miércoles, 8 de agosto de 2018

Oigo a La Balanza




Debería despegar los ojos de mi libro, pero está tan interesante la lectura que persisto[1]. El carro, este alimentador de la ruta 11 del Metropolitano, ha dejado a medio mundo fuera para donde ya estamos. Donde ya estamos, o sea, aproximándonos a la cancha conocida como el Cupa de La Balanza, es donde suelo ver este lugar como lo vi por primera vez: allá en sus partes altas, tres años atrás, con oníricas imágenes de aves libres en los soportes de los muros de los barrios. Han sido muchas las veces que volví a entrar. Muchas las veces que no le presté atención a eso, pero esta vez, quizá por venir después de buen tiempo, volví a mirar siguiendo esa especie de ritual. Vi y me quedé sorprendido. Estamos en agosto, he venido por estas mismas épocas antes, y me quedé maravillado. ¡Los cerros estaban revestidos de un húmedo tapiz verde! ¡La neblina jugueteaba con las puntas de los cerros y, bajo ellas, esa alfombra verduzca como queriendo enamorar ataviada de sabor a selva! Me quedé impresionado y bajé del carro ya con otras intenciones en mi mente. Lo programado ante la reunión prevista, a la que llegaba tarde por 20 minutos, se me esfumaba ante el verdor.

II

¿Tanto trámite para venir por apenas 10 min? Bueno, yo había cometido el error, pero también la otra parte… No seguiré. Como otros son mis objetivos, fui a buscar a uno de los más más de La Balanza: Jorge Rodríguez. “Ojalá esté”, me dije para mis adentros, sabedor de que a veces este padre de Fiteca[2] tiene la agenda apretada y suele viajar. Bueno, ni modo. Me dirigí a su casa y llamé a un amigo, psicólogo del barrio, para también conversar por si no salía lo de Jorge. Al final, ambas cosas salieron y mi amigo también se dio cita en la casa de…

III

Como muchas veces suele ocurrir, Jorge me abrió la puerta de su casa y me invitó a entrar. Lo hizo tras 10 segundos de conversación en su puerta. Pero se decidió como si entrar a su casa viniera bien tanto para él, como para mí y para la visita.

Entré y había un hombre alto, moreno y de mano fuerte al saludar. Se paró y me dijo: ¿Oye, no nos conocemos? Bueno, quizá, dije yo, pensando que era brasileño o algo por el estilo.

Al final, había sido del barrio, amigo de la infancia de Jorge. Roberto se llamaba, un tipo A1 que, contando de sus muchos amoríos, me recordó a un tío mío. Sus piernas largas se extendían en medio de la mayólica del piso. Y Jorge, sentado en el tercer mueble lo oía, platicaba conmigo. Se formó la charla.

Los temas que se tocaron fueron varios. Yo me estaba adaptando al ambiente y los oía. Les escuchaba cosas como la violencia, el consumismo, las posesiones, etc. De la nada, el hombre del barrio cuenta que es un tipo humanista, que no pasa la violencia, que no comprende que un primo suyo se las agarre con los venezolanos solo para pasar por alto su pésima calidad de vida (aunque onerosa, lucida). Reproducía las palabras de su familiar con tantos detalles que revelaban a una persona irracionalmente agresiva. Lo interesante fue cuando dijo: “yo voy a hablar con mi primo. Le voy a decir no te conozco, compare. ¿Estás confundido? ¿Yo no te conocí así? ¿Por qué hablas tantas huev…?”.

Para entonces, había mencionado, con ese castellano que contiene años y años del idioma inglés por sus años en Gringolandia, que tenía una pistola en su casa. “Sí, tengo una pistola. Pero me siento incómodo con ella en casa. O sea, me gusta disparar. Me gusta la sensación cuando disparo. Y disparo bien, ¿eh? Solo que tenerla en casa… Hay veces que me dicen: oye, pero cárgala. ¿Y si roban en tu casa? ¡Pero a mí que me importa que entren! Si entran, yo le diré al ladrón: bueno, debes de estar más desesperado que yo para venir por mis cosas, así que llévatelas y espero que te hagan bien y reflexiones… Pero si el ladrón está fumado, bueno, solo me agacharé y me cubriré la cabeza y diré: llévate todo. Es que… Yo soy como Ghandi. Si me tiras un cachetadón, te doy la otra mejilla, pero para que me des un puñete. ¿Me entiendes? Un puñete. Ahora, lo estamos escuchando…, ahora que “Mónica” está embarazada no sé cómo reaccionar, ¿no? Es una nueva situación. No la he pensado, pero… Pero bueno.

Llega la hermana de Jorge y se empieza a platicar sobre los delincuentes, los robos. ¿El problema es el contexto en donde se mueven, la realidad, como lo plantea Jorge, o el tema es de valores, de principios aprendidos por la enseñanza de los padres, como plantea este morenazo y la hermana de Jorge? La hermana cuenta:

-          Está el caso de ese hombre que vio a un pata pegándole a una mujer y se metió. Lo abolló. Y el otro sacó su pistola y le disparó. En el hospital, la familia del hombre escandalizada. Y el hombre de lo más normal. Cuando le preguntaron él respondía: “Bueno, me dispararon. ¿Son cosas de la vida, no? Pero yo no podía, no puedo soportar ver que le pegan a alguien. Yo no soporto la injusticia.

Roberto se explaya. Es que los delincuentes son delincuentes porque están resentidos con la sociedad. A ellos les han quitado, les han pegado, los han violado: ¡Ellos están resentidos con la sociedad!

Entonces yo me pongo a pensar en que: ¿este tipo no será demasiado comprensivo? Ok, le pasó algo muy feo a ese tío, pero: ¿y yo qué tengo que ver con que haya caído en la mira de un ratero, de un violador, de un borracho? ¿Para quiénes son este tipo de posturas? ¿Para los muy serenos, para los muy sabios? Es que es verdad, pero también es verdad que no todos estamos preparados para reaccionar a estas situaciones. No sé si se me entiende…

IV

Es verdad que la plática está buena. Es lo que siento. Así nomás no se habla con esta anchura, honestidad y respeto. Yo no. No me muevo en tales espacios… Como si de un acto mecánico se tratara, aprovecho todo este ambiente y saco un libro. ¡Justo en la página que quería! La “L”, o sea, cincuenta, la misma que en el libro que tengo, El Tao Te Ching, señala al pasaje de El arte de vivir, que es uno que me gusta mucho y que empieza…

Un camino de ida es la vida
Un camino de regreso es la muerte…

Se lo paso al moreno, prosigo conversando con Jorge. Su padre ha llegado, un buen anciano (“rejuvenecido”, dirán sus hijos), entrado en años y se sienta al costado del invitado. Mientras converso con Jorge, veo cómo el moreno lee el pasaje. Vuelvo la mirada a Jorge y lo escucho. Vuelvo los ojos y Roberto ha sacado un celular: “¿Lo habrá sacado para wassapear o para tomar foto?”, me digo. Y, en efecto, lo ha sacado para registrar la parte. El libro termina en las manos de Jorge. También ha llegado mi amigo el psicólogo Daniel. Se sienta a mi costado y Jorge lee, con su voz de artista…

Un viaje de ida es la vida.
Un viaje de regreso es la muerte.
Secuaces de la vida hay tres entre diez.
Secuaces de la muerte hay tres entre diez.

Hombres que por anhelo de la vida
Mueven la palanca de la muerte,
También de estos hay tres entre diez.
¿Por qué lo hacen?
Porque quieren vivir intensamente la vida.

Siempre he oído decir,
Que quien conoce el arte de vivir
Se va por el desierto
Sin evitar rinocerontes y tigres.
Pasa en medio de ejércitos sin coraza ni espada.

El rinoceronte no tiene lugar para clavar su cuerno
Ni el tigre donde hundir sus garras.
Las armas no tienen filo para penetrar.
¿Por qué razón?
Porque no existe en él lugar mortal.

Hay quienes lo entienden y hay quienes no. Yo lo entiendo con el corazón, así que no detallaré. Jorge comenta que él es más del hacer, que por el “hacer” ha sacado buenas reflexiones. No tengo ánimos de entrar en polémica sobre si importa más la vía empírica o la teórica, creo que ambas se alimentan, pero proseguimos…

V

¿Cómo así aparecimos en el periodo pre-hispánico? No lo sé. Lo que sí sé es que por 12 minutos aproximadamente Daniel se mandó con una exposición sobre el periodo incaico, las invasiones, los modos de concebir el poder según los incas, las formas de relación familiares, que resultó muy estimulante para alguien que, como yo, no tenía mucho interés en ese periodo de tiempo. Igual, como se lo he comentado, lanzó algunas apreciaciones que se condecían con su exposición histórica; a saber: ¿cómo que genes incaicos, compa?

Igual, su exposición, digna de un estimulante profesor, nos dejó satisfechos.

VI

Volvemos al tema de los robos. Pero esa vez mezclados con amor… Estaba yo caminando con una holandesa, guapa, alta, por Barcelona cuando siento que nos miran. Nos miran. Unos patas que nos quieren robar. Yo sé pues, yo he tenido calle, yo he crecido acá. Me doy cuenta y… Caminamos, y los patas nos siguen, nos siguen y. Estamos caminando y de la nada volteo y le digo: “Tú y yo podemos ser amigos”. Le extiendo la mano. El pata se queda, pero me da la mano. Pero cuando saco la mano, pues ya ha pasado el tiempo, el pata me la retiene: ¿De dónde eres tú…? Roberto responde: ¿Yo? ¿Yo soy peruano? ¿Y tú? ¡Yo soy marroco![3] Los nuevos dos amigos se despiden. Roberto le dice que a la próxima le aceptará comprar hachís. Su nuevo amigo le avisa que por esta zona lo ubica, que tiene de la buena.

Tiene otra. Estaba yo caminando con una alemana, guapa, alta, también por Barcelona. Era de noche. En eso aparecen unos patas, dos, tres. Nos empiezan a seguir. Veo la situación y le digo a mi compañera: cuando te diga corre, corres. No importa qué pase, tú corres. ¿Ves esa tienda? Ahí me ves. Seguimos caminando, uno de ellos está a unos pasos y le digo: ¡Eh! ¿Has visto a mi hermano? ¡Ese tío para fumando! ¿Eh? ¡Lo has visto! Y el pata se sorprende. Vuelve Roberto a la carga. ¿Eh, tú eres peruano? El ladrón responde: No, soy marroco. ¡Hombre! Y empieza nuevamente la charla. ¿Y la chica? ¿Corrió? No, para nada. Los chicos nos dijeron: eh… cuidado por esta zona, camaradas…

VII

El también campeón nacional de boxeo en sus años mozos se ha retirado pues su madre le ha preparado el almuerzo. Nos ha invitado, pero Jorge lo disuade: “No, somos varios, tu mamá habrá cocinado para unos cuantos…”. Se retira Roberto y deja buena impresión. Solos, Jorge, Daniel y yo, nos quedamos en su espaciosa, artística, sala.

Se empieza hablar del Fiteca, de los problemas del barrio, de algunas ONG’s que vienen al barrio y pasan por alto los procesos de trabajo que se viven acá, carajo. Llegamos nuevamente al tema de la herencia de nuestros antepasados. Jorge habla de Cusco.

-          ¿Tú sí has ido a Machu Picchu, no? –me pregunta.
-          Mmmm… A la plaza nomás he llegado.
-          ¿Y tú? – le pregunta a Daniel.
-          Yo no he ido todavía.

Ohhh… Es otra energía, dirá Jorge, un Jorge recargado. Y nos habla de un sueño. Dice cosas como que si fuera presidente haría obligatoria la visita de los escolares a Machu Picchu. Daniel y yo nos miramos too’ emocionados. Para que aprendan. Los arquitectos. ¿Los arquitectos? Malla curricular, la cambio. Obligatoria la visita a Machu Picchu. Para que sepan lo que se hizo… ¿cuánto? Aproximadamente 600 años antes…


08-08-18

Foto: Víctor Manuel Ramírez




[1] Viajes con Herodoto, de Ryszard Kapuscinski.
[2] Festival de Teatro de las Calles Abiertas de La Balanza, Comas.
[3] Oriundo de Marruecos.

domingo, 18 de febrero de 2018

Mientras escojo limones


No sé qué relación hay entre que esté serio y lleve lentes, pero hoy amanecí particularmente serio y por eso no quise usar lentes para ir al mercado. Ah, ya la tengo. Como estaba serio y no quería hablar con nadie, usar lentes era la mejor forma de hacerme el loco. “¿Qué, pasabas por ahí? Ni cuenta, es que… dejé los lentes en casa”.

Pero ya la empresa fallaba pues, yendo al mercado por la vía de los pies, me encontré con el amigo de mi hermano que en one me saludó: “Oe qué fue…”. Yo no me pude controlar y de mi seriedad salió la gana tremenda por hacer el habla. Apenas duró unos segundos pero, ya solo, me decía: “¿Todo bien?”.



La falta de lentes viene a cuento pues cuando fui donde mis caseros de la fruta y la verdura, ubicados ellos en un pequeño mercadillo improvisado en lo que sería la cochera de una casa; ni bien me acercaba me daba cuenta de que no estaba mi casero de la fruta, hombre gordísimo, con sombrero de paja tirando para vaquero (mientras escribo esto me doy cuenta de que a la próxima le preguntaré por el porqué de ese sombrero) y con unos dedos enormes que parecen ollucos quemados. El hombre es marrón como yo y es de Jauja y siempre acostumbra sentarse a la vista de todos mientras lee un periódico y cuida sus frutas. Siempre que voy me saluda y yo, siguiendo mi ritual de cada fin de semana, primero compro la verdura. Él, a mis espaldas, camina hacia sus frutas y me pela una tuna que luego me convida. Yo degusto y pienso: “hoy le compro bastante”, cosa que hago, pero nunca compro tuna pues pienso que está muy cara aunque nunca haya preguntado el precio.

Pero hoy que llegué, mi casero no estaba. Lo primero que me vino a la mente fue: “La pucha se enfermó”. Pensé eso pues hace unas semanas su hija no fue a trabajar porque estaba mal y él en alguna ocasión cercana me había dicho que se sentía mal, que no sanaba. Esas frases contrastaban con su meditada alegría cuando hacía los cálculos del saldo de las frutas compradas. Cuando salía todo perfecto me decía, reflexionaba en voz alta: “Y eso que no terminé la primaria. Ahorita sería ingeniero…”.

Pero volvamos al asunto: él hoy día no estaba. Como dije líneas arriba, primero fui donde las frutas. Mientras recogía limones le pregunté a su hija:

-¿Y mi casero? ¿Ontá?

- Ah, mi papá… Se fue a hacer deporte. Le gusta el deporte…

- ¿Ah, sí? –“Habla bien”, pensaba-.

- Sí…Se ha ido a ver el fútbol. Le gusta ver el fútbol a mi papá.

“Ah… Ahora todo tiene sentido”. Yo lo imaginaba como hincha de Cristal no sé por qué. En pleno Alberto Gallardo.

-Pero se ha ido a su tierra, Le gusta ver el fútbol en su tierra…

Ahí si la miré con una sorpresa que solo fue suspendida por…

-A la primera capital del Perú…

-Jauja-le respondí a mi casero Óscar, el de las frutas.

Yo continué escogiendo los limones. Escogía los de contextura más tierna, esos que me dicen que tienen mucho jugo que ofrecer. En eso, aparece una señora que, como muchos, empezó a hacerse autoservicio.

-¿Tiene huacatay?

-Sí, mami –y el casero le extendió un largo ramo de la hierba que da gusto.

Y la señora comenzó a deshojarlo. Puso la ramita sobre las otras verduras, unas papas bien terrosas, y comenzó y comenzó. Su actividad llamó la atención del casero y de algunas compradoras.

-Uy, casera, ¿y eso?

-Ah… -dijo sin perder la concentración- es que en casa mucho desorden causan las ramas. Así que mejor aquí. Y además es como un me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere.

Su comentario hizo que los demás se maten me risa. Yo celebre con una sonrisa su creatividad. En tanto, seguía recogiendo mis limones. De pronto, la misma casera le dijo a Óscar:

-Casero, ¿esa verdura-no recuerdo a cuál se refería-tiene?

-Uyyyyy… noooo, caserita, no tengo.

-Ahh…-expresó con disgusto de quien se le pierde la oportunidad de hacer su comida mejor.

Pero no pasó ni un segundo para que con habilidad se le responda.

-Pero tengo esta otrita.

-No, no, no… -ya se iba.

Había que ganarla.

-Pero le consigo para mañana.

-¿Para mañana?

-Sí, para mañana.

-Ah, ya pues… Mañana entonces.

Ya se iba de veras cuando la conciencia le habló a Óscar.

-Uuuuy, no casera. Para mañana no, para el maaaartes. Para el martes sí tiene.

-¿Martes? No, mucho tiempo. Ya gracias, casero. Nos vemos.

Y se fue la casera.

Qué me habrá motivado a preguntar que

-¿Y por qué para mañana no casero?-pregunté recogiendo mis últimos limones.

-Ah es que los mayoristas se ponen a tomar, pues. Toma y toma.

Dios mío, tuve una epifanía. Comencé a recordar, aunque suene ridículo, mi lectura sobre la comercio ambulatorio durante los setenta en un mercado de Huaraz. Este era un libro que retrataba la cadena de producción de productos agrícolas y cómo las vendedoras ambulantes producían valor en dichos productos al agregarle ciertas transformaciones como el embolsado, la mezcla de verduras para la ensalada, la pela de algunos de aquellos, etc. La autora, una antropóloga norteamericana, también discutía el poder de los mayoristas, los cuales, al disponer del total del producto y del enlace con los productores campesinos, podían llegar a imponer, en desmedro de ambulantes y campesinos, sus  reglas del juego.

Con eso en mente y con muchas imágenes también, repregunté:

-¿Cómo que los mayoristas?

En realidad, yo quería preguntar por los que traían los productos hacia los grandes mercados. Los intermediarios. Ahí sí la imagen que tenía aumentaba en contenido.

-Los que venden pues…

Y en su lenguaje tan propio como un poco inexplicable, quizá porque la emoción me impidió escuchar con claridad (introducía ahí las experiencias sonoras que tengo algunos domingos por la noche cuando callo y escucho los conciertos de chicha que se pierden en medio de la oscuridad nocturna de la ciudad), Óscar decía que

-Se ponen a tomar y ponen su música y toman y toman y entonces al día siguiente ya trabajan por la tarde pues, entonces mejor maaaartes, porque el lunes ya están tomados. Toman ahí con la gente, en los pueblitos…

“Habla bieeen”, pensé y coloqué ya por inercia el último limón.

-¿En serio lo que dice?

-¡Serio pue!

-Uy casero… -río- ¿qué pasa con esa mano? Deme docito para… ¿cuánto? Ah, sí, para dos kilos.


18-02-18



miércoles, 22 de noviembre de 2017

Qué bien me hace despedirte…


Hoy tenía tres postales para regalar. De ellas, solo me acuerdo dos. Aquí van.

I

Vivir el presente es disfrutar tu pan con pollo. Fresco, con papitas al hilo y una lechuguita por ahí que matice bien la grasa de la mayonesa. Pero vivirlo es comerlo mientras ves tu entorno, lo tasas, te llenas de preguntas e información. Me llevo el pan a la boca. Los sanmarquinos salen, entran. Yo espero sentado en las tablas de madera del paradero. Unos toman carro con estilo: trote hasta ver que los carros no te respetarán y harán ejercicio de su derecho al correteo. Parar con estilo, pasarte la mano por la cabeza con el peinado nuevo. Alistarse el chalequito recién comprao’. Ayayay.

Pero yo no veo eso. Veo, algo nuevo para mí, al padre de oriente. Al, seguro que sí, dueño de un chifa que espera a su hija, una joven oriental de cabello liso largo y cuerpo delgado con mochila, que se acerca a él. Estamos ante la extensión del colegio. El padre la sonríe, la chica como si no advirtiera. ¿Qué esperan? ¿Seguirán las sonrisas? Detrás viene otro de los herederos, un joven chino con polo-camisa azul que también se percata de la escena alegre del viejo, que es como si no creyese.

¿El orgullo de la familia sanmarquina cómo entra a tallar en la familia oriental? Es más: ¿qué significa estudiar con la chica china en la universidad (¡y qué universidad!? ¿Cuáles son las trayectorias que les competen a las segundas, terceras, cuartas generaciones de chinos venidos al Perú?

II

No logro recordarme, pese a todo, de la segunda postal. Lo siento.

III

Te pedí que hiciéramos una vuelta en U y lo hicimos. Te conté que siento un bajón, que me falta confianza. “¿Para qué, papi?”. Pal gileo. Uno debería sentir confianza para el estudio, para la tarea, para el trabajo. ¿No para el gileo? Da igual, me hacía falta decirlo.

-Oe, pero entonces cómo es que se prom…

- ¡Hablamos! ¡Hey, pare, pare!

Menudo hijue… que me deja con la palabra en la boca. Mejor que te fuiste porque las calles, en estas horas vacías, se llenan de jóvenes que simulan ser una mejor corriente que la que vemos en los mares. Cómo se mueven estos jóvenes. No. Cómo se deslizan, con qué suavidad. Van en patines y no son bandada, sino legión. “¿A dónde irán a cometer sus locuras?”, me pregunto. Yo ya gané el puente colgante que me lleva a mi casa y no puedo evitar pensar en ellos. En sus patines, su destino y origen, y en lo feliz que se deben sentir con esos implementos a los pies. Se retiran. Son como navegantes en las perdidas aguas del no horizonte. Ya voy cerrando el puente y pasa otro grupo, esta vez menor. Como el de las aves que se quedan atrás ante su conjunto pero igual, igual, remontan el vuelo. Los pierdo. “Caray, debí gritarles”. Mas, viviendo en Perú, se espera que…

- ¿Qué hace ese loco haciendo como “stop” en la pista?

Soy yo, que no me quiero perder nada de información. Los paro. Muevo los brazos. Estoy como en la pista de aterrizaje. Los aviones vienen, paran. Bajan su marcha.

No, no, no. ¿Querrán hablarme al vuelo?

La pareja, que a ellos me he referido, va aletargándose. La muchacha extiende su mano enguantada de material áspero. No la logré entender. Hubiera sido bonito que yo ya la haya detenido… Paran sudosos. Ella más que él.

- Hey, ¿de dónde son? – mis ojos, pude verlos en los del moreno que me habla, son pura emoción.

El moreno me cuenta que son “LimaNortesobreruedasbúscanosenfacebook”. Así, en wantan. “¿Vives por acá?”, pregunta mi amigo. “Claro”, le señalo una de las casas de la Colonial. “Ah, qué chévere”. “¿Y a dónde van?”. “Bueno, habíamos estado en el Centro… “. Hace un gesto que nos dice a todos: “ahí, haciendo hora”. Qué feliz. “Ah… ahora se van pa’ la jato”. “Sí…”, sonríe, descubierto. “Soy de Los Olivos”, responderá luego. Pienso en ti. Sí.

Detrás de ellos hay un patín con barbita y bigote feos, gastados, no sé qué, que ronda y ronda en patín haciéndose el importante. No le damos importancia ni a él ni a su canchita que come. Los despido. La conversación ha de ser rápida. Me zumba: “Estuvimos con los rollers de San Juan de Lurigancho…”. Y yo me acuerdo de las mejores mujeres de los continentes de Lima.

Regreso a casa, ya no cansado, pienso en que fue bueno dejarte, en antes decirte te hago la taba. Paso por un carro. Una mujer me mira, ceño... rarazo. 

- ¿Qué hace ese loco haciendo como “stop” en la pista?

IV

¿Habrá sido la mujer morena que caminaba con pesadez nerviosa por la auxiliar de mi avenida? Yo deseaba, en aras de ser buen samaritano, ir a socorrerla, decirle: “tranquila, doña, soy del barrio”. Lo justo. Como se hace con las abuelitas después del mercado. Pero apareció su hija. Una morena joven, de sonrisa linda.

“¡Qué manía la tuya de demorarte! ¡Encima que te aviso y llegas tarde!”, le grita la vieja. “¡Ay, mamá…! Nada de guerras. A los 30 segundos empiezan a reír.



Imagen: Hellboy - Alex Maleev


22-11-17

domingo, 9 de abril de 2017

Todo me da vueltas

La semana pasada un jugador me metió un fonavi, me dijo, con peligrosa voz –o sea, le menos pensada-:  Oiga, le renovaremos el contrato por un año más. Es usted el trabajador que necesitamos. Y no pensé mal por la mermelada porque de mermeladas sabía bastante en mi tiempo en el Estado. Todo el servilismo del que había oído en novelas, historias y bromas, lo vi realmente alguna vez en mi trayectoria como practicante.

Por un momento pensé en mis amigos de Mirones, esos lacras de m… que llamaban y gastaban bromas en el cole. Por eso pregunté. ¿Nombre?  Me respondieron. Juan Pérez. Más zonzo. Solo porque estaba noqueado me la tragué. La billetera pagó pato en la noche. A los días me enteré que todo era una falsedad. Fuiste. Cosa curiosa, empero: al que me hizo la broma lo terminaron botando a la mala de la chamba, yo salí porque había vencido el tiempo de contrato.

Han pasado los días, y hoy me llamó un buen pata que enseña en la universidad. Es loco que diga buen pata, pero uno siente verdaderamente cuando uno es buen pata. Me fonéo, me dijo: “Oye huevón pareciera que yo estoy haciendo tu chamba. Estoy acá en Cantagallo (¡Dice-y lean esto bajo verdadero paréntesis- que al barrio la gente de ahí le dice Cantapollo o Cantachicken! ¡Habla bien!) y ya estoy contactando gente”. Re-mate de risa. Sigue el Fiteca. Nos tiramos una hora hablando por fono. Me cuadraba sobre Levi Strauss y su estructuralismo (a lo que yo escuchaba condescendientemente, aguaitando), me hacía sus comentarios sobre la antropología urbana, le hacía comentarios sobre Néstor García Canclini, escuchaba mis rajes sobre un tal G. Portocarreo, por ahí me hablaba de los shipibos y cosas muy locas sobre la alteridad. En fin, blablablá de temas. Entre ellos, el más positivo…

-¿Oe y dónde estás que escucho puro auto?-le pregunté a la firme.

-Ah, estoy por Colonial con Universitaria esperando mi carro que por tu culpa se me han ido como dos conche...

Recontra locazo, me entero que su viejita vive en Mirones. ¡Habla bien!

-¿O sea eres de Mirones, amigo de Cachín?

Solo le faltó que diga “Ah, no”. Para entonces, como buen canchero, ya había soltado sus buenos pares de lisuras. Elegante el socio. Elegantón porque estudio en el 1154 la primaria y la secundaria la hizo en el Hipólito. O sea, un hijo ilustre de Mirones es antropólogo y además enseña en la Cato. Como comprenden, ambos son dos datos que llenan de orgullo a la colectividad del barrio, así que tu discursito criticón, si es que lo tienes, se va rondando por tu anillo. Por mi parte, estoy organizando un buen material de preguntas pa’ hacerle un perfil. Así como así no se encuentran personas chéveres.

¿Y por qué escribo esto? Porque el tío me tendió una mano (con la organización y con la tesis), de la recontra nada, y no es por echarme arrocito pero con las personas yo también me porto elega. Como dicen los bravos: “Ah, no”. El mundo, esta esfera que se va poniendo cada vez más candente y naranja, da sus buenas vueltas



Foto de Sebastiao Salgado, de su libro documental "Workers" 
09-04-17

sábado, 28 de enero de 2017

Doctora literatura

-Solórzano…

Levanto la mano. Me han llamado a destiempo. La mañana podría ser mía.

-¿Solórzano Pereyra…?

-Sí.

Arreglo mis cosas. Guardo mis lápices, lapiceros y hojas. No pude dibujar a la enfermera que sufrió un accidente vehicular en agosto, pero por lo menos entablamos una charla entre extraños.  

La doctora me mira, desde lejos.

-Pasa…

Entro a su oficina. Un libro inmenso cubierto de un forro blanco me saluda desde la mesita contigua a la silla desde donde ella me hablará.

-Esguince-lee mi historial-… ¿A ver, camina?

Hago lo que me dice. Voy, vengo, en puntitas, en cuclillas, sentadillas.

-Au.

-¿Qué pasó?

-La rodilla.

-Eso es otra cosa.

Me siento.

-¿Haces deporte?

-Sí. Mucho. Corro.

La doctora empieza a redactar algo. Cuando me dice que ya me puede dar de alta; me siento tranquilo. Pero le hablo del bultito que tengo en el tobillo, bultito que no baja y que a mí me desencaja.

-Va a bajar…

Minutos después le pregunto: ¿Y voy a poder hacer Kung Fu? Me responde que a su debido tiempo sí; cosa de semanas, cosa de ver cómo el pie responde. Lo curioso es cuando me pregunta: ¿Y usted medita?

Lo más curioso es cuando re pregunta, segundos después:

-¿Y el kung fu tiene que ver con la espiritualidad?

A este hombre que siente que pocas cosas le motivan en su vida (hasta que no las ve de manera material), se le encienden determinadas luces. Entonces, me paro y hago unos movimientos para explicarle una postura, una estrategia de vida, aquella que trata de usar la fuerza del oponente a tu favor.

Vuelvo a sentarme. Comenzamos a platicar. Llegamos al tema de los tiempos y nuevamente, irreflexivamente, le cuento que dibujo.

-Es más… aquí tengo mis dibujos.

Saco mi fólder y le muestro mis dibujos de escritores. De Bradbury, de Cela, de Víctor Hugo, de Sienkiewyckz, de Saramago.

-Este es Ricardo Palma-dice  con una sonrisa en referencia al autor de Quo  Vadis?, obra que ha leído. Los dos nos miramos cuando dice ella: ¿A dónde vas? “Dominic”, completo.

Es bueno; es bueno y es lindo. Me señala que el libro que he visto no es la biblia; sino Los hermanos Karamazov, de Dostoievsky. ¿Pueden créelo? De ahí pasamos a hablar de Saramago, del Génesis, de la historia de los judíos, árabes y Jerusalén, de Memorias de Adriano, de Tolstoi y de la cantidad de libros que debemos leer por año; una suerte de 12 por año en su promedio.

“Miércoles… ¿Y los demás pacientes?”, pienso a medida que la conversación se va desarrollando.

-¿Y qué libro me recomienda?-musito.

No me responde. Empieza a hablar de los libros que ha leído.

-Por ejemplo; recuerdo que leí hace poco un libro de la crisis norteamericana… de la crisis de… 1830.

Casi pretendo corregirla. Decirle: “¿Se referirá, doctora, a la década que desencadenó la crisis del 29’ pero en el siglo XX?”, pero me callo. Espero.

-Es un libro que trata sobre la época en que la gente se iba a buscar oro a California pero no encontraba nada, nada-sus ojos me dan drama-. Ir para no encontrar nada. Wau…

Mi mente es un estímulo, un juego de sensibilidad despierta.

-¿Se refiere doctora a Las uvas de la ira, de Steinbeck?

-¡Ese!-me dice con encanto.

No lo he leído, pero lo anoto tiempo después en mi agenda. Alguna vez leí, en medio de un páramo existencial, que lo recomendaba el sacerdote brasileño Frei Betto, aquel que confesaba, si mal no recuerdo, a Fidel Castro; y que lo hacía, la recomendación, como para despertar la sensibilidad de las personas. Cuando llego a casa, bastante rato después, leo que El Comercio está a punto de sacar una nueva colección de textos de los Premios Nobel. Para mi sorpresa feliz no solo está El viejo y el mar, de Hemingway, sino, entre otros tantos (el de Naipul puede llegar a ser una delicia), uno de Steinbeck: Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros. Las cosas funcionan conmigo como impactantes golpes. Así que en este día de coincidencias este año no pasa sin haber tenido buena literatura en mi poder; Steinbeck, Dios me ampare, estará entre los leídos.


-¿Doctora-pregunto finalmente, ya para irme del consultorio- y por qué me pregunta sobre meditación? ¿Usted medita?

La doctora me mira; me responde: “No. No tengo tiempo”.

-¡Además, no me puedo concentrar!


 En la foto: John Steinbeck


28-01-17

sábado, 24 de diciembre de 2016

El día que recite ante todos

I

-La celebración por Navidad será en el segundo piso. En la sección de Ciencias Sociales-nos dice uno de los trabajadores de la Biblioteca Nacional del Perú.

“Mi sección”.

II

Subo junto a mi compa Franz. En la puerta nos espera Jeremy, el bromista hermano de Dino, puntero que gobierna con sus ojos el orden de la biblioteca periférica de El Agustino, que es donde trabajo. J. nos gasta unas bromas y haciendo dominio de maneras hidalgas nos hace entrar.

-Pasen-y sus manos se deslizan en el aire como queriendo espantar el aire que estamos a punto de atravesar.

III

Entramos a un gran salón republicano. Estantes llenos de libros de una altura que miden una cabeza más que el tamaño de un hombre promedio. Hay columnas sólidas con escudos y símbolos en sus cabeceras. El color melón nos da paz. Mesas largas de madera consistente ocupan este gran salón. La impresión que tengo al entrar acá es la de un ambiente respetuoso del estudio. Casi casi se parece a esas bibliotecas afamadas de Europa que uno encuentra en el buscador de Google. Casi casi se puede hermanar con ellas (por el diseño, colores, arquitectura), pero se queda a medias por el techo, que es de un material soso, protocolarmente funcional. Pierde, por eso, todo el aura divinamente intelectual que puede guardar. De cuando en cuando, los aparatosos carros de la avenida Abancay contribuyen a ese ingrato fin.

-Tengo que irme, mano-me dice, de pronto, mi achorado amigo.

“Haz lo que quieras”, pienso luego de intentar infructuosamente que se quede. Le doy la espalda al querido amigo y me pierdo hasta el fondo de la sección de ciencias sociales. Cuando llego a Ciencias Políticas, luego de abandonar ansiosamente el pabellón de Derecho, boto un estornudo.

IV

Mesas y sillas dispuestas en fila a lo largo de este salón rectangular, poco a poco los trabajadores empiezan a entrar al gran salón.

-Oigan, pero no estén juntos pues. Hay que mezclarse, ¡es un compartir…!-dice una trabajadora  que tiene la unidad bien metida en el corazón. Sin embargo, no le hacemos caso. De las pocas personas que aún hay, solo algunas conversan. Usan sus celulares como medio de conectarse. Otras se zambullen en sus programas de chat.

Yo espero que aparezca mi amigo el poeta Julio Aponte, quien hace su entrada acompañado de un señor grande y pelado. Sentados una mesa después de la que yo estoy, me reciben ni bien sus posaderas tocan las maderas.

-Señor Apooooonte-le saludo.

V

Los trabajadores de las diferentes áreas de la biblioteca ingresan al salón de Ciencias Sociales. Sin embargo, luego de un rato se empiezan a oír aplausos entre los presentes. Mirando hacia la puerta, se empieza a conocer el sentimiento de respeto que hay entre los trabajadores. A quien se aplaude es al nutrido grupo de limpieza, que pasa a ocupar las mesas que están más distantes de la puerta. Adelante, como cabía esperar, están los funcionarios principales de la sede Abancay. Unos trabajadores comentan.

-Deberían juntarse. ¿Qué es eso?

-En un espacio de la cultura como este, mire cómo se continúan las expresiones co-lo-nia-lis-tas-responde otro mirando de manera hosca hacia la mesa representada como principal.

VI

Tal como sucedió en días pasados, en la sede principal de San Borja, la organización del evento ha preparado la visita de una artista. El animador, un señor delgado de lentes, invita a una cuentista a que haga su entrada. En tanto, otros trabajadores van de mesa en mesa con azafates. Dejan panetones, chocolates y unos ricos panes con pollo.

-Uy, yo la conozco. Es muy buena. Ha viajado y estudiado en Brasil. Usa las alfombritas tejidas para sus cuentos…-dice una “irreverente” trabajadora que tiene una vincha con dos antenas bien prendidas. Parece, como ella quiere, una coneja.

Ante nosotros aparece una mujer de piel blanca y cabello negro amarrado. Lleva una falda larga y un polo con tirantes que dejan ver sus hombros y la forma de sus senos medianos, los mismos que responden a una contextura de piernas y glúteos grandes y bien formados. Sus ojos son redondos y algo pequeños. Sus cejas, negras, son largas pero no pobladas. La boca  es de labios delgados; el rostro es expresivo.

Rosana Reátegui, que así se llama, nos cuenta dos cuentos. El primero es el recuerdo infantil que tiene ella de una vaquita. La pérdida paulatina de las formas concretas de esta (la cola, los cuernos, las ubre o las manchas), se traduce en la aparición del animal en el cielo nocturno o en el rayar del alba en la mañana. Nos asomamos con la vista al suelo para ver las metáforas narradas.   

A medida que lo cuenta, empiezo a preguntarme sobre la fatalidad mía, que es la de no saber introducirme en el juego del relato, la trama, sea teatro, poesía o, sobre todo, cuento. Lo que significa no disfrutarlo, perderlo, pensar en cosas tales como: “¿Tan tabla soy para no disfrutar el arte?”. Pero luego me pongo práctico y digo: “No creo ser el único en este mundo que no disfruta el arte; además no creo que tenga nada de malo”. Sin embargo, al rato disfruto. Reátegui empieza contar un cuento de dos hermanitos que se pierden en medio de parajes andinos, esta vez a través de un libro hecho de telas. Utiliza muñequitos tejidos y también interactúa con el público, sobre todo los trabajadores de limpieza. Este cuento sí me gusta. Río, admiro la manera en que la gente interactúa, participa, le da vuelco de alguna manera al contenido. Lo hace rebelde. Empiezan a perderse los anteriores pensamientos. El diálogo entre el arte y yo depende de la materia, depende del contexto. Reátegui termina. En mi cabeza veo a un monstruo amigable, a una bruja disgustada, a estos dos seres que esperan a la contadora sentados en la plaza de pileta antigua. Están tristes. Ellos no pudieron participar teatralmente en medio de este saloncito.

VII

Luego de los cuentos, empieza el sorteo de los premios. ¿Se sorprenderían si les digo que duró más de media hora? ¿Qué aquí surgió lo más inmenso de este relato de la memoria?  A cada trabajador le dieron tickets con un número. Estos soprepasaban la centena. De una bolsa, alguien sacaba el número y el ganador cruzaba la sala, si estaba lejos, en medio de una variedad de aplausos que iban desde los efusivos hasta los cansados. Uno y otro trabajador iban hacia allá y recibían con agrado… Una taza roja con golosinas dentro. Cuando el número ganador pertenecía al gremio de los trabajadores de limpieza, los aplausos se dejaban oír con más fuerza, siendo el hombre grande y pelado acompañante de Aponte el que más palmas a rabiar daba. Si cabe exponer pensamientos relacionales, debo comentar lo siguiente. Cuando este me vio, me preguntó:

-¿Universitario?

-Sí.

-¿Sanmarquino?

-No. De la Católica.

-Ah…-y miró despacito a otro lado como si no le importase el dato.

VIII

“Pon música, Franz. Pon música”, exigía una coneja a un joven y flaco trabajador de pelo gris. “¿Tanto me he matado bajando música para al final nada?”. Y en efecto, nada. El concurso era más amenizado por nuestras palmas, gritos y silbidos que por la bendita música del mundo que descargó la coneja.

Quizá al tanto de esto, una sensual y madura trabajadora, Aricema fue presentada a pedido de ella para recitar un poema.

-Braaavo…-dijo alguien.

Aricema, mujer de piel clara, cabello sensual y dorado y de un inconfundible y sensual acento cubano, se presentó ante todos. Traía puesto un vestido que iba con su libre y directo temperamento. Dio las gracias y empezó a recitar “Táctica y estrategia”, de Mario Benedetti.

-Mi táctica es mirarte… Aprender cómo sos… Quererte como sos…

Aricema se movía, ponía de su cosecha, se volteaba, señalaba, sacudía el pelo, te miraba. Ya estaba hecho. La poesía estaba presente.

IX

-¡A ver el número 20!

“¡Oi…!”, sorpresa. A mi costado, un poeta se para y con su peculiar caminata rockera y desenfadada va hacia donde está el animador para recibir su premio. La coneja, sentada frente a nosotros, grita.

-¡Que recite, que recite!

La seguimos en coro.

-¡Que recite, que recite!-pronto el bullicio es generalizado.

Aponte, poeta de fuste, no rehúye a la ocasión.

-Gracias, gracias. Yo no he escrito un poema de navidad…

-¡Que recite el poema de la burguesa…!-reclamaba el reñido poema la coneja.

-…Yo no he escrito un poema de navidad, pero he escrito uno bonito que me gustaría declamarles… Este se llama “Este poema lo escribí para ti”.

Aponte empieza. Su estilo es seguro, correcto. De señor. Es un poema de amor y el artista le da el tono adecuado en el momento preciso, logrando con ello un efecto cautivante en el público. Este le celebra algunas frases. “Ayayayay…”. El poema me victimiza. Soy presa del general juego de los versos.

Aponte termina. ¡Braaaaaaaavo! Llega a la mesa, lo saludamos.

-Impecable, señor Aponte-le digo dándole la mano y mirando a este piurano, de bigotes indóciles, ojos pícaros y piel curtida.

Como me gustaría que llegue mi turno.

X

-A ver número 23.

-Número 3.

-No es común, pero… ¿A ver el 1?

12, 23, 43, 55, 21, 30, 101, 123, 70, 45. Etc. Etc.

Aplausos, teatro, risas, silbidos, gritos. Yo oscilo entre el aburrimiento, la derrota y la esperanza. De cuando en cuando mi mente es un apurado laboratorio de memoria. Repaso letras, mis manos sudan, mi corazón late. Pienso: “con ganas o sin ganas…”. Voy formando mi estrategia. Si me llaman, me mando, cual autómata nomás. A mi costado, de 8 personas, cinco ya tienen su regalo. Entre ellos la coneja, el grande y pelado, el poeta y el narrador Papo Cuentacuentos, quien debió contar uno de sus lindas narraciones.

XI

-Y estos son los últimos nueve. Así que prepárense.

7, 18, 4, 66…

-¡Sesenta y nueve mejor!-grita alguien.

.No, no. ¡Oiga…!-risas.

Se sigue.

“Sí sale, sí sale, sí sale”. “Ya si no sale, igual lo intentaste”.

Quedan tres. “Lo intentaste, barrio… Normal”.

Quedan dos.

-¡Y el número 31…! “¡31¡”.

¿A quién le importa un vaso con chocolates?

Alguien se para.

XII

Con el bastón en la mano, escucho las palmas. Corresponden a mi brazo victorioso alzado. ¿Tanto le interesa el vasito rojo? Mi corazón late. Llego donde el animador. Le saludo. Le digo algo de cerca, conmigo están mi Aricema y mi Aponte.

-Oiga-pienso en mí y en los trabajadores-¿podría recitar un poema?

-Sí, sí, claro-dice mientras verifica mi número y busca el premito-.

Me lo da. Gracias. Aprovecho para darles una mirada de saludo a los funcionarios.

-Bueno, el ganador de este número nos va a recitar un poema. ¡A ver unas palmas!

-Hola, hola -digo nerviosamente-. Quiero compartirles un poemita… Espero les guste-mi corazón late fuerte, bien fuerte-. Bueno-¿y si no me sale?-. Ahí va-suspiro, boto todo mi aire cargado…-.

-Voy a recitar –sigo aclarando-… “Los nueve monstruos” de César Vallejo.

Hace tiempo que no recitaba, pero se cumplía lo que pensé antes. Es una terapia. Perdía el miedo. O en todo caso lo trastocaba. Quería avanzar, pero el cable del micrófono no daba. Me quedé. Intentaba ver a mis amigos. Jeremy me tomaba una foto, que es la solitaria foto que ustedes pueden ver. Vería, en todo este vértigo, a Heber, encargado mío. Vi a Aricema, que con sus claros ojos de mujer que sabe del mundo también me miraba. Veía al fondo.  Veía también el techo, que no va con este santo espacio. Veía la puerta, el piso. Veía las gorras de los trabajadores de limpieza. Veía los libros, el polvo suyo, los textos, veía mi estornudo anterior. Veía, sentía. Quería darles emoción. No sé si lo logre.

Bastón al aire. Gestos, teatro. ¿Cómo es que me gusta tanto esto del teatro?

-Migraña en la cabeza…

-Que no nacen ni mueren… ¡Son los más!

-Señor ministro de salud -¡Señor Aponte!-,¿qué- … ¡!...- hacer…?

-Ah, desgraciadamente, hombres humanos. Hay -¡feliz navidad!-hermanos, muchísimo que hacer…

Gracias…

XIII

Voy camino, liberado, sin peso, hacia mi silla. Además de palmas, una mano amiga me recibe.

-Lo has hecho bien-me dice el mítico señor Aponte, poeta de fuste, carne viva y letrada de estas ciudades y campos del Perú…


24-12-16

foto: Jeremy Blanco Bellido

viernes, 16 de diciembre de 2016

Las actitudes de Guzmán y la significancia de lo que es un “plan”

Ante lo que pasa en el Ejecutivo, es natural que se hable de liderazgo. Hildebrandt, con toda su acidez y lucidez posibleS, lo ha hecho en su última columna. “Nos ha traicionado PPK”, reclama. Y desliza una posibilidad para su semanario: la instalación de una trinchera comunicacional que abogue por el poder popular. Presten atención, sobre todo, dejando echar un guiño, que en estos momentos se está llevando a cabo el Congreso de la Juventud Comunista peruana. Espero, en ese sentido, una urgente crónica de los hechos.

Pero el tema de esto no iba precisamente por ahí, sino que, en el semanario, Ricardo Velazco le hace una entrevista a Julio Guzmán, el efímero pero potente outsider de este año que se va. Me llama la atención la entrevista por cuanto Guzmán no deja de insistir en liderazgos, convicciones, ideales y demás cosas ligadas a la coyuntura pero que dejan el sinsabor de la pregunta: ¿Y Ud. Guzmán cumplió eso a rajatable durante su campaña? Aún recordamos todos el expresivo titubeo en entrevista concedida, en momentos cruciales, para El Comercio.

Guzmán muestra mucho empuje, sin embargo. Y en ese sentido, responde bien; es decir, sacándole la vuelta al asunto, como cuando el periodista le recuerda una “descoordinación” en su actitud y Guzmán zafa. Es natural, anda en campaña. Está haciendo su juego. Y si es real lo que dice, entonces demuestra que poco a poco el economista se viene fogueando. Échenle un ojo, échenle los dos, a sus palabras: habla de la creación de partido, valores, mística, cuadros. ¿Puede diferenciarse eso a lo que dicen las izquierdas juveniles al respecto? Aquí otro ribete más para la lucha ideológica, práctica.

Una última cosa: menciona, además de la incapacidad presidencial para tomar decisiones –Guzmán le da vueltas al asunto y es bueno para despertar ímpetus políticos- , la necesidad de un plan. A todo esto, ¿qué podemos decir al respecto? Una muchacha agradable, días atrás, me habló, en referencia al espacio en el que laboro: ¿y tienen un plan? Desde hace tiempo, tanto ahí como en otros lugares, menciono con algunos compañeros sobre la creación y necesidad de planes. Es fácil mencionarlo, ¿pero qué condiciones deben tener los planes? ¿Qué naturalezas deberán tener? ¿Cómo deben responder a sus contextos? Lo digo porque es sencillo hablar de planes. Suena atractivo, ¿pero qué legitimidad se tiene para decir y hacer eso? Indudablemente es un conocimiento técnico y político. No sé si Guzmán lo tenía, pero sería bueno que aquellos que nos debemos a una chamba social tengamos en cuenta este tipo de discusiones para, efectivamente, hacer más lograda nuestra labor.

16-12-16