verduras que se dejan caer para ser pisoteadas. La bruma de los carros (¡los carros!) será aparatosamente insoportable y los jóvenes de los barrios altos mirarán con cara de desafío. Pero, ¿oír a las aves? Eso cambiaba las cosas.

Sentados en una placita abandonada por los años y recuperada por la construcción de una alameda, se veía cómo los transeúntes descansaban sus posaderas en las largas bancas de madera con respaldar de piedra. Nadie preguntaba si podía sentarse al costado de uno al ver un espacio libre. Simplemente lo hacían. Y era eso necesario para no interrumpir el momento que capturaba a los que estaban sentados: cada uno con algo para leer, cada uno con una historia que soltaba lazos y los sumergía en Dios sabe qué cosa. Metros más a la derecha, los carros pasaban sin ningún problema. Eran las 4:23 pm, y el infierno de Dos de Mayo no llegaba a extenderse hasta esa alejada calle del Centro.

Hubo algo, sin embargo, que hacía que los advenedizos –todos lo eran- levanten los ojos y los que llegaban tienten de preguntar si los asientos estaban ocupados: las aves. Cada banca que proporcionaba asiento a seis personas, tenía como columna un árbol frondoso. En total eran tres árboles que de grandes extendían sus ramas y copa hasta altas partes de edificios cercanos. La gente sentada de la plaza miraba con detenimiento las ramas y veía cómo aves de diversos tamaños y formas –pequeñas o gordas, cuellos largos o picos diminutos- se movían de aquí para allá. Entre la gente hubo quien miraba con cuidado. Él era un hombre que recordaba una historia bíblica en la que un hombre al ver hacia el cielo se queda ciego por la  cagada que le clavan una bandada de pájaro en los ojos. El hombre temía eso porque los respaldares de piedra y el piso cercano a donde se posan las aves estaba con muchos puntos blancos y crema: signos de los excrementos aviares.

Pero más allá de eso, él y quienes a su alrededor estaban sentados escuchaban extasiados como un sonido a selva. Sí, eso era. Un sonido de jungla, de abundancia animal, de comunicación de plumas, de emisión de cánticos y silbidos. Sorprendentemente, el viento que movía las hojas y ramas daba la apariencia de que había un inusual movimiento en esos ramales de la desamparada ciudad. Uno por uno fueron dejando sus lecturas y preguntas y miraron al cielo. Lima… Lima la horrible no lo era tan así. Había un oasis en ese desierto de ruido, cemento y malas caras que bien valía la pena que los caminantes se detengan, y escuchen.

Don Arnulfo, un lustrador de botas que  tenía su puesto en la misma placita, seguía, incólume del engañoso ruido selvático de la plaza, cumpliendo su trabajo.

Y el sonido persistía, y los hombres de la plaza cada vez más se sentían convencidos de que había sido una muy buena idea dejar sus quehaceres para ir a la plaza a leer por un momento. Tal decisión les hizo encontrar con una sorpresa, esa, la de supuestos loros que volaban en bandadas pero que no se podían ver bien pero sí oír. No los veían, pero qué importaba. Había un ruido encantador que los sonsacaba de sus cotidianas y citadinas vidas.

“Épale, qué buen sonido, qué increíbles esos loritos”, dijo el hombre del temor bíblico. Y movía su cabeza, recostado en la banca como estaba, hacia la parte de atrás para ver las añoradas avecillas verdes que tenían como paradero el Centro de la ciudad. Obstinado en su búsqueda, sin embargo no las veía. “Qué raro”, intentaba conformarse, y volvió a prender la oreja. Los demás lectores de las bancas y los recién llegados a ella se adaptaron al vecinal ruido de las aves nuevas y volvían a sus actividades. El hombre del miedo católico, no obstante, conmocionado por el impetuoso advenimiento de las aves fue a consultar a quien creía el más idóneo conocedor del fenómeno del sonido de la selva: Don Arnulfo.

-Mister, buenas-le dijo a Don Arnulfo-. ¿Ha oído? ¿Siempre es así? ¿Siempre hay aves por estas horas?

Don Arnulfo mantuvo un momento la concentración en el brioso moccasin que lustraba y luego le volvió la mirada.

-Sí, la grabación del hermano Elías a esta hora siempre da.

-¿Grabación?-respondió lelo y con la ilusión rota el hombre.

-Sí, pa ahuyentarlas y que no caguen las palomas, pue’ -y señaló la fachada de la Iglesia de al frente, lugar en donde en el techo habìan sendos parlantes. Era la última cosa que pudo haber visto el hombre.

El hombre veía algunas cuantas palomas entre los ropajes de una figura divina que parecía ser un santo romano. Al mirar con atención vio que se parecía al respaldar de mármol y al piso adyacente a la banca: estaba lleno de caca de paloma.

Arnulfo río de buena gana.

-Pero por la huea’ es… Mire nomás cómo se cagan las palomitas. Ja,ja,ja. El hermano debe estar como la Iglesia con su idea: cagao’ ja,ja,ja.

El hombre le devolvió la sonrisa y se fue intentando no ver para el cielo, recordando que podría ser el siguiente cagado, además del personaje de la biblia, el santo romano y el hermano Elías.


26-12-14

viernes, 12 de diciembre de 2014

¿Por qué me enamoré de L.? El periodismo, la opinión y esa Mujer



No sé si fue gracias a la mentira de la señora del kiosko o al efectivo yerro en el sistema de distribución del producto. Sea cual sea la razón, no terminé comprando Hildebrandt en sus trece (al final lo terminaría comprando en un kiosko del cruce de la Venezuela con Universitaria) donde la señora acompañada por su familiar sino El País, el reconocido diario de España.

Deben de comprarlo cuando se les presente la oportunidad. En serio. Está solamente un sol y su contenido le roba la frase a la del Trome (“cuesta cincuenta céntimos, vale mucho más”). Pocas fotos, escasísima publicidad (¡Aprende Tromercio!), muchos periodismo moderno, o sea, el informativo matizado por el de opinión –crítica por lo demás-.

Las noticias son de un corte distinto al que solemos consumir. Del tamaño de La República, El País ofrece informaciones detalladas sobre cada tema: hoy le tocó hablar sobre los recortes sociales del gobierno británico, la supuesta alzada de la economía griega, el fiasco de USAID en  Cuba con lo de los raperos contraculturales, la creación de un superhéroe que genere identidad unitaria entre los miembros de la UE, el director argentino Lisandro Alonso que últimamente trabajó con  Vigo Mortensen en una película y quien cuando no hace cine “siempre le quedará la agricultura”, etc.

Hay una sensación de que este diario sí reconoce a sus periodistas. No tendrá notas cortas pero de los informes que da, todos son firmados, todos tienen “su autor”. Porque cuando uno lee las informaciones de El Comercio, La República o Perú 21., ve que solamente los grandes reportajes llevan autoría, los mínimos no. Que no haya “mínimo”, o sea, notas cortas, puede dar luces del trabajo de este periódico.

En efecto. Y esto de las notas largas tiene su propia explicación: la publicidad y las fotos. Solamente hay 11 espacios publicitarios para las 40 páginas que este diario tiene. Por otro lado, atentando contra el mandato nacional, el periódico no le rinde culto a la fotografía. Fotos hay, pero no las grandilocuentes, las expresivas. No hay fotos que ocupen toda una página. No, hay las razonables, las referenciales, las que son guías. Más hay, y esto debe de ser de especial interés para el periodista, análisis, reportaje, información. Aquí la diagramación, la filosofía del diario y el cierre de filas ante la publicidad tienen como finalidad última la del trabajo del periodista y el ofrecimiento de lo que todos queremos: saber.

Ahora bien, es la primera vez que compro este diario y se dio por una mera casualidad. No obstante, estoy súper satisfecho. ¡Con decirles que no hay policiales! La única referencia hacia un asesinato era un reportaje que trata sobre recientes muertes entre ultras de equipos de fútbol. En lo que pude ver de este periódico, se hace un seguimiento de lo que dicen e investigan las autoridades policiales. Una cara completa para el análisis de la violencia en el fútbol. Aquí seguimos con el entripado Burga.

Y sí, estoy satisfecho. Más todavía al leer algunos comentarios del lector. Apenas leí dos cuando me llené de felicidad. Antes de ir con el País, leía el semanario de Hildebrandt. Esta vez le daban más al aspecto político: que Vilcapoma, que Christian Salas, que Figallo, que Belaunde Lossio, que López Meneses, que el fujimorismo, etc. Por último, las referencias al cambio climático que suelen hacer Francke y Basadre hicieron que termine completamente deprimido y con poca esperanza. Para variar, ya tocaban las monotemáticas historias del cuentista arequipeño que habla de que ya no puede tomar más y que su papá lo maltrataba. Decidí cambiar. Y cuando volteaba las páginas de El País, di con las de un ciudadano de Tenerife: G. Daniel Santana Bonilla.

“Luchemos contra todo tipo de violencia

Sigo indignado por lo incongruentes e hipócritas que somos. La muerte de un hincha ha provocado que se reuniesen no sé cuántos comités de antiviolencia; que el secretario de Estado de deportes y el ministro Wert realizasen declaraciones manifestando su rechazo, e incluso, estén hablando de cambiar las leyes; pero por la muerte de mujeres por violencia de género ya nadie se escandaliza. ¿Nos hemos acostumbrado a que muera cada semana una mujer o más en manos de sus parejas? ¿Hemos claudicado ya en la lucha contra esta lacra? Está clarísimo que las leyes y lo que se est{a haciendo hasta ahora no est{an produciendo los resultados que deberían: que no sigan muriendo mujeres, ni ninguna salga herida. Parece que hay algunas muertes más importantes que otras”.

A este serio comentario le siguió uno de Marta Campderrós de Barcelona.

“¡Cómo cuesta decir que no!

Hace unas semanas me llamaron para cubrir una vacante en una agencia de publicidad y relaciones públicas. Los requisitos que se pedían era: más de dos años de experiencia en otra agencia, conocimientos avanzados de inglés y francés y jornada laboral completa (incluido el fin de semana). Me presenté a la entrevista con la esperanza que las condiciones fueran acorde con los requisitos. ¡Ilusa de mí! Me ofrecieron un periodo de prueba de tres meses sin remuneración y, si finalmente la agencia decidía que era la candidata idónea, un salario de 600 euros después de estas “prácticas”. Dije que no. Y ¡cómo cuesta decir que no! Pero lo dije por todos aquellos luchadores que trabajan día tras día, porque esta situación laboral tan injusta cambie. Porque si nos conformamos nunca habrá cambio” [el énfasis es mío].

Los comentarios lo dijeron todo. A lo que yo añadiría algunos razonamientos más para este escrito. Primero que sobre el primer comentario pensé que era mujer y me llené de brasa pura. Ahora que reviso y veo que es hombre pues me conforta saber que el discurso feminazi de que los hombres somos una cagada y media se va para el tacho. Lo otro es que el segundo comentario me hizo recordar a la chica de la que me enamoré y por la que ahora mi vida da algunos tumbos. Bastaba oír su indignación, sus alteraciones que me sacaban de mi limeño sosiego. Era una locura, una energía en pantalón morado y blusa ligera. Ella no está conmigo ahora, pero por un momento sentí que leía un comentario por ella escrito y la sentí cercana. Sentía su joda y su derecho y libertad para decirlo. Lo leo de nuevo y pienso en ella y su valor: “Porque si nos conformamos nunca habrá cambio”.

Por eso no es difícil responder a la pregunta. En ella encontraba ganas extensas de vivir y el coraje para hacer que eso se cumpla... Eso era ella, poesía entera.

13-12-14


jueves, 6 de noviembre de 2014

El descuido del recuerdo

I

Mi padre, antiguo sindicalista, vio el libro que yo había sacado de la biblioteca. Lo vio y, con punzante precisión, luego de haber ojeado unas cuantas páginas, párrafos y el índice, dijo: “A este le saco su copia”. Y, en efecto, fue lo que él hizo.

A las pocas horas, ya tenía el ejemplar. Una lustrosa cubierta de plástico, muy diferente a la tapa dura del original, lo cubría. “Espacios de esperanza” era el nombre.

-Hijo-me dijo un día mientras yo tomaba sopa-. Espérate un ratito.

Se paró de su asiento. Se acercó a su maletín y sacó una fichita, que por la luz del foco, se veía completamente blanca. Era, ya ante mis ojos, la ficha que se pone detrás de los libros, en donde, a la manera tradicional, quienes sacan libros de la biblioteca dejan la fecha y sus nombre como queriendo ser memorizados. Algunas veces, cuando descubría de nuevos saberes, gusté de hacer eso. Ahora, con mis, dizque, veinticinco años, no suelo hacer esas cosas.

-Ah… bien, mañana la dejo en su lugar-le respondí a mi padre al momento que le escuchaba: “No vayan a pensar mal. Diles que fue un error…”.

“¿Será él?”, me pregunto al ver un único nombre en esa ficha ya vieja.

II

Estando solo en un rincón de la biblioteca, muy concentrado en la lectura, alguien roza mi cabello con su mano. Es Gabriel, un viejo amigo, aventurero, romántico y, lo dicen todos los cercanos, muy, muy enamoradizo. A él no lo veo en meses.

-Maozetun-se presenta con su peculiar saludo.

-Haaaabla –le digo.

Lo saludo efusivo y la plática comienza.  

Tiene trabajo, está de asistente de una investigadora y piensa que será feliz hasta diciembre, tiempo en que culmina su contrato. Me pregunta, con su actualidad de hombre de ciencias, si en mi carrera también puedo hacer eso. Antes le he felicitado por su nuevo trabajo; le respondo:

-Sí, Gabo. Justo me han hecho una llamada. Ojala salga –le digo con mucho escepticismo y sin arrebato.

Él me mira.

-Maozetun-Maozetun

III

Deseo continuar con mi lectura. Él se para, va y viene. Está recabando mucha información para su “jefa”. De cuando en cuando, él y yo nos turnamos para mostrarnos lo que encontramos en nuestras lecturas. “Asuu… ¿eso hacen los gringos allá?”. “¿Quién es ese autor?”. “A ver, pasa”. Y, en esas, la hora se va pasando.

IV

Cuando se pone un tanto mecánica la cosa, recuerdo que tengo algo en la agendita 2014. Todo el desencanto que puede haberme sido contagiado del shock neoliberal de los noventa se va (para luego volver horas más tarde), se esfuma. Abro la mochila y saco ese algo.  

-Oe, Gabo… -le digo riéndome-. Checa…

Gabo recibe la ficha que obvió mi viejo, ve el nombre del autor y del libro. “El geógrafo”, dice, y prosigue.

Sus mejillas parecen ahora dos grandes y brillantes manzanas. Sus dientecitos aparecen y sus ojos, muy negros tras sus lentes de modelo antiguo, se detienen en lo que ve, parece que temblaran: es su forma de emocionarse; no parece creérsela.

-Oye, qué locooo…-dice en voz baja pues ya la chica con quien compartimos mesa nos ha regañado con la vista-.

Yo me mato de la risa. Pienso en que nada fue pactado. Que así, con lo que ha ocurrido, debe ser mejor. De hecho, es mucho mejor.  

-¡Dice Spike!-suelta finalmente.

-Jajajaja.

V

A la salida de la biblioteca, le digo que hay luna llena, que esta está rodeada de un halo muy extraño; le digo también que la estación lunar puede ser una buena oportunidad para que uno salga de viaje y la aprecie en su real dimensión, le digo también que…

Gabriel no me escucha. Está con la misma cara de bobo sonriente. En la mano derecha porta una hoja de lectura con letras marcadas y anotaciones. Entre ella, hay una ficha.

La ficha lleva un nombre. Dice Spike y la fecha pertenece al 17 de junio del 94. Spike, intrigante nombre de su hermano mayor, que debe estar por no sé dónde, desde buen tiempo atrás leía utopías. Tal cual alguna vez hizo el enamoradizo Gabriel, hoy “hombre de ciencias”.

-¿Qué, qué? –pregunta vuelto de su sueño.

-Jajaja.. ¡Nada!

07-11-14


domingo, 12 de octubre de 2014

Maleao' aunque pasen los años




Era policía escolar. Prácticamente el soplón del salón. Buscaba imponer respeto en el salón y creo que por eso, en esa primaria de todos, no lo consideraban. Pese a ello, como Javert, parecía que tenía un alto sentido de la responsabilidad y del orden. Hasta en las afueras de la escuela pretendía que cada escolar mantuviese las formas. Eso, una vez, no le gustó a mi hermano.

-¡Maricóooooooooooooon!-le gritó una tarde de viernes, las más esperadas para los escolares.

-¡Cabro conchatumare!-siguió su amigo.

Edilson, que estaba parado en una esquina mirando el tránsito y comiendo yuquitas, se exasperó. Las terminó de un bocado y los correteó silbando como si tuviera un pito en la boca. Sí, se tomaba muy en serio su labor.

-¿Qué chucha pasa? ¿Qué chucha pasa? –decía mientras se acercaba raudo.

Pero ya mi hermano, su amigo y yo estábamos muy lejos de él. Yo miraba todo extasiado, miraba cómo mi hermano hacía de malazo junto a su amigo. Vi una piedra volar hacia Edilson. A los cinco segundos, otra piedra surcó el aire. Todas ellas en busca de amedrentar al policía escolar de la primaria.

-¡Avanzaaaaaa, payasito escolar!

Edilson, superado en número, y sin la calle de mi hermano y su amigo, optó por la retirada. Sus largas piernas uniformadas dieron un par de zancadas y un árbol fue su recaudo. “Ya van a ver”, fue lo último que dijo.

2.

Cuando llegó a la secundaria, las cosas cambiaron. El tiempo hacía lo suyo y las dinámicas del barrio también. La Peseta, ese barrio de blocks, se fue volviendo más peligrosa a medida que los chicos de la zona descubrían que ser de barrio era chévere y “rankeador” gracias a las películas centroamericanas en las que se profundizaba en historias de maleantes, pistoleros, pandillas, etc. “El loco Malteao”, una peli pésima que trataba la historia de un tal Malteao y sus amigos superó toda expectativa entre los chicos de la zona, esos que mi abuela decía: “¡No saben ni limpiarse el culo y ya están con enamorada!

Pronto formaron una barra y las calles, las esquinas de la zona se fueron volviendo cada vez más arriesgadas. Sobre todos los viernes por la tarde en que empezaban a tirarse piedra con los de otro barrio vecino, la UC9, que era del equipo contrario, y que reproducía también la idea del barrio maleado.

Los chicos del barrio y no del barrio vieron en la barra un grupo, una tribu, un lugar donde pueda anclar el tiempo libre, un circuito donde su identidad se vea creada y realzada. Entre los chicos que hicieron su ingreso estaba Edilson. Muchos amigos míos también pasaron sus meses y algunos años por la barra de La Peseta. Yo y Gustavo, un amigo del cole y que vivía por mi casa, no. Gustavo era recontra palteao’ con los de La Peseta y en parte tenían razón. Un tiempo atrás uno de ahí le buscó la bronca y Gustavo tuvo que hacerse el gil. Desde esa vez, cuando nos íbamos a jugar partido a la cancha cercana tenía que soportar su paranoia y tomar un atajo.

-Ahí están los de la peseta- me decía mirando al piso y cogiendo con las manos su balón. Parecía una niña con sus muñecas.

3.

Edilson dejó el colegio y no supe de él hasta que un día de verano, en el que yo iba a clases porque jalé un curso y llevaba el vacacional, lo vi sentado en la banca de la escuela. Estaba peluconazo y sentado como un “faite”. Lo miré de reojo y seguí de largo.

Carmelita, una chica que vivía frente al colegio, como muchas otras y otros, también se interesó en ver qué sucedía en La Peseta. Por eso mismo, después de clases, ya cuando estas empezaron, tuvo por costumbre bajar a ese barrio cercano. Pronto se hizo conocida y los varones del salón la fuimos viendo con otros ojos. Era el segundo año de secundaria.

Para ese año, el cuerpo de Carmelita ya había superado las transformaciones que en el cuerpo de la mujer se dan. Una súper cadera, unos senos que rebotaban lúdicamente cuando teníamos el curso de educación física y corríamos, y una actitud muy “entregada” y curiosa hicieron de ella el imán de las miradas de los chicos del cole y de los barrios cercanos, entre ellos La Peseta, y de ahí de Edilson.
En ese entonces, Edilson había dirigido su enfermiza aplicación a despuntar en la barra. Con tres años cumplidos ya tenía un nombre ahí. Era rudo, sí, pero con los chicos del cole, del cual captaba algunos malandros para la barra, era pata. En un tono lo conocí y me pareció buena onda. Aprovechando eso, cuando iba al mercado o a la canchita cercana a La Peseta, contagiado por el razonable miedo de Gustavo, elaboraba en mi mente ideas como: “Habla, barrio, ¿qué fue? Yo soy primo de Edilson”, para que no me roben los ya infranqueables chicos de La Peseta.

4.

Una vez, a la salida del colegio vimos a Edilson, ya con el pelo recortado y al rape, esperando a alguien en la esquina. La mancha colegial se acercó a él y le hicimos el habla como era habitual. Hablamos de la pichanga, del barrio, de los tonos, de las flacas, de todo. En un tema importante para el momento, es decir, sobre qué barrio hacía qué y quién era el mejor, Edilson se fue del grupo. Era raro porque él era el más interesado con eso. Pero sucedía que este chico, ex “payasito escolar”, iba a recoger a la famosa Carmelita, la cual, seducida por la fama de chico malo de Edilson, lo besó en una fiesta de esas que siempre habían en La Peseta. Desde esa oportunidad salieron y Edilson la iba a buscar a la escuela.

-Hablao’ pe’, batería-fue lo que este dijo en voz altísima y bien maleada y se fue abrazando todo faite a Carmelita, quien movía mucho sus caderas cuando caminaba.

5.

Si bien todavía no terminábamos el cole y muchos de los de mi edad todavía seguíamos recibiendo el aforismo de la abuela (“…ni limpiarse el culo saben”), casi todos nos las dábamos de malcriados. Pero, a ciencia cierta, los verdaderos malos eran los de La Peseta. Por lo menos en la zona, ellos eran los bravos. Luego, cuando empezaron a bajar para robar los del Callao, las cosas fueron cambiando.
Pero, antes de que las cosas fueran para peor, uno de los de La Peseta fue apadrinado por uno de los bravos del Callao. Gracias a esa alianza, las cosas volvieron a la turbia normalidad.

En ese contexto, Edilson ya se había vuelto un desadaptado total. Portaba armas, se alucinaba químico y preparaba su propia cocaína e inició tendencia en el barrio al tatuarse las primeras estrellitas –que estaban de moda- en la pierna izquierda.

Cerca a La Peseta había un terreno vacío que pronto fue puesto en valor. Un enorme afiche fue levantado y se leía lo siguiente: “Pronto los departamentos más cómodos para tu familia. Informes aquí”.

Era el boom de la construcción. Había dinero en la capital y mucho de ello se destinaba a infraestructura. El dinero negro, con esa sagaz nariz que tiene, pronto vio en él una oportunidad. Los capos de la droga y la delincuencia empezaron a lavar su dinero en residenciales, restaurantes y todo negocio de fachada. También los antiguos tirapiedra encontraron trabajo como obreros. Incluso se formaron sindicatos. Estos, sin embargo, eran muy distintos a los anteriores. No defendían derechos del trabajador ni representaban idearios políticos. Solamente se interesaban en extorsionar a los ingenieros y ver satisfechos sus bolsillos. Nada más.

Edilson, y muchos de La Peseta, ingresaron. Era común ver a los de esa mancha en una esquina cercana a la obra. Algunos con sus táperes de comida, otros con uniforme naranja de obrero y ojos bien rojos en la hora del descanso.

-Láaaaaanzala pe, chino-me decían.

El olor a marihuana se expandía por los altos de los edificios.

6.

-No sabes la última-me contó un causa cuando nos alistábamos para ingresar a la pre.

-¿Qué fue?

-Los tombos están que buscan a Edilson.

-¿Por qué?

-Porque ese huevón se ha bajado a uno del Callao.

-Hablas huevadas- le dije.

-Sí, compare. Fue en la obra. Uno de esos huevones le metió un quechi a Edilson. Y este todo locazo y fumado se fue a su casa. Sacó su fierro y de tres balazos se lo bajó. Dicen que se ha ido para Huancayo, Cusco, no sé.

Era verdad. Edilson, cada vez más malogrado, fumaba y fumaba junto a la mancha cada vez más perdida de La Peseta. No solo él llevaba pistola, sino la mayoría del grupo. En realidad, Edilson no había matado a ese otro obrero del Callao. Solamente lo dejó cojo. Por un tiempo, La Peseta y los alrededores eran sitiados constantemente por avezados delincuentes que venían a buscar venganza. Fueron tiempos difíciles en las que constantemente las noches de la zona eran sacudidas por pistolazos y lisuras de muy alto calibre. Felizmente, eran formas de amedrentar pues no hubo nunca un muerto que haya tenido que ser lamentado. Edilson, pendejísimo, encontró un buen lugar en la región de Apurímac. Para variar, se cachueleó allá pasando droga en la frontera de Perú y Brasil. Incorregible.

7.

Hoy La Peseta no tiene la fama de antes. A  veces se puede caminar por las noches por sus calles y una que otra vez te roban, pero es gente de otra parte. Los chicos de La Peseta han cambiado de estilo de vida. Trabajan, estudian, etc. El tirar piedras fue solo una época de sus rápidas vidas. Pero ese no es un destino compartido.

-Hablaaa, chinooooooo-me dice una voz y yo volteo asustado.

En efecto, ese grupo de cuatro personas que han cruzado la calle haciendo mucho ruido y caminando por toda la vereda como malos son de La Peseta. Entre ellos hay uno que me reconoce y me saluda.

-¿Qué haaay, loco? –digo mecánicamente y como cortesía pues no he distinguido a mi interlocutor.

Sus tres patas me miran, me tasan; uno de ellos escupe al suelo. Rocko y yo caminamos más despacio pero yo sigo mirando, forzando la vista.

Desmoñando marihuana a vista y paciencia de todos, Edilson junto a sus amigotes van por las frías veredas de esta noche buscando una manera interesante de pasar el rato. 

A lo lejos han visto a alguien. Los cuatro apuran el paso.

13-10-14




domingo, 28 de septiembre de 2014

Una carta te ha llegado


Ese viernes me subí a un carro
Tan alegre y saltón estaba
Que hasta el sol salió.
Recuerdo que pleno de energía
Les conté al público del carro
Que yo te escribiría
Tan, tan,
Tan feliz
Que incluso les dije algo de poesía
El señor de lentes
Elevó el pulgar,
Otro señor aplaudió
Les conté un chiste
Todos
Incluido yo
Reímos
En la mañana fui al correo.
Seis días atrás
Con una cantora y un cantor
Y un recuerdo de la infancia
También
La idea ya estaba pactada
Faltaban las coordenadas de tu hogar
Una amiga, una amable amiga tuya,
Que te abrazará como yo siempre lo hice
Me la dio
Y desde aquí mando un abrazo
Un fuerte abrazote
Para ambos ángeles
Por supuesto, el que tenga más amor
Es para ti.
Llevaba la carta en la casaca
Y Miguel puede corroborarlo
Antes de entregárselo a la señora
Y que la carta de bordes rojos dé su gran viaje
Le dije:
Señora, me ausento por unos segundos
No la vaya a molestar
¿Qué cosa?, pregunto ella
“El humito del amor”
Y con mi maderita me fui a la puerta
A encender la mechita
Que, te diré una confidencia,
No pudo enfrentarse al fuerte viento
Que corría por las columnas viejas
Del edificio de Mirones
Y llameó, sí
Pero muy débil
La maderita no pudo ser
total
En realidad, actividad privada como era
Solo la reserve para mí
Y para una ausente tú
Dejé la carta
Guardé reposo
Esperaba
¿Ya llegará?, pensé por días
La señora, la señora de la carta de los dos precios
Me dijo que la mía era la más insegura
Y más por eso
Que por economía
La elegí
Es ese miedo, esa inseguridad
Esa curiosidad gatuna y arriesgada
Que me llevo a hacer eso
Porque lo imprevisto…
Generalmente me trae buenos resultados
Total, resulta que cruzó los mares
La carta ha llegado
Venciendo sinfín tribulaciones
(No se sienta sola mi cartita… decían otras cartas)
Y acudiendo a la amada
Qué bien, qué satisfecho
Bien valió la pena que el cuarto esté oscuro
Y se convierta en un salón ritual
En donde las velas de ella
Y sus olores también
Anden presentes e inicien su posesión de mí
La carta
Está ahora con su dueña
Ella está alegre
Y yo sereno…
De poco en poco
Iré fragmentándome
Cuerpo con palabras
Palabras con cuerpo
Verbo resumido (si es que se puede)
Andaré con ella
Andaré contento
Le diré que la he extrañado
Que el nudito me molesta
Que mi pecho siente frío
Que cuando camino nocturno por las calles
Su recuerdo me golpea
Y que siento un miedo que remuerde
Cada vez que la intento remembrar
Yo no lo quiero decir que las noches son muy tristes
Y que añoro su calor…
Su voz, su dejo, sus malos hábitos
Su locura rica
Su forma de saltar
Y la excelente forma con que soplaba su revólver
Quiero decirle
Que extraño el parque, y el malecón de noche
Y que quiero que sus dedos
Nuevamente me entrelacen
Mientras tanto,
Cuando enfrento al tiempo y la distancia,
Escucho una canción
Una que canta
Sobre cartas que han llegado
Y son todas, toditas para ella
15-09-14