jueves, 9 de mayo de 2024

Fintas en la plaza

Es la plaza de Barranco. Es jueves por la tarde. El viento ya empieza a correr. Hay personas, pero estas caminan sobre todo, van de aquí para allá. Entonces el área que da a la biblioteca, por ese anfiteatro, anda vacío. Dos árboles, contrapuestos, se miran. Son más de las cinco de la tarde y la gente se empieza a liberar de las amarras del trabajo, también del colegio. Una manchita de cinco escolares, de primaria con seguridad, se aparecen con ese andar de chibolos despreocupados. De inmediato se instalan en esa área y yo temo por mi pizza y por mi hambre. La pelota empieza a rodar.


Es un equipo de dos contra dos. Al inicio, lo que se ve es aquel juego desorganizado, casi sin ganas, de los chibolos que juegan por jugar. No hay pelotazos, ni tiros largos, normal entonces, me digo. Aunque de vez en cuando devuelvo con el pie lleno de arena la pelota que llega hacia nuestra banca. Primero la elevo, a la siguiente la piso y luego la elevo con la punta como intentando que alguno la pare de pecho, como intentando también decirme “aún la tienes, campeón”.


Sigue la charla con Isa. Hablamos de nuestras cosas, de la vida, del proyecto de cada uno. De pronto, el juego de los muchachos se ve interrumpido. Es la antigua, es el “oe’ pa’ jugar pe’” de un par de muchachos recién llegados sin uniforme. Isa y yo nos vemos, la interacción. Uno de los chibolos, que está “en la banca” que es una grada, se agrega a la conversa de si los aceptan o no. “Es que no es mi pelota”, “dile a él”, “oe, pero tú que dices…”, se pasan la pelota del sí. Los chicos del Saco Oliveros están ante la prueba del juego de la calle. Los recién llegados, por la fuerza de las cosas, ganan. Atrás de ellos, un hombre viejo, celebra el ingreso. Es… como si fueran sus pupilos.


Rueda la pelota, 2 contra 3 del colegio. Yo me olvido de esta conversa muy importante de adultos pues uno de los recién llegados, un muchacho de chompa azul marino, short negro y gastadas zapatillas de fulbito rojo oscuras, empezó su baile y quiebra las cinturas de los escolares que o caen al suelo o conocen la burla en el balompié.


Isa y yo estamos enganchados. “Qué paja ver esto”, digo acordándome de los tiempos en que mataperreaba y jugaba al ras de la pista. “Qué paja ver esto… aquí en Barranco”. El chibolo de chompa azul no deja de mostrar el chocolate, haciendo piruetas, haciendo fintas, enganchando de acá para allá, y las defensas que ven torcidas sus humanidades mientras aprenden la dura lección del quien sabe pisarla más. El chibolo quiere más. “¡Chalaquita!” y ni corto ni perezoso eleva la pelota y cuando esta se encuentra a la altura de la cabeza tira su cuerpo para atrás y patea hacia el arco.


“¡No vale!”, grita el gordito que en definitiva será el líder de los escolares. Y demostrando la cancha de su viejo o de sus tíos remata: “Muy alto” y señala el travesaño invisible. La pelota vuelve a rodar.


La gente, o para ser más precisos yo, estamos gozando el juego del de la chompita. Su comparito, que parece ser un niño venezolano que porta la camiseta de la selección de México, juega para él, le da pases. Se ha integrado otro muchacho al de los recién llegados. Este juega descalzo, pero no es tan prodigioso como el muchacho de la chompa azul, que, al escuchar el asombro y la celebración de la platea, o sea mía, ya se la cree y empieza a fintear más de lo debido, pero es el ego del pelotero. Ahora se le escucha, “ahí-va, ahí-va”, “¡apura, apura!”, para driblear con la voz, para hacer torcidas de cadera que con el cuerpo engañan, entra en onda y empieza a caminar guapeando, rengueando, moviendo la cadera, exagerándola casi como el caminar de un cojo. Como el caminar del buen chocolatero.  


-          Ese muchacho, en unos años, llegará a la selección – dice entre cachosa y optimista Isa mientras arropa en protección a Fifi, su tembloroso schnauzer.


-          O quizá solo termina en buen pelotero de barrio -respondo pensando en aquellos muchachones que, otrora, hacían brillar pistas y canchitas de loza y que hoy hacen lo mismo en céspedes artificiales como preámbulo para el fullvaso.

 

09-05-24




 

miércoles, 9 de septiembre de 2020

First English Entrada on my Old Blog : )

 Hey, yo! What up? I'm Humberto. But this time I decided to choose a diferent name for the ocassion. In this opportunity, I decided to use my second name. Why? Because I realized that it sound so good when I spell it / pronounce it. But that happens when I use my Spanish. A whole different thing occurs by pronouncing him in Portuguese. By doing so I go happy (yeah, I am using go as well as I could use got because... because it works in that form as well)... I mean. Yeah, try it. I can wait: try to pronouce it: Salvadoj, right? But with my first name, which is Humberto, the sounds really changes because... just try: Humbejjto. Caraca, isso suena...! Oh, hahaha trying to write in Portuguese (keep it there, dude! It ain't our time. So... Well. Yeah.. This is my blog. My first entrada (¡Spanglish!) after a whoooole year. But, my man, I had to do it. If I don't write things are gonna get lazy. I mean, gonna get tela. And I don't like it.

I am trying to write good things. For instance, I'd like to try out some remarks about / impressions about the movies I usually watch and stuff like that. Hey, wait a minute. I was reading some stuff today about haistyles and turns out that hairstyle means peinado and haicut means corte de cabello. Style and Cut make the very whole difference (hey yo, cuz, if you're reading this! I beg you mercy but... I go loco with this adjective "very" / It just reminds me of the word "mero". That's it...). Well, I'm feeling the flow so... Where I was at? Oh, yeah! So, think twice whenever you want to talk about hair stuff, my man. Because people over there is kinda crazy and they might get mad if they see a non-native speaker trying to sound native... by making those little though awful mistakes. So, bear it in mind.

Yeah, as you might noticing I'm trying to keep the timing. I think this time I won't write about the movies I've saw just the last days but... Let me tell you something BROOO: these are the phrases / expresions that I picked out from the movie I saw (A baaaadass movie called Gladiator (1992), you can find it on Netflix, btw). They are as follow...


- Don't muscle it! 


This phrase is said at/in the very moment a boxer is blocking (I'm pretty sure there is a more accurate word for it) a hit and his trainer is getting mad because that's not the way he should... react / respond. I mean, the boxer is getting emotional, he ain't thinking and boxing, in the words of the trainer, is all about strategy, it's a mental sport! So... That's why he said that in the very moment they both are kinda locking their both arms resembling (OMG! I'm using this word! Resembling means ASEMEJAR! WTF! hahaha) Be serious, Humberto! resembling two fluffy (descarados, yeah! I just want to use my new stuff! xD) renos amidst a fight (you can also use the word amid, they are just the same haha) 


So, why all that long paragraph? I'm giving you context, nigga! (Oh, fuck the N-word!) :c "Don't muscle it would be translated into... No lo fuerces! (that's the Google translator's suggestion haha) But you can use it, my man. 


The other one was... I got it immediately, you know? Was: ANGER IS THE ENEMY. And otherwise my crush language is Portuguese I readily translated it and this was the result / outcome (I think outcome is out of context,  btw): Raiva é o inimigo. Yeah, a badass phrase that summarizes the motto of the good boxing (WTF, Humberto?). Keep thins in order, don't be a fool, think, papi, think! be smart! Wise up, my bro! Bunches of phrases. So... Gotta go, I hope you enjoyed the reading, ma n... :0 


And remember. "keep the language simple and concise", just as the IA robot who wrote that long and atemorizante article for The Guardian! A robot, dude! We're doomed! T_T! 




miércoles, 12 de septiembre de 2018

Si te hablara de un libro…



El año pasado tuve un percance en el lugar que trabajaba, una biblioteca. Había extraviado un libro y, por una ligera consecuencia, tuve que dar cuenta de todos los libros que alguna vez me presté. Sude frío, no porque haya sido autor de otras pérdidas, sino porque si no encontraba entre el desorden existente los otros libros de mi nómina, yo sería el irresponsable, el culpable, ¡a pesar del certificado descuido de sus organizadores!

A sabiendas de eso, igual me mandé con la seguridad del padre que sabe que ha educado muy bien a sus hijos. No podía ser de otra forma: tanto tiempo en esa biblioteca, tantas incursiones en sus estantes, tantos ordenamientos me dotaban de una natural familiaridad para reconocer, de lejos, cuál libro era el que buscaba, cuál no.

Así las cosas, igual caí rendido por el milagro de encontrar los libros. Uno por uno los iba encontrando, sabedor de que el reconocimiento de mi inocencia estaba a un solo paso. Fue mágico, era como si ante cada encuentro, los libros me guiasen, me hablasen. Por ahí, por ahí, ¡ahí está! Eran como seres vivos.

Al final, encontré todos los libros, menos el extraviado. Tenso, estresado, todavía más por el calor de ese tórrido verano, dudaba, me esforzaba en encontrar aquel libro, pero era en vano. Igual, mis amigos los libros me tenían reservado una jugada que mejor no les develaré. Quédense conformes, apareció el libro y santo remedio. Los lectores, con su libro. Yo, con mi libertad.

Salí de la biblioteca caminando feliz con mi bastón (semanas atrás había sufrido una lesión en el tobillo derecho). Tan alucinado estaba que me prometí algún día beberme unas cervezas solo con mis libros. Ahí sentadote y ellos mirando, observando, también bebiendo con su vaso servido. Aunque no crean, cumplí esa promesa como cuatro semanas después, cuando en un bar del centro le preparaba el vestido de fiesta a un libro de fotografías de un español. Cortaba el vestido y él, con su vasito, mirando. Me sentía loco y por eso bacán. Pero siempre es mejor tomar con un amigo.

¿Por qué digo todo esto? Es la fuerza que me transmite esta imagen. Hoy tuve la oportunidad de dar una charla como a más de 200 jovencitos y jovencitas de secundaria de mi querido distrito de El Agustino. Tranquis, ellos estaban separados en dos turnos, pero igual era todo un desafío mantener su atención. ¿Sobre qué? Sobre mi tema, que era del poder de la lectura. Felizmente los hice reír, aunque también reflexionar. Igual no estoy conforme con este tipo de actividades pues el tema del aprendizaje, creo yo, tiene que ver más con los procesos que con los puntuales certámenes.

Por temas de tiempo, tuve que apelar a dos temas ágiles: al del libro de mi causa el buen y joven escritor Luis Palomino y, haciendo gala de mi capacidad de entablar relaciones, conecté un dibujo de Bruce Lee con el libro del Tao y El Combate, obra del norteamericano Norman Mailer que narra la histórica pelea entre Muhammad Ali y George Foreman. Sobre el primer tema, comenté algo vital pero manoseado: la persecución del ser humano por sus sueños. Igual, sirvió para explotar de euforia y ponerme a hablar con estos jóvenes que cargaran sobre sus espaldas al mundo. No me negarás, Luchito, que a pesar de mis tardanzas yo te soy un muy buen embajador.

De otro lado, empleé la célebre metáfora de Lee: “be like water, my friend”, la cual conecté con un pasaje del Tao Te Ching que habla sobre la victoria de lo débil sobre lo fuerte, lo bajo sobre lo alto, las antinomias. En ellas, la capacidad fluida del agua se precia de ser una virtud para sortear, según nos propongamos, los obstáculos.

¿Y qué tenían que ver los morenos? Pues empleé la pelea Ali-Foreman como clara y concreta muestra de cómo esa reflexión se ejecuta. En la pelea, Ali dispone la siguiente estrategia: amortiguar los golpes de Foreman y a la vez provocarlo. Foreman, rabiosísimo, cae redondo: los sendos bombazos lo han dejado exhausto. Ali sabe lo que tiene que hacer.

Apelar al ejercicio boxístico me sirvió para jugar como un teatro con los chicos. Los entretuvo. Yo era Ali y un par de estudiantes hacían de Foreman. Risas. Eso me parece bacán cuando tengo la impresión de que pocas veces los juegos en la escuela –me refiero en el aula- tienen un objetivo premeditado por que sus estudiantes aprendan. Ojalá me esté equivocando.

También durante mi participación les hablé y mostré mis dibujos. Hablé de un poeta, de un… amor y del personaje de una película. ¿Si me escucharon las como 200 personas? Aunque quisiera mentirles que sí, lo más probable es que no. Lo que sí sé es que terminada la jornada una adolescente se me acerco con lapicero y papel y me dijo: “¿Me puedes decir el nombre de la película?”.

Creo que hubiera sido tonto de mi parte decirle que vea “Leon, el profesional” en la compañía de un adulto. 



12-09-18

miércoles, 8 de agosto de 2018

Oigo a La Balanza



I 

Debería despegar los ojos de mi libro, pero está tan interesante la lectura que persisto[1]. El carro, este alimentador de la ruta 11 del Metropolitano, ha dejado a medio mundo fuera para donde ya estamos. Donde ya estamos, o sea, aproximándonos a la cancha conocida como el Cupa de La Balanza, es donde suelo ver este lugar como lo vi por primera vez: allá en sus partes altas, tres años atrás, con oníricas imágenes de aves libres en los soportes de los muros de los barrios. Han sido muchas las veces que volví a entrar. Muchas las veces que no le presté atención a eso, pero esta vez, quizá por venir después de buen tiempo, volví a mirar siguiendo esa especie de ritual. Vi y me quedé sorprendido. Estamos en agosto, he venido por estas mismas épocas antes, y me quedé maravillado. ¡Los cerros estaban revestidos de un húmedo tapiz verde! ¡La neblina jugueteaba con las puntas de los cerros y, bajo ellas, esa alfombra verduzca como queriendo enamorar ataviada de sabor a selva! Me quedé impresionado y bajé del carro ya con otras intenciones en mi mente. Lo programado ante la reunión prevista, a la que llegaba tarde por 20 minutos, se me esfumaba ante el verdor.

II

¿Tanto trámite para venir por apenas 10 min? Bueno, yo había cometido el error, pero también la otra parte… No seguiré. Como otros son mis objetivos, fui a buscar a uno de los más más de La Balanza: Jorge Rodríguez. “Ojalá esté”, me dije para mis adentros, sabedor de que a veces este padre de Fiteca[2] tiene la agenda apretada y suele viajar. Bueno, ni modo. Me dirigí a su casa y llamé a un amigo, psicólogo del barrio, para también conversar por si no salía lo de Jorge. Al final, ambas cosas salieron y mi amigo también se dio cita en la casa de…

III

Como muchas veces suele ocurrir, Jorge me abrió la puerta de su casa y me invitó a entrar. Lo hizo tras 10 segundos de conversación en su puerta. Pero se decidió como si entrar a su casa viniera bien tanto para él, como para mí y para la visita.

Entré y había un hombre alto, moreno y de mano fuerte al saludar. Se paró y me dijo: ¿Oye, no nos conocemos? Bueno, quizá, dije yo, pensando que era brasileño o algo por el estilo.

Al final, había sido del barrio, amigo de la infancia de Jorge. Roberto se llamaba, un tipo A1 que, contando de sus muchos amoríos, me recordó a un tío mío. Sus piernas largas se extendían en medio de la mayólica del piso. Y Jorge, sentado en el tercer mueble lo oía, platicaba conmigo. Se formó la charla.

Los temas que se tocaron fueron varios. Yo me estaba adaptando al ambiente y los oía. Les escuchaba cosas como la violencia, el consumismo, las posesiones, etc. De la nada, el hombre del barrio cuenta que es un tipo humanista, que no pasa la violencia, que no comprende que un primo suyo se las agarre con los venezolanos solo para pasar por alto su pésima calidad de vida (aunque onerosa, lucida). Reproducía las palabras de su familiar con tantos detalles que revelaban a una persona irracionalmente agresiva. Lo interesante fue cuando dijo: “yo voy a hablar con mi primo. Le voy a decir no te conozco, compare. ¿Estás confundido? ¿Yo no te conocí así? ¿Por qué hablas tantas huev…?”.

Para entonces, había mencionado, con ese castellano que contiene años y años del idioma inglés por sus años en Gringolandia, que tenía una pistola en su casa. “Sí, tengo una pistola. Pero me siento incómodo con ella en casa. O sea, me gusta disparar. Me gusta la sensación cuando disparo. Y disparo bien, ¿eh? Solo que tenerla en casa… Hay veces que me dicen: oye, pero cárgala. ¿Y si roban en tu casa? ¡Pero a mí que me importa que entren! Si entran, yo le diré al ladrón: bueno, debes de estar más desesperado que yo para venir por mis cosas, así que llévatelas y espero que te hagan bien y reflexiones… Pero si el ladrón está fumado, bueno, solo me agacharé y me cubriré la cabeza y diré: llévate todo. Es que… Yo soy como Ghandi. Si me tiras un cachetadón, te doy la otra mejilla, pero para que me des un puñete. ¿Me entiendes? Un puñete. Ahora, lo estamos escuchando…, ahora que “Mónica” está embarazada no sé cómo reaccionar, ¿no? Es una nueva situación. No la he pensado, pero… Pero bueno.

Llega la hermana de Jorge y se empieza a platicar sobre los delincuentes, los robos. ¿El problema es el contexto en donde se mueven, la realidad, como lo plantea Jorge, o el tema es de valores, de principios aprendidos por la enseñanza de los padres, como plantea este morenazo y la hermana de Jorge? La hermana cuenta:

-          Está el caso de ese hombre que vio a un pata pegándole a una mujer y se metió. Lo abolló. Y el otro sacó su pistola y le disparó. En el hospital, la familia del hombre escandalizada. Y el hombre de lo más normal. Cuando le preguntaron él respondía: “Bueno, me dispararon. ¿Son cosas de la vida, no? Pero yo no podía, no puedo soportar ver que le pegan a alguien. Yo no soporto la injusticia.

Roberto se explaya. Es que los delincuentes son delincuentes porque están resentidos con la sociedad. A ellos les han quitado, les han pegado, los han violado: ¡Ellos están resentidos con la sociedad!

Entonces yo me pongo a pensar en que: ¿este tipo no será demasiado comprensivo? Ok, le pasó algo muy feo a ese tío, pero: ¿y yo qué tengo que ver con que haya caído en la mira de un ratero, de un violador, de un borracho? ¿Para quiénes son este tipo de posturas? ¿Para los muy serenos, para los muy sabios? Es que es verdad, pero también es verdad que no todos estamos preparados para reaccionar a estas situaciones. No sé si se me entiende…

IV

Es verdad que la plática está buena. Es lo que siento. Así nomás no se habla con esta anchura, honestidad y respeto. Yo no. No me muevo en tales espacios… Como si de un acto mecánico se tratara, aprovecho todo este ambiente y saco un libro. ¡Justo en la página que quería! La “L”, o sea, cincuenta, la misma que en el libro que tengo, El Tao Te Ching, señala al pasaje de El arte de vivir, que es uno que me gusta mucho y que empieza…

Un camino de ida es la vida
Un camino de regreso es la muerte…

Se lo paso al moreno, prosigo conversando con Jorge. Su padre ha llegado, un buen anciano (“rejuvenecido”, dirán sus hijos), entrado en años y se sienta al costado del invitado. Mientras converso con Jorge, veo cómo el moreno lee el pasaje. Vuelvo la mirada a Jorge y lo escucho. Vuelvo los ojos y Roberto ha sacado un celular: “¿Lo habrá sacado para wassapear o para tomar foto?”, me digo. Y, en efecto, lo ha sacado para registrar la parte. El libro termina en las manos de Jorge. También ha llegado mi amigo el psicólogo Daniel. Se sienta a mi costado y Jorge lee, con su voz de artista…

Un viaje de ida es la vida.
Un viaje de regreso es la muerte.
Secuaces de la vida hay tres entre diez.
Secuaces de la muerte hay tres entre diez.

Hombres que por anhelo de la vida
Mueven la palanca de la muerte,
También de estos hay tres entre diez.
¿Por qué lo hacen?
Porque quieren vivir intensamente la vida.

Siempre he oído decir,
Que quien conoce el arte de vivir
Se va por el desierto
Sin evitar rinocerontes y tigres.
Pasa en medio de ejércitos sin coraza ni espada.

El rinoceronte no tiene lugar para clavar su cuerno
Ni el tigre donde hundir sus garras.
Las armas no tienen filo para penetrar.
¿Por qué razón?
Porque no existe en él lugar mortal.

Hay quienes lo entienden y hay quienes no. Yo lo entiendo con el corazón, así que no detallaré. Jorge comenta que él es más del hacer, que por el “hacer” ha sacado buenas reflexiones. No tengo ánimos de entrar en polémica sobre si importa más la vía empírica o la teórica, creo que ambas se alimentan, pero proseguimos…

V

¿Cómo así aparecimos en el periodo pre-hispánico? No lo sé. Lo que sí sé es que por 12 minutos aproximadamente Daniel se mandó con una exposición sobre el periodo incaico, las invasiones, los modos de concebir el poder según los incas, las formas de relación familiares, que resultó muy estimulante para alguien que, como yo, no tenía mucho interés en ese periodo de tiempo. Igual, como se lo he comentado, lanzó algunas apreciaciones que se condecían con su exposición histórica; a saber: ¿cómo que genes incaicos, compa?

Igual, su exposición, digna de un estimulante profesor, nos dejó satisfechos.

VI

Volvemos al tema de los robos. Pero esa vez mezclados con amor… Estaba yo caminando con una holandesa, guapa, alta, por Barcelona cuando siento que nos miran. Nos miran. Unos patas que nos quieren robar. Yo sé pues, yo he tenido calle, yo he crecido acá. Me doy cuenta y… Caminamos, y los patas nos siguen, nos siguen y. Estamos caminando y de la nada volteo y le digo: “Tú y yo podemos ser amigos”. Le extiendo la mano. El pata se queda, pero me da la mano. Pero cuando saco la mano, pues ya ha pasado el tiempo, el pata me la retiene: ¿De dónde eres tú…? Roberto responde: ¿Yo? ¿Yo soy peruano? ¿Y tú? ¡Yo soy marroco![3] Los nuevos dos amigos se despiden. Roberto le dice que a la próxima le aceptará comprar hachís. Su nuevo amigo le avisa que por esta zona lo ubica, que tiene de la buena.

Tiene otra. Estaba yo caminando con una alemana, guapa, alta, también por Barcelona. Era de noche. En eso aparecen unos patas, dos, tres. Nos empiezan a seguir. Veo la situación y le digo a mi compañera: cuando te diga corre, corres. No importa qué pase, tú corres. ¿Ves esa tienda? Ahí me ves. Seguimos caminando, uno de ellos está a unos pasos y le digo: ¡Eh! ¿Has visto a mi hermano? ¡Ese tío para fumando! ¿Eh? ¡Lo has visto! Y el pata se sorprende. Vuelve Roberto a la carga. ¿Eh, tú eres peruano? El ladrón responde: No, soy marroco. ¡Hombre! Y empieza nuevamente la charla. ¿Y la chica? ¿Corrió? No, para nada. Los chicos nos dijeron: eh… cuidado por esta zona, camaradas…

VII

El también campeón nacional de boxeo en sus años mozos se ha retirado pues su madre le ha preparado el almuerzo. Nos ha invitado, pero Jorge lo disuade: “No, somos varios, tu mamá habrá cocinado para unos cuantos…”. Se retira Roberto y deja buena impresión. Solos, Jorge, Daniel y yo, nos quedamos en su espaciosa, artística, sala.

Se empieza hablar del Fiteca, de los problemas del barrio, de algunas ONG’s que vienen al barrio y pasan por alto los procesos de trabajo que se viven acá, carajo. Llegamos nuevamente al tema de la herencia de nuestros antepasados. Jorge habla de Cusco.

-          ¿Tú sí has ido a Machu Picchu, no? –me pregunta.
-          Mmmm… A la plaza nomás he llegado.
-          ¿Y tú? – le pregunta a Daniel.
-          Yo no he ido todavía.

Ohhh… Es otra energía, dirá Jorge, un Jorge recargado. Y nos habla de un sueño. Dice cosas como que si fuera presidente haría obligatoria la visita de los escolares a Machu Picchu. Daniel y yo nos miramos too’ emocionados. Para que aprendan. Los arquitectos. ¿Los arquitectos? Malla curricular, la cambio. Obligatoria la visita a Machu Picchu. Para que sepan lo que se hizo… ¿cuánto? Aproximadamente 600 años antes…


08-08-18

Foto: Víctor Manuel Ramírez




[1] Viajes con Herodoto, de Ryszard Kapuscinski.
[2] Festival de Teatro de las Calles Abiertas de La Balanza, Comas.
[3] Oriundo de Marruecos.

domingo, 18 de febrero de 2018

Mientras escojo limones


No sé qué relación hay entre que esté serio y lleve lentes, pero hoy amanecí particularmente serio y por eso no quise usar lentes para ir al mercado. Ah, ya la tengo. Como estaba serio y no quería hablar con nadie, usar lentes era la mejor forma de hacerme el loco. “¿Qué, pasabas por ahí? Ni cuenta, es que… dejé los lentes en casa”.

Pero ya la empresa fallaba pues, yendo al mercado por la vía de los pies, me encontré con el amigo de mi hermano que en one me saludó: “Oe qué fue…”. Yo no me pude controlar y de mi seriedad salió la gana tremenda por hacer el habla. Apenas duró unos segundos pero, ya solo, me decía: “¿Todo bien?”.



La falta de lentes viene a cuento pues cuando fui donde mis caseros de la fruta y la verdura, ubicados ellos en un pequeño mercadillo improvisado en lo que sería la cochera de una casa; ni bien me acercaba me daba cuenta de que no estaba mi casero de la fruta, hombre gordísimo, con sombrero de paja tirando para vaquero (mientras escribo esto me doy cuenta de que a la próxima le preguntaré por el porqué de ese sombrero) y con unos dedos enormes que parecen ollucos quemados. El hombre es marrón como yo y es de Jauja y siempre acostumbra sentarse a la vista de todos mientras lee un periódico y cuida sus frutas. Siempre que voy me saluda y yo, siguiendo mi ritual de cada fin de semana, primero compro la verdura. Él, a mis espaldas, camina hacia sus frutas y me pela una tuna que luego me convida. Yo degusto y pienso: “hoy le compro bastante”, cosa que hago, pero nunca compro tuna pues pienso que está muy cara aunque nunca haya preguntado el precio.

Pero hoy que llegué, mi casero no estaba. Lo primero que me vino a la mente fue: “La pucha se enfermó”. Pensé eso pues hace unas semanas su hija no fue a trabajar porque estaba mal y él en alguna ocasión cercana me había dicho que se sentía mal, que no sanaba. Esas frases contrastaban con su meditada alegría cuando hacía los cálculos del saldo de las frutas compradas. Cuando salía todo perfecto me decía, reflexionaba en voz alta: “Y eso que no terminé la primaria. Ahorita sería ingeniero…”.

Pero volvamos al asunto: él hoy día no estaba. Como dije líneas arriba, primero fui donde las frutas. Mientras recogía limones le pregunté a su hija:

-¿Y mi casero? ¿Ontá?

- Ah, mi papá… Se fue a hacer deporte. Le gusta el deporte…

- ¿Ah, sí? –“Habla bien”, pensaba-.

- Sí…Se ha ido a ver el fútbol. Le gusta ver el fútbol a mi papá.

“Ah… Ahora todo tiene sentido”. Yo lo imaginaba como hincha de Cristal no sé por qué. En pleno Alberto Gallardo.

-Pero se ha ido a su tierra, Le gusta ver el fútbol en su tierra…

Ahí si la miré con una sorpresa que solo fue suspendida por…

-A la primera capital del Perú…

-Jauja-le respondí a mi casero Óscar, el de las frutas.

Yo continué escogiendo los limones. Escogía los de contextura más tierna, esos que me dicen que tienen mucho jugo que ofrecer. En eso, aparece una señora que, como muchos, empezó a hacerse autoservicio.

-¿Tiene huacatay?

-Sí, mami –y el casero le extendió un largo ramo de la hierba que da gusto.

Y la señora comenzó a deshojarlo. Puso la ramita sobre las otras verduras, unas papas bien terrosas, y comenzó y comenzó. Su actividad llamó la atención del casero y de algunas compradoras.

-Uy, casera, ¿y eso?

-Ah… -dijo sin perder la concentración- es que en casa mucho desorden causan las ramas. Así que mejor aquí. Y además es como un me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere.

Su comentario hizo que los demás se maten me risa. Yo celebre con una sonrisa su creatividad. En tanto, seguía recogiendo mis limones. De pronto, la misma casera le dijo a Óscar:

-Casero, ¿esa verdura-no recuerdo a cuál se refería-tiene?

-Uyyyyy… noooo, caserita, no tengo.

-Ahh…-expresó con disgusto de quien se le pierde la oportunidad de hacer su comida mejor.

Pero no pasó ni un segundo para que con habilidad se le responda.

-Pero tengo esta otrita.

-No, no, no… -ya se iba.

Había que ganarla.

-Pero le consigo para mañana.

-¿Para mañana?

-Sí, para mañana.

-Ah, ya pues… Mañana entonces.

Ya se iba de veras cuando la conciencia le habló a Óscar.

-Uuuuy, no casera. Para mañana no, para el maaaartes. Para el martes sí tiene.

-¿Martes? No, mucho tiempo. Ya gracias, casero. Nos vemos.

Y se fue la casera.

Qué me habrá motivado a preguntar que

-¿Y por qué para mañana no casero?-pregunté recogiendo mis últimos limones.

-Ah es que los mayoristas se ponen a tomar, pues. Toma y toma.

Dios mío, tuve una epifanía. Comencé a recordar, aunque suene ridículo, mi lectura sobre la comercio ambulatorio durante los setenta en un mercado de Huaraz. Este era un libro que retrataba la cadena de producción de productos agrícolas y cómo las vendedoras ambulantes producían valor en dichos productos al agregarle ciertas transformaciones como el embolsado, la mezcla de verduras para la ensalada, la pela de algunos de aquellos, etc. La autora, una antropóloga norteamericana, también discutía el poder de los mayoristas, los cuales, al disponer del total del producto y del enlace con los productores campesinos, podían llegar a imponer, en desmedro de ambulantes y campesinos, sus  reglas del juego.

Con eso en mente y con muchas imágenes también, repregunté:

-¿Cómo que los mayoristas?

En realidad, yo quería preguntar por los que traían los productos hacia los grandes mercados. Los intermediarios. Ahí sí la imagen que tenía aumentaba en contenido.

-Los que venden pues…

Y en su lenguaje tan propio como un poco inexplicable, quizá porque la emoción me impidió escuchar con claridad (introducía ahí las experiencias sonoras que tengo algunos domingos por la noche cuando callo y escucho los conciertos de chicha que se pierden en medio de la oscuridad nocturna de la ciudad), Óscar decía que

-Se ponen a tomar y ponen su música y toman y toman y entonces al día siguiente ya trabajan por la tarde pues, entonces mejor maaaartes, porque el lunes ya están tomados. Toman ahí con la gente, en los pueblitos…

“Habla bieeen”, pensé y coloqué ya por inercia el último limón.

-¿En serio lo que dice?

-¡Serio pue!

-Uy casero… -río- ¿qué pasa con esa mano? Deme docito para… ¿cuánto? Ah, sí, para dos kilos.


18-02-18



miércoles, 22 de noviembre de 2017

Qué bien me hace despedirte…


Hoy tenía tres postales para regalar. De ellas, solo me acuerdo dos. Aquí van.

I

Vivir el presente es disfrutar tu pan con pollo. Fresco, con papitas al hilo y una lechuguita por ahí que matice bien la grasa de la mayonesa. Pero vivirlo es comerlo mientras ves tu entorno, lo tasas, te llenas de preguntas e información. Me llevo el pan a la boca. Los sanmarquinos salen, entran. Yo espero sentado en las tablas de madera del paradero. Unos toman carro con estilo: trote hasta ver que los carros no te respetarán y harán ejercicio de su derecho al correteo. Parar con estilo, pasarte la mano por la cabeza con el peinado nuevo. Alistarse el chalequito recién comprao’. Ayayay.

Pero yo no veo eso. Veo, algo nuevo para mí, al padre de oriente. Al, seguro que sí, dueño de un chifa que espera a su hija, una joven oriental de cabello liso largo y cuerpo delgado con mochila, que se acerca a él. Estamos ante la extensión del colegio. El padre la sonríe, la chica como si no advirtiera. ¿Qué esperan? ¿Seguirán las sonrisas? Detrás viene otro de los herederos, un joven chino con polo-camisa azul que también se percata de la escena alegre del viejo, que es como si no creyese.

¿El orgullo de la familia sanmarquina cómo entra a tallar en la familia oriental? Es más: ¿qué significa estudiar con la chica china en la universidad (¡y qué universidad!? ¿Cuáles son las trayectorias que les competen a las segundas, terceras, cuartas generaciones de chinos venidos al Perú?

II

No logro recordarme, pese a todo, de la segunda postal. Lo siento.

III

Te pedí que hiciéramos una vuelta en U y lo hicimos. Te conté que siento un bajón, que me falta confianza. “¿Para qué, papi?”. Pal gileo. Uno debería sentir confianza para el estudio, para la tarea, para el trabajo. ¿No para el gileo? Da igual, me hacía falta decirlo.

-Oe, pero entonces cómo es que se prom…

- ¡Hablamos! ¡Hey, pare, pare!

Menudo hijue… que me deja con la palabra en la boca. Mejor que te fuiste porque las calles, en estas horas vacías, se llenan de jóvenes que simulan ser una mejor corriente que la que vemos en los mares. Cómo se mueven estos jóvenes. No. Cómo se deslizan, con qué suavidad. Van en patines y no son bandada, sino legión. “¿A dónde irán a cometer sus locuras?”, me pregunto. Yo ya gané el puente colgante que me lleva a mi casa y no puedo evitar pensar en ellos. En sus patines, su destino y origen, y en lo feliz que se deben sentir con esos implementos a los pies. Se retiran. Son como navegantes en las perdidas aguas del no horizonte. Ya voy cerrando el puente y pasa otro grupo, esta vez menor. Como el de las aves que se quedan atrás ante su conjunto pero igual, igual, remontan el vuelo. Los pierdo. “Caray, debí gritarles”. Mas, viviendo en Perú, se espera que…

- ¿Qué hace ese loco haciendo como “stop” en la pista?

Soy yo, que no me quiero perder nada de información. Los paro. Muevo los brazos. Estoy como en la pista de aterrizaje. Los aviones vienen, paran. Bajan su marcha.

No, no, no. ¿Querrán hablarme al vuelo?

La pareja, que a ellos me he referido, va aletargándose. La muchacha extiende su mano enguantada de material áspero. No la logré entender. Hubiera sido bonito que yo ya la haya detenido… Paran sudosos. Ella más que él.

- Hey, ¿de dónde son? – mis ojos, pude verlos en los del moreno que me habla, son pura emoción.

El moreno me cuenta que son “LimaNortesobreruedasbúscanosenfacebook”. Así, en wantan. “¿Vives por acá?”, pregunta mi amigo. “Claro”, le señalo una de las casas de la Colonial. “Ah, qué chévere”. “¿Y a dónde van?”. “Bueno, habíamos estado en el Centro… “. Hace un gesto que nos dice a todos: “ahí, haciendo hora”. Qué feliz. “Ah… ahora se van pa’ la jato”. “Sí…”, sonríe, descubierto. “Soy de Los Olivos”, responderá luego. Pienso en ti. Sí.

Detrás de ellos hay un patín con barbita y bigote feos, gastados, no sé qué, que ronda y ronda en patín haciéndose el importante. No le damos importancia ni a él ni a su canchita que come. Los despido. La conversación ha de ser rápida. Me zumba: “Estuvimos con los rollers de San Juan de Lurigancho…”. Y yo me acuerdo de las mejores mujeres de los continentes de Lima.

Regreso a casa, ya no cansado, pienso en que fue bueno dejarte, en antes decirte te hago la taba. Paso por un carro. Una mujer me mira, ceño... rarazo. 

- ¿Qué hace ese loco haciendo como “stop” en la pista?

IV

¿Habrá sido la mujer morena que caminaba con pesadez nerviosa por la auxiliar de mi avenida? Yo deseaba, en aras de ser buen samaritano, ir a socorrerla, decirle: “tranquila, doña, soy del barrio”. Lo justo. Como se hace con las abuelitas después del mercado. Pero apareció su hija. Una morena joven, de sonrisa linda.

“¡Qué manía la tuya de demorarte! ¡Encima que te aviso y llegas tarde!”, le grita la vieja. “¡Ay, mamá…! Nada de guerras. A los 30 segundos empiezan a reír.



Imagen: Hellboy - Alex Maleev


22-11-17

domingo, 9 de abril de 2017

Todo me da vueltas

La semana pasada un jugador me metió un fonavi, me dijo, con peligrosa voz –o sea, le menos pensada-:  Oiga, le renovaremos el contrato por un año más. Es usted el trabajador que necesitamos. Y no pensé mal por la mermelada porque de mermeladas sabía bastante en mi tiempo en el Estado. Todo el servilismo del que había oído en novelas, historias y bromas, lo vi realmente alguna vez en mi trayectoria como practicante.

Por un momento pensé en mis amigos de Mirones, esos lacras de m… que llamaban y gastaban bromas en el cole. Por eso pregunté. ¿Nombre?  Me respondieron. Juan Pérez. Más zonzo. Solo porque estaba noqueado me la tragué. La billetera pagó pato en la noche. A los días me enteré que todo era una falsedad. Fuiste. Cosa curiosa, empero: al que me hizo la broma lo terminaron botando a la mala de la chamba, yo salí porque había vencido el tiempo de contrato.

Han pasado los días, y hoy me llamó un buen pata que enseña en la universidad. Es loco que diga buen pata, pero uno siente verdaderamente cuando uno es buen pata. Me fonéo, me dijo: “Oye huevón pareciera que yo estoy haciendo tu chamba. Estoy acá en Cantagallo (¡Dice-y lean esto bajo verdadero paréntesis- que al barrio la gente de ahí le dice Cantapollo o Cantachicken! ¡Habla bien!) y ya estoy contactando gente”. Re-mate de risa. Sigue el Fiteca. Nos tiramos una hora hablando por fono. Me cuadraba sobre Levi Strauss y su estructuralismo (a lo que yo escuchaba condescendientemente, aguaitando), me hacía sus comentarios sobre la antropología urbana, le hacía comentarios sobre Néstor García Canclini, escuchaba mis rajes sobre un tal G. Portocarreo, por ahí me hablaba de los shipibos y cosas muy locas sobre la alteridad. En fin, blablablá de temas. Entre ellos, el más positivo…

-¿Oe y dónde estás que escucho puro auto?-le pregunté a la firme.

-Ah, estoy por Colonial con Universitaria esperando mi carro que por tu culpa se me han ido como dos conche...

Recontra locazo, me entero que su viejita vive en Mirones. ¡Habla bien!

-¿O sea eres de Mirones, amigo de Cachín?

Solo le faltó que diga “Ah, no”. Para entonces, como buen canchero, ya había soltado sus buenos pares de lisuras. Elegante el socio. Elegantón porque estudio en el 1154 la primaria y la secundaria la hizo en el Hipólito. O sea, un hijo ilustre de Mirones es antropólogo y además enseña en la Cato. Como comprenden, ambos son dos datos que llenan de orgullo a la colectividad del barrio, así que tu discursito criticón, si es que lo tienes, se va rondando por tu anillo. Por mi parte, estoy organizando un buen material de preguntas pa’ hacerle un perfil. Así como así no se encuentran personas chéveres.

¿Y por qué escribo esto? Porque el tío me tendió una mano (con la organización y con la tesis), de la recontra nada, y no es por echarme arrocito pero con las personas yo también me porto elega. Como dicen los bravos: “Ah, no”. El mundo, esta esfera que se va poniendo cada vez más candente y naranja, da sus buenas vueltas



Foto de Sebastiao Salgado, de su libro documental "Workers" 
09-04-17