jueves, 26 de septiembre de 2024

De cuando dejé las pepas

I

Adormecido, pero sintiéndome sin los pensamientos opresivos, esos que dañan. Esa es la forma en como me sentí tras una semana de disciplinado consumo de antidepresivos. El paroxismo de miedo que viví y su posterior “derrota” bien valían la pena esas mañanas cansadas en que recién me ponía a trabajar por la tarde, me tranquilizaba. Ese cansancio más la pérdida de libido, esos los efectos secundarios. Ustedes me entienden. Una semana después, un viernes, empecé a sentir sentimientos físicos de intranquilidad. Estaba al tanto de eso, sabía la armada cognitiva, los embates del TOC como pensamiento, pero esto, esto era diferente. La intranquilidad, la sensación de nerviosismo sin causa aparente. “Chanfle”, me decía, pero aún así fui a entrenar jiu-jitsu aquel viernes. Complicado, pero lo logré. Terminé el entrenamiento cansado y me fui con el nerviosismo a casa.


Una semana después, me citaba con una psiquiatra. Ella me tranquilizó. Me dijo, a diferencia de la desafortunada (por decir lo menos) psicóloga que deslizó que podría tener rasgos psicopáticos. La psiquiatra me dijo que, para entrar en esos comportamientos, de esquizofrenia, de ultra violencia, tendría que haber una historia. Ahí mis conocimientos de ciencias sociales intervinieron para darle pausa al pensamiento mágico: no te vuelves loco de la nada, mi bro’. Y se cerró ese capítulo. “El TOC puede controlarse con pastillas, con terapia psicológica o con las dos”. Esa idea me dio vueltas. Por la noche, estaba arrojando a la basura los antidepresivos recetados en el Larco Herrera, dos semanas atrás, luego de una crisis horrenda de ansiedad más TOC.


Como dije, había tomado disciplinadamente mis ansiolíticos y mis antidepresivos. Por dos semanas. Y ya había sentido esa sensación de ansiedad física que muy rara vez había sentido durante mi vida. Aquel sábado, al día siguiente, me fui a mi clase de dibujo. La situación fue aparatosa. Difícilmente podía concentrarme y a mi incomodidad física agregaba pensamientos terribles, ansiosos en relación a la modelo. Era espeluznante. Pero aguanté. Salí como pude, tomé un taxi a casa pues no quería sumirme en el transporte público. Llegué a casa y me refugié en páginas de Instagram sobre terapeutas. “Ay, carajo…”, me decía. A la vez, pensaba en la nueva receta de pastillas que la doctora me había recomendado. Y que guardé como carta bajo la manga. Quedé dormido.


II

Al día siguiente le pedía a mi padre que me acompañe a la farmacia. O tal vez él me lo dijo. Preferí ir a comprar lejos las pastillas. Por vergüenza, la vergüenza de los que se sienten bajo el yugo de sufrir una enfermedad mental. O condición. Nos fuimos lejos, a Breña. Y ahí compré las pastillas.


Según lo que sabía, las debía consumir por la tarde. Y como era temprano por la mañana, decidí matar el tiempo leyendo mi libro de TOC, el cual, para ser sinceros, no había pasado nunca de la página de diagnóstico, nunca revisé los tratamientos a seguir, los pasos, nada. En el pasado, solo me había reconfortado saber que algo tenía y luego la lucha mental cedía. Pero esta vez, con los pesares a cuestas, revisé. Y me puse a pensar: “loco, ¿es que has intentado esto antes? No necesariamente”. Y seguí pensando. En tanto, la hora de la pastilla se iba alejando.


Era 24 de setiembre y ya el sol empezaba a salir con timidez. Era domingo y aproveché mi golpeada situación para salir al mar y reflexionar. Como lo había hecho 10 años antes cuando iba a la bajada Balta a reclamarle al mar con mi paseo solitario por qué diablos tenía miedos y pensamientos intrusivos. Voy para allá, me dije, y driblée los pedidos de mi madre de que la acompañe a misa. “Primero yo”, era mi mantra.


III

Tome la combi. Mi plan era tomar el Metropolitano e irme al sur. Pero sabía que quería caminar. Me bajé en 2 de Mayo y fui orientando mis pasos no hacia la estación, sino hacia las cuadras que venían. Opté por cruzar hacia las calles de las putas, tal vez para entretener la vista. Pero seguía sumido en mis pensamientos, en una decisión. Caminar ayuda, y el sol también. Eran como las 4 de la tarde y comenzaba a reflexionar en lo que chucha haría. En qué debería hacer de cara al futuro. Me acordaba del libro, del pasaje de tratamiento cognitivo, y mover las piernas, no lo sé, me infundía ánimos. Seguía con miedo, pero quería pelear. No quería estar como un imbécil, cansado, sin que se me pare, que era como estaba con las pastillas. Entonces dije, sin pepas, conchasumadre. Creo que no menté la madre, pero ahí ustedes sienten el feeling.


Ver a un brother fornido, lateando con sus pitbulls sin cadena, el desorden de las calles aledañas a Plaza Bolognesi fue lo último que necesitaba para decidirme: no, pepas, carajo. Y me di media vuelta para acompañar a mi madre y a mi tía a la misa de otra tía familiar. No iba a tomar pepas, mierda.


IV

Envalentonado por la decisión y por el sol, aquel lunes transcurrió normal hasta las 6 y tantos de la noche. En clase, así de la nada, comencé a sentir nuevamente esa intranquilidad física, nerviosismo, desespero, querer largarme del aula y ocultar mi sufrimiento, pero por las huevas no había tenido una crisis que me había hecho salir bárbaramente de mi normalidad. Ya conocía, pensaba, eso: no era que me volvía loco, era no lo sabía, pero loco no me iba a volver. Era, era algo distinto. ¡Era ansiedad! Coño, me enojé. ¿Y de cuándo a aquí tú? Respiraba, mientras el profe daba las clases. Respiraba, mientras los alumnos hueveaban en lo suyo. No podía ceder, no podía largarme, tenía que aguantar.


Las clases terminaron y fui directo a la biblioteca. Busqué un libro de ansiedad desde la terapia cognitiva y supe clarito que tenía que fotocopiarlo. Hablé con una amiga mientras estaba ahí en la biblioteca, la reconforté, me recuerdo. Y me fui a casa. El infierno se trasladó a mi cama.


He tenido sueños locos, pero nada tan desesperante como estar embargado por el miedo, la desesperación y al mismo tiempo intentar mantener la calma pues sabes que no te vas a volver loco. Los pensamientos, las imágenes eran de caos, de desorden, de jalones hacia el grito. Creo que no tenía noción de respiraciones, solo intentaba mantener la calma y guardar a que me llegue el sueño, mientras mi mente se batía en inundaciones de pensamientos y sensaciones desesperantes. “Uy, ahora sí quemé”, y pensaba en, ahí nomás en la madrugada, irme a Emergencias del Larco Herrera y que me encierren.


V

“Papá, ¿me puedes acompañar al Larco Herrera?”, le dije esta vez queriendo confiar en alguien y ya como última opción. No eran ni las 9 de la mañana y no iba a trabajar. Tenía que resolver eso. Y el taxi llegó y me subí con mi cara de poto. Mientras bajaba las escaleras sentía la misma sensación cuando me fui a ser operado sin anestesia al Almenara en el 2009. Golpeado, con miedo, viendo qué pasaría en el nosocomio.


El taxi fue otra odisea, el espiral de ansiedad física como cognitiva, el miedo incansable subía en decibeles, entraba en pánico, pero a Dios gracias, ningún acto que lo revele, solo sufría por dentro e intentaba guardar la calma. El miedo aparatoso me ganaba por completo y alucinaba o sentía (esa es la palabra en realidad) que mi cuerpo pesaba y que mis puños se volvían pesados y, te lo juro, se volvían verdes y venosos como los de Hulk. “Quemaste”, hermanito, me decía, y miraba la playa y la avenida Brasil. “Aquí me quedo”, pensaba al ver las paredes amarillas del Larco Herrera.


Yo ya conocía el procedimiento. Ponía cara de circunstancias y exageraba en mis palabras, pese a que notablemente estaba en alarma. El guachimán nos dejó entrar y esperamos a que un joven psicólogo les hiciera triaje. Él fue mi ángel de la guarda. Pasado el joven que había recaído en no sé qué enfermedad, fue el turno de contar la mía. Aproveché que, en ciertos momentos, guardo la compostura y me deshago en frases selectas. Conté con pormenores mi situación. Todo lo que han leído. Lo de las pastillas, la recomendación de la psiquiatra, el abandono de las pepas, el día en que dejé de tomarlas, la


-          Es un efecto rebote – me dijo-. Es la abstinencia de las pastillas, es el corte repentino de haberlas cortado.


Por fin, todo mi mundo volvía al orden. Todo encajaba. Todo volvía a su sitio. Su conocimiento, serenidad, pero autoridad también ayudaron. Temblé y dije que sí ante la pregunta de si deseaba una cita de tratamiento.


Entretanto mi padre conversaba a su estilo con el guachimán, yo pensaba en lo que había sucedido. Estaba golpeado, pero más sereno. Lo que vino después… A mi estilo retiré a un psiquiatra muy cuadriculado, a la antigua, obtuso y sospechoso, que más se concentraba en las jovencitas practicantes que en mi caso. Le pedí con la misma cara de poto con que había bajado las escaleras de mi casa que prefería hablar con el joven que me hizo el triaje. No me importó que él me diga que él era apenas un residente, que él sí tenía los galones. Le dije que quería verlo pues, mano, confiaba en él. Y así se hizo. Esperé un momento más y pudimos conversar.


Ese muchacho tiene un talento especial para ser psiquiatra. Su tacto y su llegada incluso me hicieron que suelte algunas lágrimas. De hecho, me dijo que lo mío no era tan necesario ser tratado con pastillas (algo que me reconforto) pero por razones de protocolo, igual, me recetó algunas. Yo las compré, también por protocolo. Me despedí de ese muchacho que de hecho fue un ángel y con mi padre nos fuimos por el Hospital. Él me hablaba, como siempre, de su pasado, y yo, nuevamente, pensaba en cómo iría resolviendo las cosas de ahí en adelante.


VI


Eso ocurrió exactamente hace un año. No he botado, esta vez, las pastillas que compré. He atravesado momentos difíciles de ansiedad, siempre física, pero ahí le damos. Escribo esto como memoria, como recuerdo, de uno de los episodios más pendejos de mi vida. A inicios de mes sentí una sensación corporal, era como si mi cuerpo me dijera: “papi, se acabó”. Y no les voy a mentir, he tenido sí, ansiedad, pero no como la que he tenido julio y agosto, los meses de ansiedad física más pesados.


A estas alturas conozco bien a la ansiedad. Conocer sus manifestaciones es vital para que no se pase de la raya y te lleve al suelo, como me llevo hace un año y de la cual, creo, me he sabido levantar.




26-09-24

martes, 23 de julio de 2024

Ese mi Carpe Diem emocional

 

Recuerdo que cuando ya había salido de lo más hondo de la crisis TOC, me decía: “Ojalá tuviese solamente ansiedad. Comparado a lo que siento, tener ansiedad no significaría nada”. Ahora me estoy tragando mis palabras. Una vez dejé de tomar antidepresivos, allá por fines de setiembre, sufrí lo que se llama el efecto rebote, que es algo así como el restablecimiento de tu “normalidad” cerebral. Para entendernos: el antidepresivo cumplía una función tal que impedía el torrente de bioquímicos que producía determinados estados emocionales en mí. Al quitar el tapón, toda una suerte de parafernalia psíquica se chorreaba en mí. Ese es el contexto.

Cuando me restablecí, cuando empecé a aplicar técnicas de la terapia cognitivo conductual, es que lancé esa declaración triunfal. Sin embargo, a mediados de enero, empezaron a sobrevenirme manifestaciones físicas de la ansiedad. Tensiones, sudor en las manos, sensaciones de miedo, nerviosismo, temor. ¡Putamadre! ¡No otra vez! Pero había algo importante: si bien aún arrastraba ciertos temores de índole cognitiva, sabía como hacerles frente. Había leído y leía al respecto. Era cuidadoso y por eso me sentía seguro. ¿Pero quién me explicaba esos efectos físicos?

De enero para julio, ha sido una lucha sostenida en la que mi conducta y mi mentalidad han ganado la mayor de las veces la partida. Sí, me he sentido como la mierda, pero aún así he ido para adelante. ¿He tenido TOC? Sí, pero con respiraciones y metodología lo he ido dejando en la nebulosa. Dentro de todo, he sobrellevado en mis términos la condición del TOC/Ansiedad y me he visto favorecido. De lo bueno, he agradecido. De lo malo, he aprendido. Así han sido las cosas. Todo aquello que signifique un reto para mí, lo he tomado. He ido a salsa, palteado. Me he ido de viaje, palteado. He bailado, palteado. ¡He puesto a raya mi ansiedad!

Pero ha sido a la ansiedad cognitiva, con la que puedo lidiar. Al menos con sus versiones más sutiles. Hace unas semanas sufrí un bajón anímico que me palteó. Eso pegó la vuelta el lunes tras mi regreso de viaje y pensé que era, tú sabes, el retorno a mi normalidad, el dejar en el pasado una muy bonita experiencia, etc. El ejercicio me ayudó a manejar lo que pasaba y con creces.

Pero me sobrevino, nuevamente aquella tensión conocida. Diantres. Luego los bajones anímicos, primero suaves. Intenté ponerme a prueba tomando café para hacer frente al demonio en vivo y en directo. Pude lidiar con el nerviosismo. Disfruté su trifulca. Pero domingo y lunes tuve esas caídas de ánimo más energía que hicieron que sucumba en cama. Debilidades emocionales que se ven acompañadas por emergencias de ansiedad cognitiva, quiero decir, funestos pensamientos de descontrol, de pena, de desequilibrio. ¡Una lástima!

Eso ha sido un verdadero golpe para mí en estos días. Días en donde el desconcierto, la derrota, la sumisión ante algo que no puedes manejar se mezclan. ¿Debo tomar medicinas? Es algo a lo que me niego. Yo no tenía estas manifestaciones antes de empezar a tomar pastillas. Pero ese soy yo. Con todo, soy funcional, puedo echar para delante. Pero estos últimos días han sido de miseria emocional. Esa es la certera descripción.

¿Por qué escribo esto? Para narrar mi vía crucis, o más bien mi carpe diem emocional. No sé qué ocurra mañana, pero en estos momentos me siento tranquilo. O al menos sin el monigote de la desesperanza. Eso es bueno.

Al momento de prepararme la cena, puse salsa y quise que mi cuerpo sienta la energía, la rumba. Lo gocé. Al momento de hacer mis ejercicios, cojones, para despegarme de la mala vibra con la que había estado casi todo el día, tuve que diseñarme in situ estrategias. Tales de por qué recoger las pesas, cinco razones por la que debería hacer un muscle up, cinco motivos por las que debería subir y bajar al momento de hacer squats. Puede sonar hasta estupefaciente, pero créeme que, aunque no de manera inmediata, mi estado de ánimo cambiaba en esos momentos. Me mostraba furibundo, me mostraba agradecido, me mostraba hasta sabio y distante de mi emocionalidad marchita. Y me dije, wow, está bueno. Quizá deba aplicar estas estrategias cuando el tsunami de la desolación te acecha.

Cuando me digo por qué debo de estar agradecido, mi estado mental se enfoca en lo positivo y eso alienta mi perspectiva de futuro. Cuando me digo que recuerde cosas que me hacen reír, pienso en comediantes norteamericanos, en mi flow al momento de hacer reír y eso me carga la seguridad. Cuando me digo por qué debo hacer ciertas cosas, eso refuerza mi energía, mi ímpetu, mi encabronamiento y de eso tengo cuidado, pues la idea, mi idea, es no guiarme por emocionalidades y estar en equilibrio. Por eso mencioné antes lo “sabio”. Pero si hay una emocionalidad buena no soy gil y la sigo. Es así como terminé besando a esa mi chica hermosa, de hecho.

He detallado, entonces, un poco lo que haré de aquí en adelante. Cosas por las que debo sentirme agradecido y cosas que me han hecho sentir de buen humor. La caída está a la vuelta de la esquina. No se trata esto de un optimismo barato y toda la química y complejidad cerebral se van al carajo. No. Pero quiero intentar las cosas a mi manera. Me duele mucho no ser el tipo funcional y con posibilidades en el que me he reconocido últimamente. Por eso la seriedad, la urgencia, y por eso este mi tiempo de escribir lo que he escrito. Soltar, escribir me ayuda, hay también una suerte de deleite al atrapar en palabras eso por lo que atravieso. Y si, como he dicho también muchas veces antes, ayuda, pues… en buena hora. Salve. Que tengan buena semana…

23-07-24

jueves, 9 de mayo de 2024

Fintas en la plaza

Es la plaza de Barranco. Es jueves por la tarde. El viento ya empieza a correr. Hay personas, pero estas caminan sobre todo, van de aquí para allá. Entonces el área que da a la biblioteca, por ese anfiteatro, anda vacío. Dos árboles, contrapuestos, se miran. Son más de las cinco de la tarde y la gente se empieza a liberar de las amarras del trabajo, también del colegio. Una manchita de cinco escolares, de primaria con seguridad, se aparecen con ese andar de chibolos despreocupados. De inmediato se instalan en esa área y yo temo por mi pizza y por mi hambre. La pelota empieza a rodar.


Es un equipo de dos contra dos. Al inicio, lo que se ve es aquel juego desorganizado, casi sin ganas, de los chibolos que juegan por jugar. No hay pelotazos, ni tiros largos, normal entonces, me digo. Aunque de vez en cuando devuelvo con el pie lleno de arena la pelota que llega hacia nuestra banca. Primero la elevo, a la siguiente la piso y luego la elevo con la punta como intentando que alguno la pare de pecho, como intentando también decirme “aún la tienes, campeón”.


Sigue la charla con Isa. Hablamos de nuestras cosas, de la vida, del proyecto de cada uno. De pronto, el juego de los muchachos se ve interrumpido. Es la antigua, es el “oe’ pa’ jugar pe’” de un par de muchachos recién llegados sin uniforme. Isa y yo nos vemos, la interacción. Uno de los chibolos, que está “en la banca” que es una grada, se agrega a la conversa de si los aceptan o no. “Es que no es mi pelota”, “dile a él”, “oe, pero tú que dices…”, se pasan la pelota del sí. Los chicos del Saco Oliveros están ante la prueba del juego de la calle. Los recién llegados, por la fuerza de las cosas, ganan. Atrás de ellos, un hombre viejo, celebra el ingreso. Es… como si fueran sus pupilos.


Rueda la pelota, 2 contra 3 del colegio. Yo me olvido de esta conversa muy importante de adultos pues uno de los recién llegados, un muchacho de chompa azul marino, short negro y gastadas zapatillas de fulbito rojo oscuras, empezó su baile y quiebra las cinturas de los escolares que o caen al suelo o conocen la burla en el balompié.


Isa y yo estamos enganchados. “Qué paja ver esto”, digo acordándome de los tiempos en que mataperreaba y jugaba al ras de la pista. “Qué paja ver esto… aquí en Barranco”. El chibolo de chompa azul no deja de mostrar el chocolate, haciendo piruetas, haciendo fintas, enganchando de acá para allá, y las defensas que ven torcidas sus humanidades mientras aprenden la dura lección del quien sabe pisarla más. El chibolo quiere más. “¡Chalaquita!” y ni corto ni perezoso eleva la pelota y cuando esta se encuentra a la altura de la cabeza tira su cuerpo para atrás y patea hacia el arco.


“¡No vale!”, grita el gordito que en definitiva será el líder de los escolares. Y demostrando la cancha de su viejo o de sus tíos remata: “Muy alto” y señala el travesaño invisible. La pelota vuelve a rodar.


La gente, o para ser más precisos yo, estamos gozando el juego del de la chompita. Su comparito, que parece ser un niño venezolano que porta la camiseta de la selección de México, juega para él, le da pases. Se ha integrado otro muchacho al de los recién llegados. Este juega descalzo, pero no es tan prodigioso como el muchacho de la chompa azul, que, al escuchar el asombro y la celebración de la platea, o sea mía, ya se la cree y empieza a fintear más de lo debido, pero es el ego del pelotero. Ahora se le escucha, “ahí-va, ahí-va”, “¡apura, apura!”, para driblear con la voz, para hacer torcidas de cadera que con el cuerpo engañan, entra en onda y empieza a caminar guapeando, rengueando, moviendo la cadera, exagerándola casi como el caminar de un cojo. Como el caminar del buen chocolatero.  


-          Ese muchacho, en unos años, llegará a la selección – dice entre cachosa y optimista Isa mientras arropa en protección a Fifi, su tembloroso schnauzer.


-          O quizá solo termina en buen pelotero de barrio -respondo pensando en aquellos muchachones que, otrora, hacían brillar pistas y canchitas de loza y que hoy hacen lo mismo en céspedes artificiales como preámbulo para el fullvaso.

 

09-05-24




 

miércoles, 9 de septiembre de 2020

First English Entrada on my Old Blog : )

 Hey, yo! What up? I'm Humberto. But this time I decided to choose a diferent name for the ocassion. In this opportunity, I decided to use my second name. Why? Because I realized that it sound so good when I spell it / pronounce it. But that happens when I use my Spanish. A whole different thing occurs by pronouncing him in Portuguese. By doing so I go happy (yeah, I am using go as well as I could use got because... because it works in that form as well)... I mean. Yeah, try it. I can wait: try to pronouce it: Salvadoj, right? But with my first name, which is Humberto, the sounds really changes because... just try: Humbejjto. Caraca, isso suena...! Oh, hahaha trying to write in Portuguese (keep it there, dude! It ain't our time. So... Well. Yeah.. This is my blog. My first entrada (¡Spanglish!) after a whoooole year. But, my man, I had to do it. If I don't write things are gonna get lazy. I mean, gonna get tela. And I don't like it.

I am trying to write good things. For instance, I'd like to try out some remarks about / impressions about the movies I usually watch and stuff like that. Hey, wait a minute. I was reading some stuff today about haistyles and turns out that hairstyle means peinado and haicut means corte de cabello. Style and Cut make the very whole difference (hey yo, cuz, if you're reading this! I beg you mercy but... I go loco with this adjective "very" / It just reminds me of the word "mero". That's it...). Well, I'm feeling the flow so... Where I was at? Oh, yeah! So, think twice whenever you want to talk about hair stuff, my man. Because people over there is kinda crazy and they might get mad if they see a non-native speaker trying to sound native... by making those little though awful mistakes. So, bear it in mind.

Yeah, as you might noticing I'm trying to keep the timing. I think this time I won't write about the movies I've saw just the last days but... Let me tell you something BROOO: these are the phrases / expresions that I picked out from the movie I saw (A baaaadass movie called Gladiator (1992), you can find it on Netflix, btw). They are as follow...


- Don't muscle it! 


This phrase is said at/in the very moment a boxer is blocking (I'm pretty sure there is a more accurate word for it) a hit and his trainer is getting mad because that's not the way he should... react / respond. I mean, the boxer is getting emotional, he ain't thinking and boxing, in the words of the trainer, is all about strategy, it's a mental sport! So... That's why he said that in the very moment they both are kinda locking their both arms resembling (OMG! I'm using this word! Resembling means ASEMEJAR! WTF! hahaha) Be serious, Humberto! resembling two fluffy (descarados, yeah! I just want to use my new stuff! xD) renos amidst a fight (you can also use the word amid, they are just the same haha) 


So, why all that long paragraph? I'm giving you context, nigga! (Oh, fuck the N-word!) :c "Don't muscle it would be translated into... No lo fuerces! (that's the Google translator's suggestion haha) But you can use it, my man. 


The other one was... I got it immediately, you know? Was: ANGER IS THE ENEMY. And otherwise my crush language is Portuguese I readily translated it and this was the result / outcome (I think outcome is out of context,  btw): Raiva é o inimigo. Yeah, a badass phrase that summarizes the motto of the good boxing (WTF, Humberto?). Keep thins in order, don't be a fool, think, papi, think! be smart! Wise up, my bro! Bunches of phrases. So... Gotta go, I hope you enjoyed the reading, ma n... :0 


And remember. "keep the language simple and concise", just as the IA robot who wrote that long and atemorizante article for The Guardian! A robot, dude! We're doomed! T_T! 




miércoles, 12 de septiembre de 2018

Si te hablara de un libro…



El año pasado tuve un percance en el lugar que trabajaba, una biblioteca. Había extraviado un libro y, por una ligera consecuencia, tuve que dar cuenta de todos los libros que alguna vez me presté. Sude frío, no porque haya sido autor de otras pérdidas, sino porque si no encontraba entre el desorden existente los otros libros de mi nómina, yo sería el irresponsable, el culpable, ¡a pesar del certificado descuido de sus organizadores!

A sabiendas de eso, igual me mandé con la seguridad del padre que sabe que ha educado muy bien a sus hijos. No podía ser de otra forma: tanto tiempo en esa biblioteca, tantas incursiones en sus estantes, tantos ordenamientos me dotaban de una natural familiaridad para reconocer, de lejos, cuál libro era el que buscaba, cuál no.

Así las cosas, igual caí rendido por el milagro de encontrar los libros. Uno por uno los iba encontrando, sabedor de que el reconocimiento de mi inocencia estaba a un solo paso. Fue mágico, era como si ante cada encuentro, los libros me guiasen, me hablasen. Por ahí, por ahí, ¡ahí está! Eran como seres vivos.

Al final, encontré todos los libros, menos el extraviado. Tenso, estresado, todavía más por el calor de ese tórrido verano, dudaba, me esforzaba en encontrar aquel libro, pero era en vano. Igual, mis amigos los libros me tenían reservado una jugada que mejor no les develaré. Quédense conformes, apareció el libro y santo remedio. Los lectores, con su libro. Yo, con mi libertad.

Salí de la biblioteca caminando feliz con mi bastón (semanas atrás había sufrido una lesión en el tobillo derecho). Tan alucinado estaba que me prometí algún día beberme unas cervezas solo con mis libros. Ahí sentadote y ellos mirando, observando, también bebiendo con su vaso servido. Aunque no crean, cumplí esa promesa como cuatro semanas después, cuando en un bar del centro le preparaba el vestido de fiesta a un libro de fotografías de un español. Cortaba el vestido y él, con su vasito, mirando. Me sentía loco y por eso bacán. Pero siempre es mejor tomar con un amigo.

¿Por qué digo todo esto? Es la fuerza que me transmite esta imagen. Hoy tuve la oportunidad de dar una charla como a más de 200 jovencitos y jovencitas de secundaria de mi querido distrito de El Agustino. Tranquis, ellos estaban separados en dos turnos, pero igual era todo un desafío mantener su atención. ¿Sobre qué? Sobre mi tema, que era del poder de la lectura. Felizmente los hice reír, aunque también reflexionar. Igual no estoy conforme con este tipo de actividades pues el tema del aprendizaje, creo yo, tiene que ver más con los procesos que con los puntuales certámenes.

Por temas de tiempo, tuve que apelar a dos temas ágiles: al del libro de mi causa el buen y joven escritor Luis Palomino y, haciendo gala de mi capacidad de entablar relaciones, conecté un dibujo de Bruce Lee con el libro del Tao y El Combate, obra del norteamericano Norman Mailer que narra la histórica pelea entre Muhammad Ali y George Foreman. Sobre el primer tema, comenté algo vital pero manoseado: la persecución del ser humano por sus sueños. Igual, sirvió para explotar de euforia y ponerme a hablar con estos jóvenes que cargaran sobre sus espaldas al mundo. No me negarás, Luchito, que a pesar de mis tardanzas yo te soy un muy buen embajador.

De otro lado, empleé la célebre metáfora de Lee: “be like water, my friend”, la cual conecté con un pasaje del Tao Te Ching que habla sobre la victoria de lo débil sobre lo fuerte, lo bajo sobre lo alto, las antinomias. En ellas, la capacidad fluida del agua se precia de ser una virtud para sortear, según nos propongamos, los obstáculos.

¿Y qué tenían que ver los morenos? Pues empleé la pelea Ali-Foreman como clara y concreta muestra de cómo esa reflexión se ejecuta. En la pelea, Ali dispone la siguiente estrategia: amortiguar los golpes de Foreman y a la vez provocarlo. Foreman, rabiosísimo, cae redondo: los sendos bombazos lo han dejado exhausto. Ali sabe lo que tiene que hacer.

Apelar al ejercicio boxístico me sirvió para jugar como un teatro con los chicos. Los entretuvo. Yo era Ali y un par de estudiantes hacían de Foreman. Risas. Eso me parece bacán cuando tengo la impresión de que pocas veces los juegos en la escuela –me refiero en el aula- tienen un objetivo premeditado por que sus estudiantes aprendan. Ojalá me esté equivocando.

También durante mi participación les hablé y mostré mis dibujos. Hablé de un poeta, de un… amor y del personaje de una película. ¿Si me escucharon las como 200 personas? Aunque quisiera mentirles que sí, lo más probable es que no. Lo que sí sé es que terminada la jornada una adolescente se me acerco con lapicero y papel y me dijo: “¿Me puedes decir el nombre de la película?”.

Creo que hubiera sido tonto de mi parte decirle que vea “Leon, el profesional” en la compañía de un adulto. 



12-09-18

miércoles, 8 de agosto de 2018

Oigo a La Balanza



I 

Debería despegar los ojos de mi libro, pero está tan interesante la lectura que persisto[1]. El carro, este alimentador de la ruta 11 del Metropolitano, ha dejado a medio mundo fuera para donde ya estamos. Donde ya estamos, o sea, aproximándonos a la cancha conocida como el Cupa de La Balanza, es donde suelo ver este lugar como lo vi por primera vez: allá en sus partes altas, tres años atrás, con oníricas imágenes de aves libres en los soportes de los muros de los barrios. Han sido muchas las veces que volví a entrar. Muchas las veces que no le presté atención a eso, pero esta vez, quizá por venir después de buen tiempo, volví a mirar siguiendo esa especie de ritual. Vi y me quedé sorprendido. Estamos en agosto, he venido por estas mismas épocas antes, y me quedé maravillado. ¡Los cerros estaban revestidos de un húmedo tapiz verde! ¡La neblina jugueteaba con las puntas de los cerros y, bajo ellas, esa alfombra verduzca como queriendo enamorar ataviada de sabor a selva! Me quedé impresionado y bajé del carro ya con otras intenciones en mi mente. Lo programado ante la reunión prevista, a la que llegaba tarde por 20 minutos, se me esfumaba ante el verdor.

II

¿Tanto trámite para venir por apenas 10 min? Bueno, yo había cometido el error, pero también la otra parte… No seguiré. Como otros son mis objetivos, fui a buscar a uno de los más más de La Balanza: Jorge Rodríguez. “Ojalá esté”, me dije para mis adentros, sabedor de que a veces este padre de Fiteca[2] tiene la agenda apretada y suele viajar. Bueno, ni modo. Me dirigí a su casa y llamé a un amigo, psicólogo del barrio, para también conversar por si no salía lo de Jorge. Al final, ambas cosas salieron y mi amigo también se dio cita en la casa de…

III

Como muchas veces suele ocurrir, Jorge me abrió la puerta de su casa y me invitó a entrar. Lo hizo tras 10 segundos de conversación en su puerta. Pero se decidió como si entrar a su casa viniera bien tanto para él, como para mí y para la visita.

Entré y había un hombre alto, moreno y de mano fuerte al saludar. Se paró y me dijo: ¿Oye, no nos conocemos? Bueno, quizá, dije yo, pensando que era brasileño o algo por el estilo.

Al final, había sido del barrio, amigo de la infancia de Jorge. Roberto se llamaba, un tipo A1 que, contando de sus muchos amoríos, me recordó a un tío mío. Sus piernas largas se extendían en medio de la mayólica del piso. Y Jorge, sentado en el tercer mueble lo oía, platicaba conmigo. Se formó la charla.

Los temas que se tocaron fueron varios. Yo me estaba adaptando al ambiente y los oía. Les escuchaba cosas como la violencia, el consumismo, las posesiones, etc. De la nada, el hombre del barrio cuenta que es un tipo humanista, que no pasa la violencia, que no comprende que un primo suyo se las agarre con los venezolanos solo para pasar por alto su pésima calidad de vida (aunque onerosa, lucida). Reproducía las palabras de su familiar con tantos detalles que revelaban a una persona irracionalmente agresiva. Lo interesante fue cuando dijo: “yo voy a hablar con mi primo. Le voy a decir no te conozco, compare. ¿Estás confundido? ¿Yo no te conocí así? ¿Por qué hablas tantas huev…?”.

Para entonces, había mencionado, con ese castellano que contiene años y años del idioma inglés por sus años en Gringolandia, que tenía una pistola en su casa. “Sí, tengo una pistola. Pero me siento incómodo con ella en casa. O sea, me gusta disparar. Me gusta la sensación cuando disparo. Y disparo bien, ¿eh? Solo que tenerla en casa… Hay veces que me dicen: oye, pero cárgala. ¿Y si roban en tu casa? ¡Pero a mí que me importa que entren! Si entran, yo le diré al ladrón: bueno, debes de estar más desesperado que yo para venir por mis cosas, así que llévatelas y espero que te hagan bien y reflexiones… Pero si el ladrón está fumado, bueno, solo me agacharé y me cubriré la cabeza y diré: llévate todo. Es que… Yo soy como Ghandi. Si me tiras un cachetadón, te doy la otra mejilla, pero para que me des un puñete. ¿Me entiendes? Un puñete. Ahora, lo estamos escuchando…, ahora que “Mónica” está embarazada no sé cómo reaccionar, ¿no? Es una nueva situación. No la he pensado, pero… Pero bueno.

Llega la hermana de Jorge y se empieza a platicar sobre los delincuentes, los robos. ¿El problema es el contexto en donde se mueven, la realidad, como lo plantea Jorge, o el tema es de valores, de principios aprendidos por la enseñanza de los padres, como plantea este morenazo y la hermana de Jorge? La hermana cuenta:

-          Está el caso de ese hombre que vio a un pata pegándole a una mujer y se metió. Lo abolló. Y el otro sacó su pistola y le disparó. En el hospital, la familia del hombre escandalizada. Y el hombre de lo más normal. Cuando le preguntaron él respondía: “Bueno, me dispararon. ¿Son cosas de la vida, no? Pero yo no podía, no puedo soportar ver que le pegan a alguien. Yo no soporto la injusticia.

Roberto se explaya. Es que los delincuentes son delincuentes porque están resentidos con la sociedad. A ellos les han quitado, les han pegado, los han violado: ¡Ellos están resentidos con la sociedad!

Entonces yo me pongo a pensar en que: ¿este tipo no será demasiado comprensivo? Ok, le pasó algo muy feo a ese tío, pero: ¿y yo qué tengo que ver con que haya caído en la mira de un ratero, de un violador, de un borracho? ¿Para quiénes son este tipo de posturas? ¿Para los muy serenos, para los muy sabios? Es que es verdad, pero también es verdad que no todos estamos preparados para reaccionar a estas situaciones. No sé si se me entiende…

IV

Es verdad que la plática está buena. Es lo que siento. Así nomás no se habla con esta anchura, honestidad y respeto. Yo no. No me muevo en tales espacios… Como si de un acto mecánico se tratara, aprovecho todo este ambiente y saco un libro. ¡Justo en la página que quería! La “L”, o sea, cincuenta, la misma que en el libro que tengo, El Tao Te Ching, señala al pasaje de El arte de vivir, que es uno que me gusta mucho y que empieza…

Un camino de ida es la vida
Un camino de regreso es la muerte…

Se lo paso al moreno, prosigo conversando con Jorge. Su padre ha llegado, un buen anciano (“rejuvenecido”, dirán sus hijos), entrado en años y se sienta al costado del invitado. Mientras converso con Jorge, veo cómo el moreno lee el pasaje. Vuelvo la mirada a Jorge y lo escucho. Vuelvo los ojos y Roberto ha sacado un celular: “¿Lo habrá sacado para wassapear o para tomar foto?”, me digo. Y, en efecto, lo ha sacado para registrar la parte. El libro termina en las manos de Jorge. También ha llegado mi amigo el psicólogo Daniel. Se sienta a mi costado y Jorge lee, con su voz de artista…

Un viaje de ida es la vida.
Un viaje de regreso es la muerte.
Secuaces de la vida hay tres entre diez.
Secuaces de la muerte hay tres entre diez.

Hombres que por anhelo de la vida
Mueven la palanca de la muerte,
También de estos hay tres entre diez.
¿Por qué lo hacen?
Porque quieren vivir intensamente la vida.

Siempre he oído decir,
Que quien conoce el arte de vivir
Se va por el desierto
Sin evitar rinocerontes y tigres.
Pasa en medio de ejércitos sin coraza ni espada.

El rinoceronte no tiene lugar para clavar su cuerno
Ni el tigre donde hundir sus garras.
Las armas no tienen filo para penetrar.
¿Por qué razón?
Porque no existe en él lugar mortal.

Hay quienes lo entienden y hay quienes no. Yo lo entiendo con el corazón, así que no detallaré. Jorge comenta que él es más del hacer, que por el “hacer” ha sacado buenas reflexiones. No tengo ánimos de entrar en polémica sobre si importa más la vía empírica o la teórica, creo que ambas se alimentan, pero proseguimos…

V

¿Cómo así aparecimos en el periodo pre-hispánico? No lo sé. Lo que sí sé es que por 12 minutos aproximadamente Daniel se mandó con una exposición sobre el periodo incaico, las invasiones, los modos de concebir el poder según los incas, las formas de relación familiares, que resultó muy estimulante para alguien que, como yo, no tenía mucho interés en ese periodo de tiempo. Igual, como se lo he comentado, lanzó algunas apreciaciones que se condecían con su exposición histórica; a saber: ¿cómo que genes incaicos, compa?

Igual, su exposición, digna de un estimulante profesor, nos dejó satisfechos.

VI

Volvemos al tema de los robos. Pero esa vez mezclados con amor… Estaba yo caminando con una holandesa, guapa, alta, por Barcelona cuando siento que nos miran. Nos miran. Unos patas que nos quieren robar. Yo sé pues, yo he tenido calle, yo he crecido acá. Me doy cuenta y… Caminamos, y los patas nos siguen, nos siguen y. Estamos caminando y de la nada volteo y le digo: “Tú y yo podemos ser amigos”. Le extiendo la mano. El pata se queda, pero me da la mano. Pero cuando saco la mano, pues ya ha pasado el tiempo, el pata me la retiene: ¿De dónde eres tú…? Roberto responde: ¿Yo? ¿Yo soy peruano? ¿Y tú? ¡Yo soy marroco![3] Los nuevos dos amigos se despiden. Roberto le dice que a la próxima le aceptará comprar hachís. Su nuevo amigo le avisa que por esta zona lo ubica, que tiene de la buena.

Tiene otra. Estaba yo caminando con una alemana, guapa, alta, también por Barcelona. Era de noche. En eso aparecen unos patas, dos, tres. Nos empiezan a seguir. Veo la situación y le digo a mi compañera: cuando te diga corre, corres. No importa qué pase, tú corres. ¿Ves esa tienda? Ahí me ves. Seguimos caminando, uno de ellos está a unos pasos y le digo: ¡Eh! ¿Has visto a mi hermano? ¡Ese tío para fumando! ¿Eh? ¡Lo has visto! Y el pata se sorprende. Vuelve Roberto a la carga. ¿Eh, tú eres peruano? El ladrón responde: No, soy marroco. ¡Hombre! Y empieza nuevamente la charla. ¿Y la chica? ¿Corrió? No, para nada. Los chicos nos dijeron: eh… cuidado por esta zona, camaradas…

VII

El también campeón nacional de boxeo en sus años mozos se ha retirado pues su madre le ha preparado el almuerzo. Nos ha invitado, pero Jorge lo disuade: “No, somos varios, tu mamá habrá cocinado para unos cuantos…”. Se retira Roberto y deja buena impresión. Solos, Jorge, Daniel y yo, nos quedamos en su espaciosa, artística, sala.

Se empieza hablar del Fiteca, de los problemas del barrio, de algunas ONG’s que vienen al barrio y pasan por alto los procesos de trabajo que se viven acá, carajo. Llegamos nuevamente al tema de la herencia de nuestros antepasados. Jorge habla de Cusco.

-          ¿Tú sí has ido a Machu Picchu, no? –me pregunta.
-          Mmmm… A la plaza nomás he llegado.
-          ¿Y tú? – le pregunta a Daniel.
-          Yo no he ido todavía.

Ohhh… Es otra energía, dirá Jorge, un Jorge recargado. Y nos habla de un sueño. Dice cosas como que si fuera presidente haría obligatoria la visita de los escolares a Machu Picchu. Daniel y yo nos miramos too’ emocionados. Para que aprendan. Los arquitectos. ¿Los arquitectos? Malla curricular, la cambio. Obligatoria la visita a Machu Picchu. Para que sepan lo que se hizo… ¿cuánto? Aproximadamente 600 años antes…


08-08-18

Foto: Víctor Manuel Ramírez




[1] Viajes con Herodoto, de Ryszard Kapuscinski.
[2] Festival de Teatro de las Calles Abiertas de La Balanza, Comas.
[3] Oriundo de Marruecos.

domingo, 18 de febrero de 2018

Mientras escojo limones


No sé qué relación hay entre que esté serio y lleve lentes, pero hoy amanecí particularmente serio y por eso no quise usar lentes para ir al mercado. Ah, ya la tengo. Como estaba serio y no quería hablar con nadie, usar lentes era la mejor forma de hacerme el loco. “¿Qué, pasabas por ahí? Ni cuenta, es que… dejé los lentes en casa”.

Pero ya la empresa fallaba pues, yendo al mercado por la vía de los pies, me encontré con el amigo de mi hermano que en one me saludó: “Oe qué fue…”. Yo no me pude controlar y de mi seriedad salió la gana tremenda por hacer el habla. Apenas duró unos segundos pero, ya solo, me decía: “¿Todo bien?”.



La falta de lentes viene a cuento pues cuando fui donde mis caseros de la fruta y la verdura, ubicados ellos en un pequeño mercadillo improvisado en lo que sería la cochera de una casa; ni bien me acercaba me daba cuenta de que no estaba mi casero de la fruta, hombre gordísimo, con sombrero de paja tirando para vaquero (mientras escribo esto me doy cuenta de que a la próxima le preguntaré por el porqué de ese sombrero) y con unos dedos enormes que parecen ollucos quemados. El hombre es marrón como yo y es de Jauja y siempre acostumbra sentarse a la vista de todos mientras lee un periódico y cuida sus frutas. Siempre que voy me saluda y yo, siguiendo mi ritual de cada fin de semana, primero compro la verdura. Él, a mis espaldas, camina hacia sus frutas y me pela una tuna que luego me convida. Yo degusto y pienso: “hoy le compro bastante”, cosa que hago, pero nunca compro tuna pues pienso que está muy cara aunque nunca haya preguntado el precio.

Pero hoy que llegué, mi casero no estaba. Lo primero que me vino a la mente fue: “La pucha se enfermó”. Pensé eso pues hace unas semanas su hija no fue a trabajar porque estaba mal y él en alguna ocasión cercana me había dicho que se sentía mal, que no sanaba. Esas frases contrastaban con su meditada alegría cuando hacía los cálculos del saldo de las frutas compradas. Cuando salía todo perfecto me decía, reflexionaba en voz alta: “Y eso que no terminé la primaria. Ahorita sería ingeniero…”.

Pero volvamos al asunto: él hoy día no estaba. Como dije líneas arriba, primero fui donde las frutas. Mientras recogía limones le pregunté a su hija:

-¿Y mi casero? ¿Ontá?

- Ah, mi papá… Se fue a hacer deporte. Le gusta el deporte…

- ¿Ah, sí? –“Habla bien”, pensaba-.

- Sí…Se ha ido a ver el fútbol. Le gusta ver el fútbol a mi papá.

“Ah… Ahora todo tiene sentido”. Yo lo imaginaba como hincha de Cristal no sé por qué. En pleno Alberto Gallardo.

-Pero se ha ido a su tierra, Le gusta ver el fútbol en su tierra…

Ahí si la miré con una sorpresa que solo fue suspendida por…

-A la primera capital del Perú…

-Jauja-le respondí a mi casero Óscar, el de las frutas.

Yo continué escogiendo los limones. Escogía los de contextura más tierna, esos que me dicen que tienen mucho jugo que ofrecer. En eso, aparece una señora que, como muchos, empezó a hacerse autoservicio.

-¿Tiene huacatay?

-Sí, mami –y el casero le extendió un largo ramo de la hierba que da gusto.

Y la señora comenzó a deshojarlo. Puso la ramita sobre las otras verduras, unas papas bien terrosas, y comenzó y comenzó. Su actividad llamó la atención del casero y de algunas compradoras.

-Uy, casera, ¿y eso?

-Ah… -dijo sin perder la concentración- es que en casa mucho desorden causan las ramas. Así que mejor aquí. Y además es como un me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere.

Su comentario hizo que los demás se maten me risa. Yo celebre con una sonrisa su creatividad. En tanto, seguía recogiendo mis limones. De pronto, la misma casera le dijo a Óscar:

-Casero, ¿esa verdura-no recuerdo a cuál se refería-tiene?

-Uyyyyy… noooo, caserita, no tengo.

-Ahh…-expresó con disgusto de quien se le pierde la oportunidad de hacer su comida mejor.

Pero no pasó ni un segundo para que con habilidad se le responda.

-Pero tengo esta otrita.

-No, no, no… -ya se iba.

Había que ganarla.

-Pero le consigo para mañana.

-¿Para mañana?

-Sí, para mañana.

-Ah, ya pues… Mañana entonces.

Ya se iba de veras cuando la conciencia le habló a Óscar.

-Uuuuy, no casera. Para mañana no, para el maaaartes. Para el martes sí tiene.

-¿Martes? No, mucho tiempo. Ya gracias, casero. Nos vemos.

Y se fue la casera.

Qué me habrá motivado a preguntar que

-¿Y por qué para mañana no casero?-pregunté recogiendo mis últimos limones.

-Ah es que los mayoristas se ponen a tomar, pues. Toma y toma.

Dios mío, tuve una epifanía. Comencé a recordar, aunque suene ridículo, mi lectura sobre la comercio ambulatorio durante los setenta en un mercado de Huaraz. Este era un libro que retrataba la cadena de producción de productos agrícolas y cómo las vendedoras ambulantes producían valor en dichos productos al agregarle ciertas transformaciones como el embolsado, la mezcla de verduras para la ensalada, la pela de algunos de aquellos, etc. La autora, una antropóloga norteamericana, también discutía el poder de los mayoristas, los cuales, al disponer del total del producto y del enlace con los productores campesinos, podían llegar a imponer, en desmedro de ambulantes y campesinos, sus  reglas del juego.

Con eso en mente y con muchas imágenes también, repregunté:

-¿Cómo que los mayoristas?

En realidad, yo quería preguntar por los que traían los productos hacia los grandes mercados. Los intermediarios. Ahí sí la imagen que tenía aumentaba en contenido.

-Los que venden pues…

Y en su lenguaje tan propio como un poco inexplicable, quizá porque la emoción me impidió escuchar con claridad (introducía ahí las experiencias sonoras que tengo algunos domingos por la noche cuando callo y escucho los conciertos de chicha que se pierden en medio de la oscuridad nocturna de la ciudad), Óscar decía que

-Se ponen a tomar y ponen su música y toman y toman y entonces al día siguiente ya trabajan por la tarde pues, entonces mejor maaaartes, porque el lunes ya están tomados. Toman ahí con la gente, en los pueblitos…

“Habla bieeen”, pensé y coloqué ya por inercia el último limón.

-¿En serio lo que dice?

-¡Serio pue!

-Uy casero… -río- ¿qué pasa con esa mano? Deme docito para… ¿cuánto? Ah, sí, para dos kilos.


18-02-18