miércoles, 6 de abril de 2016

Les tomé una foto


Hoy día se me averió la cámara. ¡Qué inoportuna! Se me perdió una foto, varias fotos de antología. ¿Cómo retornar al momento en que Kiki, con sentada de filósofo, nos daba lecciones de vida a mí, un chibolo que entra a la edad adulta, y a Cantera. Ellos se entendían muy bien, ellos en sus 29. Yo escuchaba. Hubiera acercado la cámara para registrar la mirada tierna de un Kiki que siempre  permanece sereno ante todo; ante nuestras preguntas, ante un machista Charlie Sheen en plena serie repetida. ¡Tranquilo hasta para el mismo Tunche, ese demonio de la selva, tan en las antípodas de la celestial Yolana! ¡Sereno! Pero vale decir que la serenidad se puede confundir entre su mar de hombre exaltado, entre el torrente del romanticisimo que tiene y que lo lleva a meterse en el conflicto cuando lo considera injusto. Ese es Kiki, que nos mira como si fuera nuestro padre, sereno, soberano casi, y que tiene pose de gentleman. A su costado, un rapero. Un Diego Lázaro, un ser salido de las catacumbas del metal y que nos regala letra pura y dura y leída en cada presentación que tiene de inacabable rap. Este loco, este demente, que lo escucha. Hay que verlo, está con la negra gorra que así como a la luz, atrae ideas. Está algo delgado, sus hombros, subidos ligeramente, denotan una postura de suma atención. Sus manos contienen el interés que le tiene. Y lo hace, no por nada celebra a Kiki cuando se manda intentando describir a una poetisa que se las trae todas; una palabra precisa a una periodista que se entrega hasta el último aliento en su trabajo; a la chica de pureza en danza que lo conmovió la primera vez que este pudo verla en pleno trance dionisiaco. Ninguna palabra la describe mejor a la última: pureza, sí, le viene de sangre; cómo no saberlo. Y ahí, ahí estamos, el Cantera, con su camiseta deportiva adidas escuchándolo; y yo viéndolo y pensando que así se ven los padres de familia responsables. Ellos empiezan a hablar de arte y yo, en vez de mirarlos los escucho; intento pensar en historias, historias buenas, tan buenas como las que se cuentan en medio de fogatas; voy creando una, ya tengo la justificación: en el libro que compré junto a un ángel hay rastros de sangre. Ya está la trama: a veces a los dioses se les quiebran las alas y aterrizan en el corazón menos pensado.





06-04-15  

viernes, 12 de febrero de 2016

La Lima que nunca más veremos: comentario a un artículo de Antonio Zapata




(Se trata del artículo Sociedad y desarrollo urbano: Lima 1900 -1980 que aparece en el texto mayor Lima, espacio público, arte y ciudad editado por Johanna Hamann) 




De lleno, es un artículo introductorio. Un artículo muy bueno que te sirve para entender, desde un plano general, el crecimiento de la ciudad a nivel poblacional desde inicios del XX hasta la década de 1980, que, vale decir, no culmina de explicar del todo. Sirve para aproximar, es eso. Agrada la idea de una Lima heterogénea, pero social y vivencialmente apretada: no había espacios. Era el Cercado de Lima el que, a inicios del XX, ejercía de espacio metropolitano de vivienda para todos, de ahí que podría haber sido entendida como una Lima de todas las sangres y clases. Es agradable la semblanza que hace de que todos caminaban por la ciudad, pues los servicios de transporte eran mínimo: apenas un tren, luego un tranvía, al mucho rato los automóviles para los pudientes. En ese sentido, vale mucho la lectura del cuento de Ribeyro “Los eucaliptos” que narra la manera en que la ciudad se abre espacio sobre una ciudad con todavía hálitos pedestres.

Poco a poco se juntan dos factores: el crecimiento vegetativo y la migración interna. Crece la tasa de natalidad por descubrimientos de la medicina, crece la migración (desde siempre la hubo, pero cambia en cuanto a clases sociales) y tenemos lo que tenemos hoy. Sin embargo, indica que es a partir de la  Segunda Guerra Mundial en la que aumentan las migraciones internas. No obstante, hubiera sido más pertinente que ahonde en lo que significó la Reforma Agraria, de la cual la segunda presidencia de Manuel Prado (1956-1962) estudió implementar pero que finalmente impuso Velasco. Sobre este punto, es de digna mención cuando el historiador anota que el velascato contribuyó mucho a la reivindicación de poblaciones oprimidas y a la organización de las mismas. Esto tenía como correlato la creación de grandes unidades de vivienda y las ya ingentes invasiones y creación de barriadas. Subrayable el estudio de este régimen por cuanto valora el modo de organización y lucha de la gente de ese tiempo..

El autor habla de las políticas llevadas a cabo desde las clases acomodadas, entre las que se destaca la participación de un joven diputado Belaunde Terry y la creación de bancos para inyectar dinero en el sector vivienda. Cabe mencionar la creación de autopistas para la creciente importación de automóviles. Por otro lado, señala someramente las estrategias seguidas por las clases populares al hacerse con los terrenos estatales y también las medidas del mismo aparato ejecutivo. En ese sentido, -y lo dice desde el mismo comienzo- hay que considerar la evolución e historicidad mínima social; es decir, quiénes son y a dónde van –en cuanto a migración- y por qué factores. Responder estas simples preguntas nos haría entender mejor del todo por qué Comas es lo que es actualmente. En ese sentido, empataría bastante bien con lo pretendido por Maritza Montero.  

11-02-15


viernes, 1 de enero de 2016

Un lugar para la niña



A su costado, la vendedora tiene a una niña. No es su hija. Nos lo permitimos decirlo pues sus facciones en nada concuerdan. Es inadmisible que la niña sea su hija, por más bien que nos caiga por la forma en que se las ingenia para vender sus baratijas. Pero no, no es su hija. La hija, sin desmerecer a la mujer, parece ser hija de otra madre. En efecto, otra es su madre. ¿Ideas? Basta con que miremos al cielo. Ensaye, usted mismo, su respuesta.

La niña es hermosa. Y los hombres nobles pensarían en Valjean y procurarían velar por su futuro. De pronto no nos hemos vuelto filántropos. Donde está la niña es donde está la hediondez. Basta mirar por los alrededores: bocinazos, mugre, suciedad, personas que hacen de jaladores para que un farsante lea el futuro, prostitución, ambulantes que venden productos de muy mala gana. Un edificio que se cae por el olvido y la mala praxis es la mejor metáfora del lugar, aunque el hombre drogado con reticencias en la cara de la otra cuadra compita con, si cabe decir, la arquitectura. El hombre, de espíritu sucio y amedrentado, pasa por los carros y los mira desafiante por la droga consumida. Los mira y su cuerpo es como la de un perro famélico. Arrastra sus pies y lleva la amargura de un demonio. Golpea, por eso, las paredes de las combis. De él, un hombre gordo dijo, en su defensa: “Pero no le digas, pues, no le digas feo, por qué le dices feo”. Nuestro demonio había despedido con un rudo palmetazo a la combi en que viajábamos y el cobrador, burlón, se reía del condenado.

Es 31 de diciembre y la gente camina alerta, dinámicamente nerviosa. Hay apuro, porque faltan menos de seis horas para las doce, y nadie quiere estar en esta tierra de nadie, en este lar de sospechas y descuido. Pero la niña está ahí y a ella no le importa estar sentada en un pedazo de cartón. Sus intereses se sitúan en disfrutar el menú del día –un plato de chifa con salchicha muy roja- y de molestar a la vendedora de la fiambre. Le hace muecas divertida, y a la aludida no le queda otra que celebrar la osadía de la pequeña; ella está sola, su hermano, el niñito del corte siempre a la moda… De él nada sabemos.

De pronto la niña se para, abandona su cartón, y va donde quien sí parece ser su pariente por la familiar manera en que la trata. Aunque hosco, da cariño. Un hombre gordo, de barba árida y de bastón, la cuida con sus grandes dedos y, mientras tanto, mira hoscamente a la gente y los trabajadores del transporte.

-Colonial, Colonial-grita con su vozarrón agrietado y disconforme. La niña juega con sus dedos, intenta doblarlos. Los sostiene y, como un péndulo, se va hacia atrás. Todo su cabello se vuelve una manta al aire.

Y en vez de peinarle el cabello las nubes, manos menos preparadas peinan su larga cabellera de color castaño. Pero de eso no cabe importancia, porque las hebras se las arreglan para lucir hermosas, libertas como la misma niña. Ella luce un polo amarillo, quizá por la ocasión, y después de cansarse de jugar con los dedos del abuelo - llamaremos desde ahora así, al viejo jalador de combis-, regresa a esperar Dios sabe qué. A su costado, la señora intenta vender navajas, canguros, correas y monederos; la niña dejó de ver aquella mercadería, ahora monótona. En su lugar, fastidia a la vendedora de comida y ríe por sus reacciones. Es hermosa, pura.

La combi parte y el abuelo tiene en su poder unas cuantas monedas más. Su ropa, aunque apropiada, ya está sucia por el humo de los autos y las condiciones del trabajo. Se lleva las manos a los bolsillos y su rostro sigue serio, enojado, amaestrado por la calle feroz. De pronto mira a la niña, echada ahora en el cartón, piensa en salir del trabajo pronto, y en las 12, en el barrio, la comida y los cohetes. Se ve bailando. A eso le sucede la resaca, el desgaste, el largo sueño; es primero… y al mencionarse él mismo esa fecha  se le va diluyendo el transparente buen ánimo: la niña, ¿es ese el lugar de una niña como la suya?

Un bocinazo le despierta, los gritos del demonio de la calle, los sonidos mecánicos del reggaetón, la agitada muchedumbre que hoy solo quiere vacilar. Abuelo, abuelo. El abuelo mira a la niña dormir.

Foto: Gauna Antonela

02-01-15


lunes, 21 de diciembre de 2015

Recordar después de dos meses: yoga, cocina y cine, Miller y El Flaco de siempre

Es el diez de octubre. Puede ser cualquier hora. Yo estoy en Vilcashuamán, una provincia de Ayacucho. Podría decir que me he perdido en el pueblo, como también decir que espero a la sombra de una pared blanca. Lo mismo vale que mencione que beba junto a campesinos como que describa las excelsas estrellas que solo en este lar se pueden ver. Habrá ocasión. Hoy día no he leído el periódico y no es tampoco necesario que lo haga. Deben de pasar más de dos meses para que pueda ver lo que se escribió en ese sábado de octubre.

Yoga, pero pal’ pueblo

Gabriela Machuca, de Somos, escribe una interesante crónica de la difusión de yoga que realiza Omar Ananías, un maestro de esta disciplina oriental que acerca la práctica a reos, adolescentes ultrajadas y jóvenes con problemas de aprendizaje. El yoga equilibra el cuerpo, la mente y el alma; aspira a que disfrutemos el momento (mas no, creo, que se disfrute a la manera emprendedurista del limeño de hoy) y para esto vuelca todo un bagaje teórico de siglos de maduración. Asanas o namaste son palabras que por sí solas evocan tranquilidad, como si fueran un soplo muy ligero al oído. Es como si oyéramos la poesía de Tagore.

Qué interesante es este artículo, pues con él sabemos que la labor de Ananías es una práctica institucionalizada de la Asociación Peruana de Permacultura que, entre otras cosas, difunde un actuar basado en la ecología humana. Realmente suscribible. Ya lo dice Ananías al recoger los sentimientos de las personas marginadas de la sociedad al tener contacto con sus, en ocasiones, imposibles posturas: ¡Queremos más! Del yoga y de toda la filosofía –de contemplación y de sabiduría- se entiende.

Cine y cocina

Ignacio Medina, el español que por partida doble publica sus comentarios gastronómicos en El Comercio, decide quedarse en casa. Busca alguna película, enciende la pantalla y el mueble y la trama se apoderan de él. Películas como El festín de Babette, Comer, beber, amar (Eat, Drink, Man Woman), Ratatouille, Como agua para chocolate y Le Grande Bouffe son recordadas por el crítico gastronómico, en especial la primera de ellas, grabada hace 28 años en Dinamarca y que recuerda lo que es verdaderamente traer a la mesa un festín digno de la mesa del padre mortal de Heracles: Anfitrión. Opulencia, sibaritas, comida exquisita. Como para tomar apuntes, cosa que hace este articulista, chapar el carro, irse a Polvos y adquirirlas, disfrutarlas y socializarlas todas. También como para echarle una ojeada a la comida nacional, no a la que quiera la Marca Perú, sino a la cocina de nuestras abuelas, abuelos, madres y padres. La que se cocina con tradición y autenticidad.

Enamorar a la rosa

¿Quién pudo hacerlo? Arthur Miller, dramaturgo y novelista norteamericano que se casó con Marilyn Monroe, la bomba sexy rubia, a la que ella llamaba “papá”. Muy ilustrativa la semblanza que realiza Enrique Sánchez Hernani de este escritor. Sobre todo cuando toca su pasado como hombre de izquierdas en tiempos de la casa de brujas del repetible senador McCarthy. Si bien no se consideró como comunista, sí se liga al marxismo (“aunque luego lo recusaría”). Una anécdota nos acompañará hasta el final de los días: en esa puja ética y política que fue la persecución de personas ligadas al ala comunista del mundo, el realizador Elia Kazan, que hacía de la obra de Miller viva imagen, habló. Miller le quitaría la palabra por años. Mención aparte para la azarosa relación con la rubia Monroe, a la que su inseguridad terminaría por agobiar al escritor y, posteriormente, la abandonaría, aunque Monroe tampoco sería una perla.

Consultados por el periodista, Miguel Rubio, de Yuyachkani, dice: “A mediados del siglo pasado, en Latinoamérica, el teatro empezó a plantearse con fuerza la posibilidad de un pensamiento propio, y de hecho se dio así, a través de influencias de autores como Arthur Miller, cuya noción del pensamiento crítico a través del teatro nos devuelve como un espejo para mirar nuestro contexto y nuestra realidad. Alonso Alegría, dramaturgo, hace lo propio: “Las obras de Arthur Miller reúnen tres virtudes que rara vez aparecen juntas: un fuerte compromiso político y social, una exigente conciencia moral y una ejemplar perfección artística. En la muerte de un viajante, Miller supo delinear situaciones límite cotidianas con tanta destreza como compromiso y corazón. Resumió emociones extremas con frases tan certeras y parcas que se han vuelto parte del idioma inglés. Finalmente, Ísola habla de la trascendencia de las obras de Miller, de su contundencia y fuerza dramáticas únicas. Sitúa al narrador al lado de Brecht y Samuel Beckett, como uno de los más grandes del siglo XX.

¿Y por qué escribo?

El primero de noviembre el mismo periodista, Sánchez Hernani, publicó un artículo sobre la efeméride noventa del desaparecido escritor Sebastián Salazar Bondy. Anteriormente publicamos una larga descripción sobre él, pero es menester insistir en la labor de este titán de la cultura peruana. Multifacético y prolífico escritor, estuvo ampliamente comprometido con el arte y con la política. Hugo Neira dice al respecto de Sebastián: “ligaba escritores con escritores. A estos, con la política nacional. Y a las ideologías con la cultura”. Ese carácter de su personalidad lo llevaría a ser fundador del Movimiento Social Progresista para las elecciones de 1962. Tentó una curul sin fortuna.

Plácido en el mar, bebedor de la fuente de la poesía, Salazar Bondy no ocultaba su indignación por las miserias de su patria. “Alguna vez lo vi llorar”, confiesa la viuda del sensible intelectual. En otra ocasión, al ir Nicomedes y Victoria Santa Cruz a su casa para una cena, quien ayudaba en casa se negó a servirles comida. “Cómo les voy a servir si son negros como yo”, le dijo al “Flaco”. El impasse fue superado por el propio Salazar Bondy: él se encargó de servir la mesa.

Me despido con las palabras de Mario Vargas Llosa, extraídas de una columna de un gran conocedor del intelectual de aguileña nariz, Alejandro Susti: “¿Quién de mi generación se atrevería a negar lo estimulante, lo decisivo que fue para nosotros el ejemplo centelleante de Sebastián? ¿Cuántos nos atrevimos a intentar ser escritores gracias a su poderoso contagio?”. Las encomiables palabras tenían bastante asidero: según cálculos del estudioso francés Gérald Hirschhorn, Salazar Bondy publicó en vida (1924-1965) cerca de 2.231 artículos periodísticos (500 de ellos dedicados a la crítica literaria).


(En la foto: un serio Monroe parece proteger a la insospechable Monroe)
Fuente: Pinterest

21-12-15

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Tarde caída

Se paró. Había dormido mal la anterior noche. El mueble, aunque confortable, no era para dormir. Se despidió de esa comodidad y del paisaje morado y citadino. Se resolvió a hacer. Antes, fue donde la abuela y donde el perro. Ahí, en esa parte apartada del librero, como quien niega a la realidad, la abuela está con el perro. Miran a cualquier otra parte que no sea el feo tráfico. Él los mira. La abue, como casi siempre, lleva un gesto adusto pero no por ello enojado; esa no siempre fue su cara, también tenía su broma cáustica, su buen hablar, su joda al nieto. A su costado, con el lomo frotado, está el perro. Él que se ha levantado del mueble los recuerda. “Hace solo unos meses…”. Quiere imaginarlos, de pronto. Quiere creer que pueden estar ahí. Mira la columna de la puerta de la cocina, el pequeño espacio de la pared en la que se apoyaba el perro jadeante y que observaba sigilosa y tranquilamente todo. No está ese pedazo de ternura marrón con pecho blanquecino. Ni tampoco suenan sus pisadas en el piso malamente lustrado. Recuerda el apretón que le daba en todo el lomo, en todo su cuellazo, ese apretón que quería dejar exhausto al perro pero que en realidad lo dejaba a él así, nada… Piensa en la abuela, y no está su chompa mostaza oscura, ni su olor a abuela, ni el sonido que salía –no se sabe cómo- de su boca. Tampoco las lisuras, ni sus cantos. Piensa en la cocina, y no está sentada. Ya ni hay música en la radio. La putamadre hay que aprovechar la tecnología…

Ya en el cuarto, piensa: “No volverán más… Para eso se vive, fíjate”, con sorna. “Ni modo”, vuelve a pensar, “en vida todo”.

Se para, va a la sala. El día sigue morado. Pasan los carros. Y nuevamente el atropello que lo recrudece todo: “¿Y de cuándo acá eso fue consuelo?”.


18-11-15

domingo, 15 de noviembre de 2015

El abuelo que quería mucho…



El abuelo quiere mucho a su nieto. Lo quiere con el alma. Todos se han ido del a casa, los hijos, los recuerdos, las fuerzas, pero queda el nieto, que es pequeño y al que le espera toda una vida por delante. Por ende, hay que enseñarle; sobre todo, se le debe amar.

El abuelo lo ama, lo ha querido mucho. El día a día es para él.

Una vez, la desgracia le toca la puerta. La revienta. Ocurre un accidente, el niño queda parapléjico. He dicho que el abuelo lo quiere mucho. Hay que ver al abuelo: sufre, sufre demasiado el pobre viejo. Le he visto enjugarse las lágrimas con el antebrazo y ver todavía húmeda la manga de la camisa. Lo he visto mirar al cielo y en su iris ver piedad. No me gusta verlo llorar, porque viéndolo temo por mi futuro… El viejo ha tocado puertas, nadie las abrió. Todos la revientan. Al nieto sus padres lo abandonaron, en el abuelo la esperanza se desgasta.

“Ya no se puede más… Mierda…”. Piensa el abuelo al ver al nieto. Este yace en la cama y ni Vallejo podría expresar el sufrimiento del muchacho. Esta tenso, al igual que su mirada. El nieto ve al abuelo, lo vio en las situaciones de anterior descritas. Una lágrima le brota. Nadie puede hacer nada.

Días, semanas y meses del mismo tormento. El abuelo quiere mucho al nieto. Pero no se puede soportar aún más. Entra a la habitación, ha exhalado sus últimas oraciones. El abuelo besa al nieto amargamente en la frente, y le toma la cabeza con firmeza pero con cuidado. No hay que hacerle… daño. Pasan con delicadeza infernal los segundos. El abuelo lo mira. Que se haga de una vez. Saca una pistola.

-Te vas…

¡Pum…!

-… Conmigo…



15-11-15

martes, 10 de noviembre de 2015

Estrategia para salir del tren



Se alejaba el tren verde y lo hacía sin hacer méritos para superar a su otro compadre verde, el Gusanito de los juegos. Ese sí era bravo y divertido y te permitía sacar la cara de la ventana… porque no tenía ventanas. Este tren verde, de excesiva seguridad, ni siquiera te deja comer plátanos en su interior ni tocar ni cantar canciones de guitarra argentinas.

Hasta te quiere dejar dentro cuando de él sacas una bicicleta a punto de armar por puro capricho.

-¡Baja, baja! ¡Apura! ¡Tan que cierran! ¡Hey!

Hombres y mujeres reemplazan lo que las puertas deberían hacer; no ceden la salida ni la entrada.

-Lo siento, señor-dice la seguridad- tendrá que esperar hasta el otro paradero (El Ángel).

“¿Qué? ¡Pasu mare…!”. Debajo de nosotros, las instalaciones de pesado fierro siguen soportando a las cientos de gentes que suben y bajan para abarrotarse en los vagones y viajar más rápido en esta ciudad lerda. Las colas de salida a la ciudad son otro sucedáneo de lo que ocurre dentro de los vagones y, ¿por qué no?, en nuestras urbanizadas vidas.

“Nicaragua…”. Un poco de show.

-¡Mi hijo, mi hijo! ¡Mi hijo, mi hi-jo…!-grita este señor. Pero ni el chofer ni el tren le hacen caso. Es más sus puertas se van cerrando todas. Sus antenitas monses se empiezan alejarse. El condenado me ha escuchado, se alucina más bravo que el Gusanito. Pero su retirada no es de alguien seguro, es dubitativa. De pronto se hace… ¿Lenta?

Se detiene el tren a destiempo.  Se quiere hacer el chévere, el pata, por eso se detiene. Se abre una de sus puertas.  Sale un brazo, de entre los cuerpos insertos; sale una cabeza con la pana. Sale también la bicicleta y su dueño, el de desmesuradas manos.

“¡Oe qué!”. Es un milagro.

-¿Qué fue?

Como si improvisara sus relajados blues, la vocera primera replica mirando indiferente en dirección a Tacora.

-Le dije…: “¡Mi braffo, mi braffo!”.


  10-11-15